Haciendo crítica social –canta el trovador– me perfumé de valiente; creyeron que era disidente y no era más que natural.
Pregunté a la IA qué es la crítica social y, en resumen, respondió: “La crítica social es el análisis y el juicio crítico sobre los problemas, las injusticias y las estructuras de poder de una sociedad con el fin de promover un cambio o mejora”.
Es lo que, profesionalmente, hacen los periodistas –o deberían hacer– y otros opinólogos especializados de distintas áreas.
Pero como cualidad de un ser pensante, que razona –está en su naturaleza–, cualquier ciudadano interesado en su realidad y su entorno lo puede poner en práctica.
El hecho de hacer un juicio crítico a un gobierno de turno en sí mismo no le hace a uno disidente, mucho menos lo convierte en un valiente. No es más que natural.
Algunos lo hacen desde sus necesidades; son los reclamos sociales, que hoy día se acumulan sobre todo en los cajones o mueren en la indolencia de instituciones a las que deberían importar. Esto, toda una costumbre cultural.
Otros lo hacen –el juicio crítico– desde el sentido de colectividad, de pertenencia. Se ve en los gremios y sectores sociales.
Unos pocos, especiales diría en mi óptica –tal vez por ser los menos visibles–, lo hacen desde el sentido de compromiso social y servicio al semejante, término que define a aquel que no es más que uno mismo reflejado en otro ser.
La crítica social ha dejado lecciones y expresiones que el tiempo las pulió y las hizo populares. Muchas veces, las más emocionales son las que golpean con mayor fuerza en la opinión pública.
Una que recuerdo fue la que le hizo madre de Melania, la niña de 11 años hallada muerta en Caazapá, víctima de abuso sexual. Las expresiones de la dolida madre dirigidas al presidente Santi Peña durante el sepelio de su niña sonaron como una bofetada.
Como perlita, una frase que rondaba por ahí, fruto de la crítica y la manera de hacerla, es “el grosero ese”, que hacía referencia al periodista ya fallecido, Víctor Benítez.
En este trajín, una de las más impactantes que se dieron en los últimos días fue la que tiró –apuntando directamente al dúo Peña- Alliana– una paciente oncológica el día que todos los directores médicos del Hospital Nacional de Itauguá anunciaron la puesta a disposición de sus cargos, o sea renunciantes: “¡Ponete chamigo los pantalones y busca una solución!”
Este reclamo apuntaló el estallido emocional de la señora: “¡¡La puta madre que les parió –Santiago y Alliana–; estamos desesperadas, carajo!!”. Estas expresiones están cargadas del sentimiento de hartazgo de la ciudadanía por tener que sobrevivir tan miserablemente ninguneados por el gobierno en un sistema de salud pública absolutamente precarizado.
Silencio.
Y es cuando se desliza entonces el video –nadie soporta un archivo– que grabaron Santiago Peña y la primera dama esposa luego de visitar el Hospital Nacional de Itauguá. Emocionados casi hasta las lágrimas, prometían, vista la precariedad total en que se desenvuelven los médicos, enfermeros y pacientes en el hospital de referencia, que harían algo para mejorar la situación.
Quiero creer en la genuina emoción de la pareja presidencial que demostró luego de horrorizarse en el hospital donde acuden los pobres, es decir, la mayoría del país.
Y pensaba ingenuamente que, tal vez, por problemas presupuestarios y burocráticos el presidente Peña no había cumplido aún aquella promesa hecha de emociones.
Sin embargo, llegado el momento de dar ese golpe, Santi prefirió subirse a un auto del Mundial de Rally en Itapúa y como un niño en un parque de diversiones tomarse fotos con corredores.
Entonces, caigo en la cuenta de que, o fue un acto de cinismo extremo, una tomadura de pelo cruel a una situación en la que se juega la vida de muchas personas, o sencillamente es un inútil e inepto para administrar un Estado.
Porque promesas incumplidas tiene varias en sus tres años de gobierno, y otros tantos “japis”, como aquel mal parido slogan “Chau chespi”, que –ya que estamos– podríamos transmutar en “Chau Chanti”.