23 jul 2026

Ser oposición y alternativa o no ser

El sistema de partidos paraguayo se encuentra dominado por un partido y, más precisamente, por una facción. La supremacía de la ANR no se agota en el éxito electoral, sino que se proyecta en la pretensión oficialista de aplanar los controles horizontales del poder.

Frente a este avance, la oposición presenta una configuración complicada. Está fragmentada en lo organizativo y en lo ideológico. No la une una estructura común ni un ideario. Paradójicamente, tampoco parece unirla el adversario de enfrente, a juzgar por la porosidad de las fronteras partidarias y el alineamiento de algunos con el oficialismo en el Congreso.

Ser oposición es complejo. Debe fiscalizar, criticar y oponerse al gobierno, pero también construir una propuesta positiva y demostrar que puede gobernar. Es un juego difícil no ser gobierno, pero convencer a la ciudadanía de que puede serlo.

En el centro de este laberinto está el PLRA, un partido histórico que ha dado muestras de adaptación y supervivencia. Forjado en la resistencia a la dictadura stronista, lleva la impronta de la resiliencia y posee un denso enraizamiento territorial que constituye la base de su persistencia.

Pero también es el partido de las divisiones y las luchas fratricidas. Como advertía Sartori, cuanto menos espera gobernar una oposición, menores son sus incentivos para ser responsable. La competencia interna puede entonces convertirse en un fin en sí mismo y controlar el partido puede resultar más importante que prepararlo para gobernar. A pesar de ello, el PLRA sigue siendo el partido opositor más grande y organizado. Dividido, sí, pero presente. Su estructura es una base indispensable para construir una alternativa.

El resto del ecosistema opositor es igualmente complejo. Conviven partidos históricos de poca musculatura electoral, partidos hidropónicos, personalistas y algunos incluso virtuales. Una pluralidad de siglas carentes de organización, presencia territorial e identidad política articuladora. Este conglomerado de organizaciones concentró sus esfuerzos, a lo largo de treinta años, en encontrar a un candidato capaz de derrotar a la ANR.

Para ello ensayó múltiples estrategias electorales que no alcanzaron el objetivo. Pero el error no fue la búsqueda del candidato, sino convertir esa búsqueda en el sustituto de la construcción partidaria. Se buscó a la persona que encabezara la chapa, pero nunca se pensó en construir la organización, el programa de gobierno o los mecanismos de coordinación que sostendrían esa candidatura. Así, en cada elección se buscó construir un candidato, pero no una organización estable.

La ciencia política y la evidencia empírica enseñan que una oposición no se forma solamente por no estar en el gobierno. Necesita organización, institucionalización y liderazgos comprometidos. Convertirse en alternativa requiere, además, un programa. Y como es evidente que una sola ideología no puede acercar a una constelación tan heterogénea de actores, los acuerdos políticos de mediano plazo también funcionan como mecanismos de coordinación.

Por historia, tamaño y presencia territorial, al PLRA le corresponde conducir la construcción de una plataforma de oposición y alternativa. Pero liderar no significa imponer, sino ordenar, coordinar y dirigir.

La tarea de la oposición es, entonces, titánica. Debe controlar a un partido predominante, reducir su fragmentación, construir un programa y convencer a la ciudadanía de que puede gobernar. Su desafío no consiste únicamente en unirse para derrotar a la ANR. Consiste en demostrar que puede ser, al mismo tiempo, oposición y alternativa.

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