Es escandaloso que en pleno siglo XXI estemos normalizando la barbarie, las guerras y los genocidios.
La ley del mbarete a nivel mundial está más vigente que nunca y aunque haya quienes defiendan los supuestos que justifican tirar bombas encima de una escuela y matar a más de un centenar de niñas, nunca se podrá realmente dar una explicación razonable. Porque nada justifica que maten a inocentes; de última, a culpables tampoco, porque para eso se supone que están los sistemas de justicia.
Tampoco se puede entender que con tal desparpajo el mundo hable de bombas, cohetes y cosos que están causando tanto daño. Esos artefactos cada vez más sofisticados pueden causar la muerte de personas de manera obscenamente sofisticada, que cuestan millones y son el gran negocio.
En este mismo momento, una gran parte de la población mundial pasa hambre, carece de vivienda, sistemas de salud y educación, y en cambio vemos al sheriff del mundo occidental tirando bombas multimillonarias para su amiguete Bibi, gastándose el dinero de sus súbditos para hacer daño a gente que vive muy lejos de su condado, y que nada les ha hecho a quienes viven en el condado.
De hecho que este condado tiene sus propios problemas: las personas no tienen un buen sistema de salud, tienen alto problema con el consumo de drogas, y aunque ostentan universidades muy de primer nivel, algo les pasó porque la población termina eligiendo a sus dirigentes tan mal como aquí en el Paraguay.
Eufemismos, este mundo se ha llenado de eufemismos. A cualquier cosa le llaman guerra.
El malvado ejército de Israel está exterminando a los palestinos que resisten entre escombros, sufriendo por el hambre y las enfermedades y le llaman la guerra de Gaza. De eso, no hay retorno. No es simplemente una confusión, es complicidad con el programa de exterminio deliberado de una población a la que intentaron echar de su propia tierra y como no pudieron, intentan ahora hacerla desaparecer de la faz de la Tierra. No lo habrán visto en el noticiero, pero hasta echaron a Médicos sin Fronteras de Gaza y ahora sí que se están quedando completamente solos.
Con el ataque a Irán, el resto del mundo está conteniendo la respiración. Y es que ya no nos cabe tanto miedo, tanto asco y tanta indignación.
De nada valen los comunicados y las declaraciones que llegan muy tarde, los inútiles deep concern, pues si al gran matón no lo contienen, va a seguir presumiendo de tener la bomba más grande y puede que llegue el tan anunciado apocalipsis zombi. Aunque yo no creo. Lo que es seguro es que van a seguir matando inocentes, y van a seguir despojando de derechos y dignidad a gran parte del mundo.
El sábado nos desayunamos con un ataque de Israel y Estados Unidos contra Irán. Dicen que el objetivo es acabar con el régimen iraní y que el pueblo de Irán se alce para tomar el poder, claro, como lo de Venezuela les salió tan bien… Irán respondió con ataques a bases militares estadounidenses en países como Baréin, Kuwait, Catar y Emiratos Árabes Unidos, y nuestro Gobierno cipayo nos hizo pasar vergüenza. Se solidarizó con el acosador que lanzó la primera piedra. Es como si durante el genocidio de la Guerra contra la Triple Alianza alguien hubiera condenado la agresión de Paraguay a Brasil, Argentina y Uruguay.
Una de las bombas millonarias lanzadas por el sheriff dio contra una escuela primaria de niñas en el sur de Irán y, según la Media Luna Roja, mató a cerca de 200 niñas, y no, no eran pequeñas terroristas. Al final, a nadie le importan los daños colaterales y menos si son niñas.
Dan asco los que tiran las bombas y después manejan la narrativa. Por eso mismo, hoy, más que nunca vale recordar la frase más citada del pintor alemán Max Liebermann: “No puedo tragar tanto como quisiera vomitar”. Liebermann lo dijo mientras veía marchar a los nazis a través de la Puerta de Brandeburgo en 1933.