04 oct 2026

Esa primera vez

La primera vez que voté en mi vida fue en mayo de 1991, cuando se celebraron también fueron las primeras elecciones municipales en la historia del país. Los jóvenes estábamos extasiados con las promesas que el reciente advenimiento de la democracia traía consigo, y los adultos mantenían sus dudas, absolutamente razonables, sobre cuánto de verdad había en esa supuesta apertura, luego de siete lustros de una férrea dictadura militar y colorada. Y los ojos estaban puestos principalmente en la capital, donde un joven médico, propuesto por una central obrera, pretendía arrebatarle al partido de gobierno la administración municipal. Permítanme evocar aquellas sensaciones, a propósito de los comicios de hoy.

El escenario para conseguir una alternancia difícilmente podía ser más complicado. La Justicia Electoral había sido durante el último medio siglo apenas una oficina republicana cuyo rol se limitaba a dar por ciertos los resultados electorales conocidos mucho antes de cualquier elección, con la victoria garantizada del general por márgenes de más del 90%. Era una farsa conocida por todos, una liturgia fingida para mantener ante la comunidad internacional las formas del modelo republicano.

Los funcionarios estaban acostumbrados a que les tomaran lista antes del ingreso al cuarto oscuro. Pocos creían que sus jefes no pudieran saber a quién marcaban en la papeleta. Una traición al partido podía costarles el cargo. Eran los votos duros.

El transporte de los electores constituía un capítulo aparte. Los “empresaurios” propietarios de toda la chatarrería sobre ruedas que movilizaba a la mayor parte de la ciudadanía eran caudillos del coloradismo que ese día pagaban sus concesiones amañadas acercando al ganado electoral a sus lugares de votación. Los sediciosos estaban plenamente identificados, así que para ellos no había pasaje.

El país se iniciaba en el creativo mundo de la propaganda electoral. Mientras el candidato colorado para Asunción aparecía con su pañuelo colorado al cuello y remangándose la camisa como si fuera a darnos una golpiza, el joven independiente jugaba con los colores y una música alegre de fondo. Eran la tradición y la identidad partidaria contra una esperanza cuasiinfantil de alternancia. La realidad del poder hegemónico contra la fantasía del cambio.

Y, contra todo pronóstico, ocurrió. Los jóvenes acudieron a votar en masa. La poca gente que tenía un auto llevaba consigo a los vecinos consigo. Algunos caminaron kilómetros para llegar a su lugar de sufragio. Funcionarios curtidos bajo la amenaza de perder el cargo ante la menor sospecha de traición optaron por una alternativa. Hacía apenas tres años, el intendente electo era calificado por el poder como un peligroso agitador del Hospital de Clínicas.

El elector había hecho su parte. Restaba saber si el partido-Estado aceptaría los resultados. Hubo muchas dudas, pero el propio general presidente, el mismo que tumbó a su consuegro, salió a felicitar públicamente al nuevo lord mayor de Asunción. Nunca sabremos si fue la presión externa o una incipiente vocación democrática; lo cierto es que su acción supuso el inicio real del proceso democrático.

Y la capital fue una fiesta.

Después pasaron tantas cosas. Los jóvenes entusiastas de entonces somos los adultos incrédulos de hoy. Nos cuesta tanto albergar esperanzas de cambio. Nos resulta mucho más complejo diferenciar a los buenos de los malos. Ya no hay malotes remangándose la camisa. Ahora van de blanco y con ritmo de fiesta. No importan los destrozos financieros que hayan provocado sus compañeros de fórmula; para eso está la propaganda política, que se perfeccionó y encareció y hoy todo lo blanquea. Te pueden vender como un producto nuevo un artículo reciclado del mismo lote vencido y en claro estado de descomposición. El dinero marca la diferencia. La cancha está incluso más inclinada que antes: un juego terriblemente desigual y desesperanzador.

Y, sin embargo, voy a votar. Porque en algún lugar todavía albergo a ese joven que concurrió entusiasta a sus primeras elecciones; porque, pese a tanto, sigo creyendo en la democracia como la única herramienta válida para construir un país mejor que el que me tocó en suerte, uno mejor para nuestros hijos y los suyos. Porque votar es nunca perder del todo la esperanza.

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