Las series nacen del cruce entre los dos mundos de la autora: el estudio y la práctica de la agronomía, junto a la de su profesión como diseñadora industrial y artista visual. Esta obra reciente, mayormente abstracta y profundamente matérica, propone una mirada tanto física como humanista en esta primera muestra individual de Adise.
Estableciendo una sensibilidad multiforme, la muestra La tierra que piso habilita un diálogo fictivo entre arte y ciencia. El polvo es entendido como atributo y sublimación, utilizado como componente plástico esencial para el despliegue de relatos que suben del suelo.
Gracias a la exuberancia de las paletas terrosas como barros de tonalidades rojizas, del siena al terracota; o de cromáticos calcáreos, del blanco al beige, llegando al negro absoluto, las series se bifurcan temáticamente. La propuesta incide en un pensamiento medular, que es considerar a la tierra como espacio de la memoria del origen y como territorio contemporáneo.
Los pigmentos de distintos suelos conservan rastros de la identidad del lugar de la que proviene, y obviamente, su materialidad representa literal y simbólicamente, la geografía térrea del Paraguay. La tierra deja de ser un fondo y se convierte en el material y en la protagonista de la obra, cada pieza nace de los pigmentos obtenidos de una errancia y elección por distintos suelos.
Tierra prometida
Lucía es convocada para evocar los temas del paisaje y de la propia especificidad material de la tierra, precisando de argumentos provenientes de la química, la física y la geología; o bien excavar la identidad de los habitantes humanos mediante el retrato. La muestra La tierra que piso propone una forma distinta de mirar, y de sentir las obras desde otro punto de vista, quizás uno táctil.
Durante mucho tiempo, Lucía estudió la tierra desde la ciencia, y hoy la vuelve a mirar desde un lugar simbólico. Más que representar el paisaje, estas obras están hechas con la misma materia que la forman. Hay una invitación a pensar nuestra relación con la tierra y a reconocer que también guarda tiempo y memoria.
Desde la historia de las artes visuales, el estudio de la expresión artística ha recaído convencionalmente en la clasificación. Todo esfuerzo por catalogar supone etiquetar estilos, épocas y contextos. Un buen ejemplo ejemplo de ello es este proyecto visual de Lucía Adise.
Influenciada por el arte povera, una corriente artística de posguerra iniciada en Italia y que devolvía dignidad a los elementos simples y prosaicos como la tierra; o por el land art o arte térreo, con artistas globales que trabajan con el paisaje o lo representan, la artista reinterpreta algunos de sus postulados naturalistas y culturalistas. Desde un horizonte formal de paletas terrosas y expresivas, la materia habla por sí misma, auxiliada por poderosas metáforas que exaltan micropaisajes, cartografías o el rostro del drama del éxodo campesino.
Esta manera ritualística de honrar al suelo desde el arte es una invitación y una promesa para surcar lugares reales e imaginarios. Lucía intuye la potencia estética y simbólica de la tierra como masa de creación evocadora de ciclos de vida, nutrición y finitud, así como propiciadora inagotable de narrativas arcaicas y contemporáneas.