La dictadura cayó en febrero del 1989 y yo terminé la secundaria ese mismo año. Ya sabía que quería ser periodista y las perspectivas para ejercer la profesión no podían ser mejores. Se habían restituido las libertades públicas y se reabrieron o crearon nuevos medios y antes de terminar el primer curso de la carrera ya estaba trabajando en un diario. La Guerra Fría acabó con la implosión de la Unión Soviética y el mundo se encaminaba firmemente hacia una era dorada de democracia y libre comercio. Y yo haría mi parte trabajando duro desde un teclado. Lo blanco era blanco, lo negro, negro y el futuro claro y promisor.
Más de tres décadas después no puedo, sino recordar con cariño casi paternal a ese joven iluso. Los años y la exposición rutinaria a la realidad van tiñendo el escenario de la vida con una paleta amplia de grises. Los dogmas ideológicos y de fe se desdibujan a la luz de los hechos, las acciones y los intereses. Hoy sé que alcanzar la verdad es mucho más complejo y trabajoso de lo que se presume. Y me pregunto, ¿cómo haría hoy ese cándido proyecto de periodista para encarar con el mismo entusiasmo la carrera? ¿Cómo tener la misma fe en que todavía se puede hacer del lugar y el tiempo que nos toca un espacio mejor para la vida? ¿En serio soy yo el de la generación aguerrida, y los que tienen que lidiar con este nuevo, vertiginoso y desquiciado mundo los de la generación de cristal?
Padecí escuela, colegio y universidad pública. Como la mayoría de los que pasamos el medio siglo de existencia en Paraguay, viví la realidad frugal de una clase media que bordeaba constantemente la pobreza. Mi padre tuvo a bien echarme de la casa antes de terminar la secundaria, arrojándome generosamente al mundo laboral antes de cumplir los 17. La hormiguita no dejó de cargar su pesada rama desde entonces. Sufrí dolorosas amputaciones familiares, cortesía del sistema público de salud, y aprendí a ser un equilibrista ante las enfermedades sin otra red de contención que la de los amigos y parientes. Supongo que eso me da credenciales para percibirme como miembro de una generación más dura.
Debo decir, sin embargo, que también pertenezco a un tiempo en el que la necesidad de aceptación de los otros se limitaba a mi familia y a mi grupo cercano de amigos en el que las ideas sobre la moral, la corrección política, los roles y la fe estaban casi estandarizados, y la comunicación se daba a través de la palabra y casi siempre de frente. Era un mundo infinitamente más simple, aunque probablemente bastante más hipócrita. Cuestionar no estaba bien visto, si no es que directamente prohibido. Había valientes que no guardaban silencio, por supuesto, pero pocos.
Hoy tenemos jóvenes a los que algunos califican como la generación de cristal, ¿lo son? ¿Es un mundo más fácil el que tenemos en este siglo XXI? ¿Es más sencillo elegir una carrera? ¿Hay más seguridad de que habrá un empleo al terminarla, que no estará ocupado por un algoritmo? ¿Será menos traumática una adolescencia en la que la aceptación puede pasar por el filtro de millones de internautas? ¿Será menos complicado acercarse a la verdad navegando en las engañosas aguas de las redes?
Alguien me dijo que esta generación es más frágil porque no debe enfrentarse a los bemoles que padeció la nuestra ¿No? ¿No soporta el mismo sistema de salud pública? ¿Ni la educación estatal? ¿Tiene mayor seguridad en las calles? ¿Viaja más cómodamente en el transporte público? ¿Tiene mejores salarios? ¿Los administradores de turno ya no se roban sus impuestos?
Si nuestro mundo, el de los paraguayos sigue siendo básicamente igual de trabajoso, solo que infinitamente más complejo, por qué suponemos que las nuevas generaciones que tienen que enfrentarlo son menos resistentes. Me dicen que están sobreprotegidos. Habrá algunos que sí, siempre hubo; pero tengo la impresión de que la mayoría la está peleando, tanto o más que nosotros. Me pregunto si no deberíamos dejar de subestimarlos.