21 may. 2026

Una visita que invita a ver nuestras miserias y virtudes

La pregunta que inicialmente concentró la atención colectiva, apenas confirmada la visita del papa Francisco a Paraguay fue: ¿Por qué eligió a nuestro país junto a Bolivia y Ecuador para la primera visita pastoral que realizará a Sudamérica?

Una pregunta con tono de extrañeza. Como si no mereciésemos esa visita.

Ya se ensayaron respuestas que van desde la cercanía y familiaridad del Pontífice con los paraguayos, hasta su admiración por el papel preponderante que le ha tocado desempeñar a la mujer en este país en los momentos más devastadores de su historia. Particularmente, durante y después de la Guerra contra la Triple Alianza.

Además de la experiencia que tuvo Jorge Mario Bergoglio en su juventud al tener como jefa a una paraguaya, Ester Ballestrini, cuando trabajó en un laboratorio. Así como la devoción a la Virgen de Caacupé, a la que conoció a través de su trabajo pastoral en las villas de paraguayos en Buenos Aires. En fin, hay muchas explicaciones.

Pero lo que no he escuchado mencionar aún son otro tipo de cuestiones como las que señalan al Paraguay como un país con una población mayoritariamente joven. Con toda la fuerza que esto implica para cualquier confesión religiosa bien dirigida.

Un país donde la Iglesia Católica, pese a los recientes embates clericales, sigue gozando de un gran respeto y vigencia. Aun pese al fenómeno de la sangría de fieles hacia otras denominaciones religiosas; a la carencia de líderes de la talla de un monseñor Ismael Rolón, y la desaparición de movimientos laicos comprometidos.

Un país que cuenta con una Iglesia Católica que colabora o directamente suple las tareas que un Estado eternamente débil como el de Paraguay no cumple; o si lo hace, es ineficiente y apenas reactivo. Sobre todo en la lucha contra la pobreza, en la educación, en la salud y en la promoción humana. Pero también es un país señalado como altamente corrupto, lo que denota un serio problema de divorcio entre fe y vida. Lo que a su vez plantea una dificultad aún más seria: algo no está funcionando en la evangelización y en la educación en general.

Así como lo vemos, la visita de Francisco ya es significativa mucho antes de que se produzca, porque obliga a hacer un ejercicio de introspección colectiva. Nos empuja a mirarnos como sociedad. A descubrir qué fortalezas y debilidades tenemos. De qué podemos enorgullecernos y de qué avergonzarnos. Cuáles son nuestras miserias y nuestras virtudes. Qué tanto honramos a las mujeres de este país, de la que tan bien habla el Santo Padre. Cómo se distinguen por sus valores los católicos en la realidad nacional, incluyendo la política. Por qué el país sigue estando entre los más inequitativos, y por qué los valores, en general, y los valores cristianos, en particular, no se encarnan en la realidad de un país que se dice mayoritariamente católico.

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