María Eugenia Ayala | Poeta
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A veces, de tanto hacer algo, se nos olvida por qué lo hacemos o para qué sirve. Algo así nos puede pasar con la Navidad. Tanto nos la promueven, tanto nos la recuerdan los medios y la publicidad, que corremos el riesgo de olvidar o, por lo menos, diluir su significado más profundo. Por eso, vale la pena detenernos un momento y recordar qué significa esta fecha y de qué manera la estamos viviendo. Principalmente nos referimos al cumpleaños del Niño más importante que recuerda la era cristiana.
Pienso que hasta que uno no sienta verdaderamente la Navidad, en realidad no existe. No es el árbol, ni Papá Noel, ni los regalos; es principalmente un estado de la mente, ese estado en que celebramos el adviento, la llegada del Niño Dios, llenos de esperanza. Nos ayuda a comprender plenamente el significado de la Navidad.
Más allá de todas nuestras costumbres aquí y en cualquier parte del mundo, el pesebre viviente, la ilusión y el entusiasmo de los niños, el olor a flor de coco, la cena en familia, son buenas excusas para dejarnos envolver por ese manto de paz y de piedad que acompaña la ocasión.