06 abr. 2026

Con el permiso de los mayores

Bad Bunny se mandó en el Levi’s Stadium de Santa Clara, California, un acontecimiento de trece minutos, de proporciones históricas. Esto en muchos sentidos, entre los que prima el monetario como siempre que se trate de entretenimiento masivo de cuño norteamericano, pero circunscribirlo solamente a un evento económico sería no solo injusto con el impacto de la actuación en el Super Bowl de quien nació hace treinta y un años con el nombre de Benito Antonio Martínez Ocasio, sino además nos estaríamos perdiendo una espléndida ocasión para analizar un fenómeno global que tiene implicancias también políticas y sociales, además de genuinamente artísticas.

La apelación a la salsa como base sonora y narrativa forma parte de la estrategia central en la propuesta de Bunny: Los consabidos orígenes neoyorquinos (en el Bronx) y portorriqueños de la salsa le sirven de muy sólido sostén musical y lírico, además de hacer de puente (trans) en un álbum que está inspirado y dedicado a Puerto Rico, plagado de personajes reales e históricos, tanto del entorno del artista como del país entero: Sus amigos de infancia en Almirante Sur (RoRo, Julito, Krystal, Roy, Édgar, Seba, Óscar, Darnell y Big Jay); mártires civiles, como la estudiante asesinada en 1970, Antonia Martínez Lagares; deportistas icónicos, como el pelotero boricua Roberto Clemente o los futbolistas Lionel Messi y Cristiano Ronaldo; héroes de la salsa, como Maelo Rivero o Willie Colón; cineastas de su país, como Jacobo Morales, quien protagoniza el cortometraje del álbum, actuando como el hilo conductor de la nostalgia.

Decíamos que la salsa (por sobre la bomba y la plena, también protagonistas) es el elemento central del disco. Tal cual apunta el revelador estudio de Alejandro Ulloa sobre los orígenes no comerciales de la salsa (contrariamente a lo que se afirmó siempre), sino entre inmigrantes de una zona específica de Nueva York, los presupuestos del género se expresan en el álbum y en su narrativa en el Super Bowl: Evocaciones del África profunda, reminiscencias de la vida campesina de los caribeños en el siglo XIX, la cotidianidad urbana y rural, la violencia en el barrio y, sobre todo, la referencia al pasado y la memoria (“el permiso de los mayores”). Hacia 2020 conocí la iluminadora obra del sociólogo, historiador y melómano portorriqueño Ángel Quintero Rivera. Fue una lectura decisiva como oyente de música. Él llama a la salsa “la danza de la insurrección”, rastreando sus orígenes y desarrollo contestatario en Centroamérica y el Caribe, diluidos con el tiempo, pero nunca del todo ausentes incluso en otros géneros nuevos, como el trap y el reguetón. Este llamado a la rebelión primigenio lo protagonizan históricamente los tambores, por supuesto, con los ecos profundos de la esclavitud afroamericana (“caramba, que el negro tumba”, escribió Nicolás Guillén).

Por extensión, toda percusión de tambores tendría una añosa memoria de ecos graves, incluidos los machacantes bombos sumados al bajo cavernoso del reguetón, una música surgida en las barriadas tal cual surgió el hip hop en los Estados Unidos: En las intersecciones entre la pobreza y la fiesta callejera, con la radio doméstica y la mezcla casera como herramienta y práctica en un paisaje posindustrial, devastado para la juventud.

Resulta en este sentido interesante observar que la asunción del jazz culto de Herbie Hancock en los años 80 por parte de los nuevos héroes juveniles del hip hop, tenga su correspondencia actual en la asunción de la salsa (culta justamente por vía jazzística) por parte de Bad Bunny como un mismo puente transgeneracional. El hip hop, el rap y el reguetón tienen ya su Olimpo mainstream, lo que podría hablarnos de una fase de estancamiento de estos géneros (sobre todo, de los dos primeros), pero las grandes obras siguen llegando y en el caso de Debí tirar más fotos, mejores que todas sus predecesoras.

El baile es un asunto del cuerpo (y del deseo) nos lo recuerda Bad Bunny, subido sobre los hombros de sus mayores. Del deseo erótico es más que evidente, pero también del deseo político, como nos iluminó Quintero Rivera, se trata también de pulsiones de rebelión que están latentes siempre, pero que el Conejo y su equipo de creadores y marketing supieron interpretar y escenificar como acontecimiento con oportuno sentido histórico.

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