En Paraguay estamos ante un momento importante. Somos percibidos como el país de las oportunidades: inversiones que llegan, estabilidad macroeconómica y una población joven, un escenario ideal donde debe darse el acercamiento entre la academia y el sector empresarial.
Tenemos una deuda histórica con la educación y la formación de capital humano avanzado. Nuestro sistema educativo aún no logra entregar, de forma consistente, las competencias que el mercado global exige.
Esperar a que el sistema cambie por sí solo, no es una opción y aunque es urgente mejorar esa condición, como empresarios debemos liderar desde nuestros propios espacios de influencia y generar los cambios que necesitamos.
La desconexión entre la academia y las empresas debe ser abordada rápidamente. Es fundamental que las universidades dejen de concentrarse únicamente en la formación teórica, y se alineen con las necesidades reales del mercado empresarial.
La rápida evolución de la inteligencia artificial y otras tecnologías está transformando el entorno empresarial a una velocidad que ninguna generación anterior enfrentó; sin embargo, la tecnología por más poderosa que sea, por sí sola no va a transformar, son las personas capacitadas las que harán realidad esos cambios que necesitamos en las empresas.
Hemos escuchado mucho sobre el bono demográfico que Paraguay presenta, donde la población en edad de trabajar supera ampliamente a la población dependiente. El problema es que ese bono no se capitaliza solo, sin formación adecuada, el bono demográfico corre el riesgo de convertirse en una desventaja real; si no formamos a esta generación ahora, la oportunidad no esperará a la próxima.
Fortalecer la colaboración entre la academia y las empresas no solo mejorará la empleabilidad de los graduados, sino que impulsará la innovación y la competitividad empresarial del país.
Para que esta relación prospere, conviene mirar qué estrategias han funcionado en otros contextos y adaptarlas a nuestra realidad; por ejemplo:
Crear espacios de diálogo regulares entre académicos y empresarios, que permitan a las universidades ajustar sus planes de estudio a las competencias que el mercado efectivamente demanda (comunicación, resolución de problemas, manejo de tecnología).
Implementar incentivos concretos, beneficios fiscales o tal vez de financiamiento público, para que las empresas inviertan en formación dual y en investigación aplicada junto a universidades.
La oportunidad está presente; lo que falta es escalar y sostener estas iniciativas en el tiempo. En la economía que se viene el talento tendrá un peso importante, y los países que no inviertan a tiempo en desarrollarlo, quedarán estructuralmente desfasados.
Paraguay tiene el talento joven. Lo que todavía nos falta es el puente que lo conecte con las oportunidades reales del mercado —y ese puente, empresarios y academia, nos toca construirlo juntos—.