08 ago 2026

Crónica de una espectadora marcada por Star Wars

Recientemente estrenó en el país The Mandalorian and Grogu, cinta que se ubica cronológicamente en la era de la Nueva República, hablando en jerga del fandom del universo Star Wars. Dentro de la saga, la historia transcurre en el período de aproximadamente 30 años que separa a la trilogía original de las secuelas modernas, tras la caída del Imperio y antes del ascenso de la Primera Orden.

Durante la película y al salir de la sala sentí un verdadero cóctel de emociones. Por 132 minutos recordé emociones que sentí ante mi primer contacto con la saga, a través de La Guerra de las Galaxias.

Y es que yo no fui esperando encontrar una obra maestra ni una entrega revolucionaria destinada a cambiar la historia del cine. Me sedujo el tráiler desde el primer momento, especialmente la interacción entre Mando y Grogu.

Y aclaro algo importante para los que están en alerta a que meta la pata: yo nunca vi la serie The Mandalorian ni soy una Comic geek.

Aun así, algo de la ternura de Grogu y del compromiso silencioso de ese guerrero sin rostro me atrapó de inmediato, como una vez me capturó la relación entre Luke Skywalker y Yoda. Pensé: “Esta película quiero verla en pantalla grande”.

Tras ver la cinta, y leer comentarios en sitios especializados, estoy segura que alguien que jamás siguió la serie conectará perfectamente con esta historia y quizá la disfrute todavía más, pues va con menos expectativas.

La película no exige saberlo todo. No obliga a cargar con el peso del fandom ni con décadas de análisis. Solo invita a sentir.

Particularmente, no esperaba salir convencida de que esta sería la mejor entrega del universo Star Wars, pero tampoco quería salir decepcionada. Felizmente, salí con una sonrisa y con ganas de comprar un peluche de Grogu o un casco de Mando.

Y es que yo quería algo simple y, al mismo tiempo, mucho más importante que la perfección: sentarme en la sala del cine, olvidarme del mundo real y entrar otra vez en ese universo que marcó mi infancia. Y lo logré.

Me emocioné. Disfruté. Me olvidé del mundo adulto durante más de dos horas. Y para mí, eso ya es muchísimo.

Es un reencuentro con la inocencia, con esa magia sencilla que nos atrapó décadas atrás y que, con los años, parecía haberse perdido entre tramas grandilocuentes y excesos visuales.

Aquí vuelve a despertar una fórmula más humana. Y para quienes hoy tenemos entre cuarenta y sesenta años, revive también algo más profundo: la necesidad de creer otra vez en la valentía, en la lealtad y en la voluntad de luchar por lo correcto a través de personajes que resisten incluso cuando parecen al borde del abismo.

Grogu, con su fragilidad y sin necesidad de decir una sola palabra, despierta ternura. Mando, guerrero rígido y disciplinado, transmite humanidad en cada acción, y Rotta, el Hutt, hijo de Jabba no pasa desapercibido por su carga emocional.

La cinta no intenta demostrar que puede reinventarlo todo. Es un llamado a mirar el cine con asombro, reconectar con emociones dormidas bajo la rutina y las exigencias de la vida adulta.

Esta es una de esas películas que recuerdan por qué seguimos yendo al cine, eligiendo la pantalla grande y no una mera plataforma digital. Experiencias así generan conversaciones, invitan a hablar durante horas sobre lo que vimos y sentimos.

Mientras veía la película imaginaba un episodio de The Big Bang Theory en el que sus personajes debatieran apasionadamente esta nueva entrega. Porque, más allá del entretenimiento, películas así terminan convirtiéndose en una excusa para reflexionar sobre nosotros mismos, nuestra capacidad de asombro.

La película me llevó a recordar The Kid (Mi encuentro conmigo), porque me encontré con la niña que todavía habita en mi corazón. Volví por instantes a la década de 1980 y recordé qué sensaciones me hicieron amar el cine, como le pasó a Totò en Cinema Paradiso.

Ojalá todos puedan encontrar en algún momento alguna película que les haga sentir la experiencia cinematográfica que va más allá de premios o críticas, y que logra reconectarnos con lo esencial. Y esta película, para mí, lo consiguió.

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