No escribiré en este espacio sobre el celebérrimo libro de François-Marie Arouet (Voltaire). Es la historia de un adolescente y la conversación con su abuela. Él tendría 13 o 14 años entonces. El encuentro fue en un fin de semana, en la casa de ella, quien ya pasaba los 60 años, guapa señora con el guaraní como lengua vernácula, y un matrimonio de un par de décadas (aunque con la unión de hecho que superaba esa cifra ampliamente). Menciono esta última circunstancia porque es el tema en torno al cual giró la charla que voy a pasar a relatar.
Sentados en el patio, con primos y primas correteando por aquí y acullá, a la sombra de un árbol frondoso y compartiendo el tradicional tereré, el púber inquirió a la madre de su padre sobre la dilatada vida conyugal de sus ancestros (preocupado acaso por la interrupción de la existencia común de sus progenitores), curioso de los secretos del amor, ansioso tal vez por la labor de la conquista de alguna contemporánea a esa tierna edad. Disculpen la grafía, pero mi intención es ser lo más fiel posible al idioma en que conversaron:
—Mba’éicha rejapo reime hagua abuelo ndíve ko’ága péve? Mba’érepa ko’ága lo mitã ojedehareipa?
Y la respuesta fue breve, aunque encerrando un conocimiento profundo:
—Ha ko’ága ko che memby ndaiporivei la aguante.
No se trata de idealizar el dolor, aunque la RAE lo defina en una de sus acepciones como “sufrimiento, tolerancia y paciencia”. Entiendo que la persona mayor se refirió a la capacidad de tolerar, o lo que el diccionario llama justamente “llevar con paciencia” una situación. Representó una lección magistral, de alguien que hablaba desde la experiencia, el arandu ka’aty (sabiduría popular), e incluso el analfabetismo, pero tras haber observado seguramente por décadas la historia de parejas similares, la suya misma.
En un mundo tan polarizado, con trolls en las redes sociales y seres humanos con cuentas en ese hábitat virtual que muchas veces solamente están para sembrar odio, se hace más que necesario recordar la necesidad de la tolerancia. Sin embargo, la condescendencia no es para aceptar la violencia, en especial de aquellos que se dejan llevar por la ira y causan un daño sumo o irreparable en los demás, que derivan en delitos o crímenes, que atentan contra lo más preciado del ser humano: la vida.
Tenemos mucho todavía por aprender sobre la comprensión. Hay que escuchar al otro antes de hablar. Ellos también sienten. Un poco más de empatía, por favor. También sufren, también están esperando mejorar sus condiciones, en especial en este maltratado Paraguay, de las excelentes cifras macroeconómicas, del grado de inversión, de la deflación ya trimestral, pero con la comida diaria cada vez más difícil de comprar.
Muy lindo todo lo del crecimiento del PIB, la inflación controlada, las inversiones y ere erea, pero la calle está bastante complicada. Por eso, el salario mínimo tuvo que subir 5%, que sigue siendo insuficiente para una vida digna, y que ni siquiera lo perciben la mayoría de los empleados (¿y qué pasa en los hogares donde solamente uno tiene una labor formal?). Es que hay que recordarlo, en este país la salud pública es un desastre, la seguridad es una catástrofe y la educación hace aguas por todas partes. Entonces, es harto arduo suplir esos servicios que debería ofrecer –al menos decentemente– el Estado, y parte del salario es succionado porque hay que cubrirlos bien.
Aquí, por estos lares, pareciera que una enfermedad marca el límite entre la solvencia –o más bien justeza– y el endeudamiento, con la mayoría buscando reintegros para que la plata alcance hasta fin de mes. Tantos de los trabajadores deben recurrir a los talentos circenses para hacer rendir la remuneración, y eso, por ejemplo, es algo que no debería tolerar este Gobierno.
Por otro lado, la corrupción debe castigarse de manera ejemplar (que también se cobra vidas), y la crueldad que arrebata existencias merece penas mayúsculas. No podemos estar tranquilos cuando terminar una relación amorosa significa la muerte para tantas mujeres (con nuevos trágicos ejemplos cada semana), cuando las drogas van destruyendo a miles de personas poco a poco, esas que vemos todos vagando sin rumbo en innumerables ocasiones. Las barbaridades se deben condenar. Basta de violaciones, de agresiones sinsentido, de atropellos y brusquedades. La vida hay que respetarla por sobre todo.
La tolerancia es para regar amor, no para destruir nuestro alrededor. Hay nimiedades; esas hay que dejarlas pasar, no sin antes dialogar sobre ellas buscando evitar que se repitan. El aguante es para lo bueno, es el juicioso consejo de aquella abuela (Clara), que por cierto era mía. Concédele, Señor, el descanso eterno. Y brille para ella la luz perpetua. Descanse en paz. Amén. Y feliz semana, aunque cueste.