Pocas veces coinciden tantas elecciones relevantes para Paraguay. Israel vota el 27 de octubre, Brasil el 4 (con posible segunda vuelta el 25), Estados Unidos renueva el Congreso en noviembre, Taiwán elige autoridades locales el 28 de ese mismo mes y, entre septiembre y octubre, la ONU define a su décimo secretario general. A simple vista parecen procesos internos, cada uno encerrado en su país o institución. Pero mirados juntos, tocan justo los pilares sobre los que Santiago Peña armó su política exterior: Israel, Taiwán y Estados Unidos como socios “estratégicos”, Brasil como el vecino ineludible, y un multilateralismo en plena ebullición.
La elección israelí se lee no solo como un plebiscito sobre Netanyahu, sino sobre qué tipo de sociedad quiere ser Israel después del trauma del 7 de octubre de 2023. La fractura política ya no gira únicamente en torno a la cuestión palestina, sino sobre cohesión interna y contrato social. Aquí, Paraguay tiene mucho en juego: mudó su embajada a Jerusalén, presentó una declaración favorable a Israel en la causa en curso en la Corte Internacional de Justicia en la que es denunciada por genocidio en Gaza por Sudáfrica, y firmó memorandos de defensa. Israel nunca fue tan fuerte militarmente, pero tampoco había sentido tanta distancia de sus aliados occidentales. Las encuestas dan a la oposición apenas un margen de ventaja, y si Netanyahu pierde, queda flotando una pregunta incómoda: ¿la relación es con Israel o con un liderazgo puntual?
En Brasil, Lula busca un cuarto mandato con leve ventaja sobre Flávio Bolsonaro. Lula representa continuidad en la ampliación del mercado interno, diversificación comercial del Mercosur y autonomía estratégica regional. El bolsonarismo, en cambio, busca sacar rédito del intervencionismo electoral de Trump —con guiños de Milei y Netanyahu— y cuestiona las negociaciones conjuntas del Mercosur, la tarifa de Itaipú y hasta la devolución del Cañón Cristiano. El futuro del Mercosur y la renegociación del Anexo C se definen, en buena parte, en esas urnas.
Los pronósticos de los midterms de noviembre anticipan pérdidas republicanas, con Trump golpeado por la inflación y la más baja confianza del consumidor en este siglo. Peña hizo de Washington un eje de su “geopolítica de principios”: seguridad, créditos, inversiones, Escudo de las Américas. Un Congreso demócrata y una opinión pública, por primera vez, más favorable a Palestina que a Israel no cambiarán el vínculo de un día para otro, pero sí pueden reordenar prioridades presupuestarias y de cooperación internacional e incidir en las posibilidades electorales de Milei, en 2027. El avance demócrata y la disputa entre Rubio y Vance obliga a nuestra Cancillería a no apostar todo por sus vínculos con los republicanos. El nombramiento de una embajadora de carrera en Washington ya es un ajuste acertado.
Las elecciones locales taiwanesas parecen el proceso menos “geopolítico”, pero el contexto no es tranquilo. El Kuomintang retomó el diálogo con Pekín y lo presenta ante Washington como “normalización”. El independentista Partido Democrático Progresista, en el gobierno desde 2016, acumula desgaste por la vivienda y costo de vida. Trump, mientras tanto, manda señales contradictorias sobre venta de armas a Taiwán, usándola como moneda de cambio frente a Xi antes de la cumbre de septiembre. Si el Kuomintang se fortalece para 2028, no sorprendería que el debate paraguayo sobre “abrirse a China” gane nuevos contornos.
El quinto proceso se juega en la ONU: la sucesión de Guterres, en un organismo vaciado por recortes justo cuando el mundo se fragmenta. De ocho candidatos, seis son latinoamericanos —entre ellos Rafael Grossi, respaldado por Paraguay, y la guyanesa Carolyn Rodrigues Birkett, primera en la última encuesta informal—, lo que alimenta la idea de que el turno le toca a la región. Un secretario general latinoamericano y/o mujer cambiaría el tono de las negociaciones sobre paz, desarrollo, clima y comercio, temas que a Paraguay le importan de cerca.
Peña construyó su política exterior sobre alianzas de “convicción” con actores de futuro incierto y una apuesta multilateral aún sin resolver. Que estos cinco procesos caigan casi juntos no es casualidad. Esta nueva realidad exige a la Cancillería planes alternativos, no solo discursos de lealtad repetidos en cada visita. Al final, la verdadera prueba será ver si esa convicción sobrevive a gobiernos y parlamentos distintos, a un nuevo liderazgo en la ONU y a un tablero internacional que, en pocos meses, puede verse muy diferente.