El sistema sanitario público ha exhibido esta semana parte de sus laceraciones. Los médicos del sector reclaman ganar más por días que son puestos en entredicho por la población en general. Peña les había prometido en campaña a la mayoritaria masa colorada vinculada con el Estado que iban a ganar más y trabajar menos. Ahora sabemos que hay médicos que trabajan 12 horas semanales y cobran 5 millones, los de 24 se llevan 10 y los de 36 más de 15 millones. Quieren ganar 8, 15 y 24. El sistema es desigual e injusto como toda la sociedad paraguaya porque es un fiel reflejo de la sociedad en la que vivimos a lo que Dios es grande en materia de salud. No en balde muchos ya quieren que sea el pollo el que sustituya al león africano en el escudo patrio. Las polladas son una cruel metáfora de los altos costos que supone un tratamiento médico.
Más de nueve mil galenos contratados tienen el servicio de salud y la razón del porqué no son nombrados es porque con ello controlan la obediencia partidaria que los convierte en votantes-rehenes en cada elección por el mismo partido que los ha hecho sirvientes. Médicos mal pagados, medicamentos inexistentes e infraestructura que se cae van todo en detrimento del sujeto principal de todo el sistema: el ciudadano, el contribuyente o el supuestamente verdadero soberano. No son capaces de mejorar ni el sistema de agendamiento de citas y, por supuesto, han creado un monstruoso sistema de robo con la provisión y distribución de medicamentos al punto que hoy tenemos una deuda acumulada de USD 2.000 millones que “nadie” sabe como se acumuló, pero hay que pagarla. De nuevo, el paciente es el rehén del sistema. A él no le dan atención médica ni en días de no huelga, no le proveen de medicamentos y es sujeto del “auxilio” de un líder de seccional a quien por haberle conseguido una cama pasa a ser su dependiente afectivo de por vida. Se diseñó un sistema de salud de manera tal que todos deben algún favor a alguien por una aguja o algún bisturí proveído en forma de correli ro’ore o políticamente.
La máquina que fabrica médicos sigue funcionando a full en más de 40 universidades con una calidad notablemente puesta en duda. Se simula entrenarlos para salvar vida, aunque todos saben que no tienen ningún futuro. Una graduada de una de sus facultades es despachante de una farmacia cercana porque no tiene lugar en ningún sitio por lo que aprendió en las aulas. Tiene razón el ministro de Educación al afirmar que les están estafando a los jóvenes. Son parte de las víctimas y en algunos casos victimarios. La huelga de los médicos del sector público muestra que tenemos un sistema sanitario diseñado de forma precaria solo con la intención de matar y no de curar. No hay nada que nos demuestre que la vida importa y que el mismo funcione para el beneficio de la gente, de quienes son los que con sus tributos pagan salarios y corrupción.
Ahora no saben de dónde sacar los USD 120 millones necesarios para cubrir las exigencias de los médicos. Muchos dicen que renunciarán masivamente con lo que quizás la dependiente de la farmacia mencionada tenga una chance.
Algunos colorados como el singular “trato apu’a” Ovelar dice que hay que elevar el impuesto a la renta empresarial en 4 puntos y su compañera de partido Blanca Ovelar alienta la duplicación por lo menos del impuesto al tabaco con lo que nos libraríamos de dos cánceres: el físico y el político. No es mala idea, pero de imposible concreción. La ministra Barán que vivió toda su vida profesional en el intestino grueso del sistema dice que se requieren USD 2.200 millones anuales de presupuesto para brindar un mejor sistema. Es la misma cantidad que –dicen Riera, el BM y el BID– se roba anualmente de los cofres del Estado. Se deja de robar y duplicamos la inversión en salud y educación, gran negocio en apariencia, porque ahí ellos piensan: Si eso ocurre, ¿qué hacemos con los idiotas que se convertirán en ciudadanos?
El colapso puede dar una oportunidad para cambiar el sistema, pero hay que tener ganas, compromiso y sentido de bienestar colectivo. Lo contrario es seguir con los lamentos, las huelgas, la pérdida de oportunidades, las polladas y la muerte. ¡Sencillo!