02 sept 2026

Solidaridad y justicia: El legado de un maestro inolvidable

En el otoño vienés de 1814, Beethoven le escribió una carta a su abogado, Johann Nepomuk Kanka. Un extracto de esta carta decía: “Mil gracias, mi estimado K. Por fin vuelvo a encontrar un representante del Derecho y un hombre que sabe escribir y pensar sin recurrir a esas miserables fórmulas”. Esta frase de más de dos siglos encontró, de repente, a un nuevo destinatario: el Dr. José Enrique García Ávalos.

Hoy la memoria me convoca y el corazón se me estruja al escribir estas palabras. No es fácil despedirse de quien fue mucho más que un maestro para muchos aprendices como yo: fuiste el faro en la tormenta, la voz serena en medio de la confusión, la mano firme que nunca soltó la nuestra en el camino del Derecho y la vida.

En todos los pasos inciertos que demos, el sol nos va a acompañar, porque esa será la señal de que estás con nosotros guiándonos en los pasillos tribunalicios. Desde algún rincón invisible, tu luz seguirá encendida, abriéndonos senderos cuando la noche parezca más oscura.

A muchos, como a mí, nos enseñaste que el Derecho no es un oficio frío, sino la más noble de las luchas sociales. Nos mostraste que la solidaridad ante todo es el pilar de la justicia y de la vida misma. Nos inculcaste la pasión por defender al débil, la valentía de alzar la voz y la dignidad de nunca claudicar.

Por vos, himnos de gratitud cantaremos siempre muy fervientes. Porque tu legado es esperanza, tu ejemplo es bandera, y tu ausencia duele, pero no nos vacía: nos deja llenos de recuerdos, de anécdotas, de la certeza de haber compartido el camino con alguien único.

En cada guarania que escuchemos, en cada copa de vino con la que brindemos, en cada juicio que tengamos siempre estará tu rostro: asomando en una sonrisa, en una mirada cómplice, en la emoción de un alegato, en el abrazo solidario después de la batalla.

Eterna gratitud por haber sido uno de mis valiosos guías, uno de mis grandes maestros, un gran amigo. Hoy muchos lloramos tu partida, pero celebramos tu vida, tu entrega, tu ejemplo. Tu huella será imborrable en nuestras almas y en el sendero de la justicia, aunque ahora “ya no haya jueces en Berlín”.

Hasta siempre, querido maestro.

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