08 abr. 2026

Correo Semanal: Asunción y su sitio fundacional

A 476 años de la fundación de Asunción, la ciudad reconquista “oficialmente” uno de los lugares más emblemáticos y memorables, gracias a la recuperación del borde de la bahía: la avenida Costanera. Una historia del lugar.

CORREOMARZO22

Foto: Archivo ÚH.

Por Arq. Edilio Morales | ediliomorales@gmail.com

Docente

Hasta la fecha carecemos de una cronología que, documentadamente, explique el largo proceso de erosión del suelo que soportó nuestra capital. Esta sentida necesidad se hace más dramática cuando se trata de comprender las características físicoespaciales del primer centro urbano: el sitio donde se construyó la Casa Fuerte de Juan de Salazar de Espinosa, el 15 de agosto de 1537. Por olvido o desconocimiento de la gran faja de tierra desmembrada por el río durante varios siglos no valoramos en toda su dimensión la obra ejecutada recientemente.

En el área de Asunción, desde hacía mucho tiempo, se hallaban asentadas numerosas aldeas-tekoá de los Carios-Guaraní con un particular manejo del suelo para sus cultivos y zonas pobladas.

Los españoles y la fundación

A este Guara arribaron los europeos para iniciar la conquista y colonización de esta región.

¿Cómo habría sido, hacia 1537, esa superficie de terreno donde se levantó la Casa-Pueblo? Podríamos imaginar, de acuerdo con las numerosas informaciones obtenidas, que esa faja de “altas barrancas” se extendía desde el ex Cabildo hasta el borde de la bahía, y a partir, por lo menos, de la prolongación de la actual calle Ayolas hasta el Parque Caballero –hoy zona ocupada por un sector de la Chacarita Baja y las tierras recuperadas por la avenida referida–.

La franja poseía, en general, un nivel del suelo similar a la actual Catedral, el ex Cabildo y la Plaza de Armas que ya se ilustran en los planos de Azara y De César (1785 a 1793). En este espacio, Salazar y otros 57 expedicionarios instalaron y cercaron la Casa Fuerte de Nuestra Señora de la Asunción. Dos arroyos limitaban el núcleo urbano: al este, el Ykua Satî, que corría por Antequera, costado de la Plaza Uruguaya y al oeste, el Pozo Colorado que atravesaba la manzana del actual Parlamento Nacional (Gill, Esperanza).

Las precarias edificaciones se constituyeron en el inicial cobijo de los fundadores. En 1541, la Casa-Pueblo adquiere el rango de ciudad y el gobernador Martínez de Irala inicia la repartición de nuevas parcelas en el compacto centro. En 1543 un voraz incendio consume la fortaleza, algunos templos y 200 viviendas. El gobernador Cabeza de Vaca redistribuye algunos solares alrededor de la Plaza Real y las manzanas contiguas; rápidamente se reconstruye la ciudad.

A escasos 13 años de la fundación y casi 8 después del siniestro, surgen las primeras preocupaciones y desavenencias entre algunos vecinos afectados por los grandes caudales de agua que se deslizan desde el sur sobre el arenoso suelo. Estos litigios reflejaban las cicatrices del fuego y el impacto de los torrentes. Evidencian, además, cómo las aguas “tomaron el curso que se les quiso dar por ciertas calles y crecieron en particular sus estragos” (Aguirre, Juan Francisco).

La primera alarma

Ubicada a un costado de la Plaza Real, la Catedral iniciada por Irala aún no concluía en 1556 y ya estaba siendo amenazada por las escorrentías que “le perjudicaban seriamente”. Casi 30 años después, ante el peligro de “desmoronamiento del terreno sobre el cual se levantaba [la Catedral], adquirió otros cercanos, pero libres de los riesgos originados por los raudales”, nos dice Lafuente Machaín. Se traslada, así, a su segundo sitio (nuevamente frente a la citada plaza).

Comenzaba así el lento pero inexorable proceso de deterioro de este frágil ecosistema que habría de generar dramáticas situaciones durante toda la época colonial y hasta, por lo menos, las primeras décadas del siglo XX, debido al comportamiento característico de las lluvias, las cíclicas inundaciones y el manejo de suelo.

En el siglo XVII numerosas construcciones, calles y puentes estaban sumamente afectados; los canales cada vez más profundos y sus bordes desmoronados. Los mayores destrozos producían los raudales complementados por las crecientes del río que alteraba permanentemente el perfil de la barranca. Colaboraban, además, el tránsito de carretas, vacas y caballos que trituraban las “piedras areniscas”. Por efecto de las erosiones, la Plaza Real se traslada de la franja fundacional al sitio denominado durante el siglo XVI como “plaza pública”, entonces limitada por el templo de la Merced y la iglesia de los jesuitas; pasa, así, a denominarse Plaza Mayor –hoy, de Armas–. Tiempo después, la bordearían el Cabildo y la Casa de los Gobernadores.

En menos de un siglo de su primera reubicación, la Catedral nuevamente se encontraba en una situación riesgosa, “por irse entrando el río por la Capilla Mayor y inundando la ciudad ... [y no hay] otro remedio que hacerla de nuevo en parte más retirada del río”, escribía en 1677 el obispo De las Casas. Doce años después abandona el sector donde permaneció casi 135 años para reasentarse en el área de su actual ubicación. Con esta información, constatamos que los cauces hídricos habrían desmoronado, desde 1537, una importante superficie de tierra.

Igualmente, la Iglesia de la Encarnación, ubicada al oeste del arroyo Pozo Colorado, por su deplorable estado y afectado por los desplomes de la barranca del río, en 1697 obliga y urge al Cabildo a otorgar un nuevo predio al sur, al solar de la iglesia de Santa Lucía –sector de las calles Palma, 15 de Agosto, Presidente Franco y O’Leary.

A principios del siglo XVIII, “la correntada del río ya había desmembrado una hilera de manzanas al norte de la ciudad” (Duarte de Vargas), en el área de la Loma Cabará. En 1706, los franciscanos solicitan “el sitio de San Jerónimo” para edificar el nuevo templo, pues, “hace tiempo que el Convento amenaza ruina con la mediación de la barranca del río que va robando terreno y hace imposible su construcción” (Durán, Margarita). Décadas después, ambos edificios se reubican en las actuales manzanas bordeadas por las calles Iturbe, 25 de Mayo, México y Eligio Ayala.

Con la mudanza de la iglesia de San Francisco se cierra un ciclo memorable y trágico de la reducción una gran faja de suelo y, con ella, el sitio de la Casa-Fuerte, la Plaza Real, los edificios institucionales, varias calles y manzanas. Periódicamente, al retornar el río a su nivel habitual, la superficie erosionada se convertía nuevamente en área de playa, asiento de mercaderes y recreo. En algunos sectores se ubicaban los Payaguá que comerciaban con los pobladores.

El obispo De la Torre, en 1761, refería cómo el río “iba como sin sentir lamiendo y se teme que en pocos años se la trague”. Ese mismo año, un sacerdote anónimo consigna la reducción del original núcleo urbano por la misma causa, “como ha acontecido a la mayor parte de la ciudad”. Aguirre describe el desmembramiento de la faja de tierra del sector: “Nos dice la tradición que hoy tiene la ciudad de menos una calle entera por donde transitaban las carretas, dejando casas hacia el río... hoy... es orilla de la barranca que pasa cerca de las casas capitulares”. Fulgencio R. Moreno (1926) recuerda la mudanza forzosa que, desde el espacio fundacional, soportaron los principales edificios por las causas referidas.

Los tajamares y muros de defensa

Las piedras de las canteras próximas se constituyen ya en un recurso que tratará de frenar las caídas de los bordes. Los jesuitas en 1760, preocupados cada vez más por el deterioro permanente que sufrían sus linderos con el arroyo Pozo Colorado, deciden levantar un dique en la desembocadura de dicho torrente y un murallón de manera a retener el suelo.

Desde la fundación de Asunción y hasta la confección de los planos de Azara y De Cesar, nuestra ciudad ha perdido, entre la prolongación imaginaria de las calles México y Ayolas, un apreciable territorio de norte a sur –orilla del río hasta el Cabildo, sitio donde se instaló la Casa Fuerte–. Durante el siglo XIX, el Consulado y Carlos Antonio López prosiguen la construcción del muro de contención.

En las décadas del 20 y 30 los intendentes municipales –Alfaro, Ballario y Guggiari– continúan con el resguardo de los bordes. Los contrafuertes construidos durante más de 170 años, algunos de ellos, visibles hoy desde la bahía, aparentemente, fueron las soluciones adecuadas que evitaron el desmoronamiento de esos sectores, sumados al retiro o alejamiento del cauce principal del río, el cierre del canal y la formación del banco San Miguel.

Mediante estas defensas, las altas barrancas siguen constituyéndose en un signo trascendental de la identidad urbana y referencia fundamental del nivel de suelo donde se instalaron los fundadores. La superficie de tierra erosionada se transformaba, históricamente, en algunas lagunas o esteros, sector de playa y suelo donde se asentaban algunas familias. Es el caso de la Chacarita Baja.

La recientemente área recuperada, originalmente, no formaba parte o curso del río como señalan algunos; fue la tierra firme sobre la que se desarrolló el primer centro de nuestra ciudad y el lugar desde donde se fue plasmando la sensibilidad y el carácter de esta Nación. El relleno –si bien no con el nivel de suelo de 1537– se convierte en la inmejorable solución al avance periódico de las aguas sobre una zona poblada y, sobre todo, un rescate significativo.

Desde esta perspectiva, las obras ejecutadas se constituyen en una reivindicación histórica, social, política y cultural. Es una deuda saldada, un compromiso cumplido con la sociedad nacional. El invalorable aporte realizado será el gran mérito de esta generación.

Más contenido de esta sección
La Semana Santa vuelve cada año con esa mezcla un poco extraña de solemnidad heredada y costumbre domesticada. Convertida, cada vez más, en una semana de pausa total, en Paraguay empieza a vivirse con mayor intensidad desde el “miércoles santo”, con el centenar de chipas que inundan las redes sociales. Mientras en muchos otros lugares el gesto es más honesto aún, pues ya ni se la nombra como tal, es simplemente la “Semana de Turismo”, entre nosotros, en cambio, preferimos sostener la palabra mientras cambiamos el contenido.
Este marzo señala la presencia de tres autores visuales reconocidos en la escena local y sus saltos cuánticos en el mundo internacional del arte.
Ante la escena tragicómica de nuestro espacio de deliberación política –nuestro Congreso Nacional– saturada de gestos, escándalos, indignaciones fugaces y linchamientos morales que duran lo mismo que el ciclo de una noticia viral, uno se pregunta qué queda de la política como búsqueda del bien común, como espacio de deliberación sobre principios normativos o, al menos, como disputa argumentativa en torno el poder. Pero quizá la pregunta deba ser más simple y directa: ¿no estamos asistiendo más bien, a la repetición de un ritual que nos ofrece la ilusión de una limpieza moral de la política, cada vez que un nombre concentra sobre sí todas las culpas?
La cinematografía brasileña atraviesa un proceso de relegitimación internacional en el circuito global de festivales. Obras como Ainda estou aqui (Walter Salles, 2024), A melhor mãe do mundo (Anna Muylaert, 2025) consolidan este panorama, donde la dimensión política es parte intrínseca de su discurso. A este fenómeno se suma la poética de “El agente secreto” de Kleber Mendonça Filho.
Tras el reciente aniversario del sacrificio final en Cerro Corá, surge otra efeméride clave para terminar de armar el rompecabezas de nuestra historia. El 9 de marzo de 1893 marcaba el fin de la existencia de Silvestre Carmona Milesi, el coronel que entregó la posición paraguaya al enemigo. Carmona representa la cara más cruda de la tragedia: la del héroe condecorado que termina convertido en el arquitecto de la caída final. Su figura es una pieza rota, aunque imprescindible, para comprender el trauma y las contradicciones más profundas de la Guerra Guasu.
¿Fue el final de la Guerra Grande un sacrificio planificado o un intento de fuga frustrado por la geografía? Mientras el Mariscal Francisco Solano López arrastraba a su menguante tropa por las serranías del norte, el alto mando brasileño y los cónsules europeos en el Plata compartían una misma sospecha: el objetivo era Bolivia. Entre la lealtad incondicional de sus allegados y las acusaciones de deserción de sus enemigos, la verdadera intención de López permanece bajo el velo del misterio. Este artículo profundiza en los testimonios y documentos que alimentaron la hipótesis de un exilio andino y las razones estratégicas que pudieron haber convertido esa ‘huida’ en un repliegue táctico de largo alcance.