12 ene. 2026

Perplejidades

El mundo que conocimos se acabó. Duró 80 años en este ciclo que nos legó la democracia liberal, el valor de las instituciones, la trascendencia de la normas y el derecho internacional. Fue casi un siglo del triunfo de una idea civilizatoria no exenta de conflictos, dictaduras, contradicciones y violencia. Hemos construido nuestra idea de convivencia creyendo en esos valores que hoy se encuentran absolutamente en contradicción.
Trump se encargó de colocar su epitafio y hemos vuelto a retroceder a tiempos cuando la oscuridad y la amenaza de una guerra mundial son la constante. El grave problema económico de los EEUU que lo ha convertido en el país más endeudado per cápita del planeta no parece resolverse sino por el camino de una conflagración que permita barajar de nuevo el destino de los pueblos. La memoria de la prosperidad americana viene de la guerra y en cuanto la necesidad apremia hacia ella vuelve para encontrar su renacer. El costo lo vamos a pagar todos, incluido quien haya desatado y participado del conflicto.

Las formas y las maneras han dado paso a discursos agresivos y violentos. Llenos de amenazas y de acciones contundentes. Trump ha dicho que no tiene límites más que su propia conciencia y que el derecho internacional no existe como la propia ONU a la que el secretario de Estado Rubio afirmó que “no le importa lo que diga” eso fue luego del ataque a Venezuela y el secuestro de su presidente.

La Justicia de los EEUU se encuentra ante un gran reto. Demostrar que aquel cuento que decía que era más poderoso que su Armada es real o no. Debe analizar si lo realizado por su gobierno se adecua a sus normas o la operación no ha sido más que parte de otro tipo de extracción donde el petróleo es el argumento central.

Trump fue muy claro en su conferencia de prensa luego de haber consumado el primer ataque a Sudamérica de una potencia extranjera cuando repitió 21 veces la palabra petróleo y 0 la democracia. Ella puede esperar mientras el mismo régimen autoritario que destrozó Venezuela les sea rentable y funcional. Un duro cachetazo al rostro de la oposición y su casi 70% de votos obtenidos en las elecciones de 2024. Se viene una tragedia económica en la que ni la democracia ni la libertad de su pueblo importan. Ha ganado el negocio, ha perdido la razón.

Se abren las compuertas para que el mundo sea del más fuerte. La doctrina Gondra de 1923 que decía que “no siendo posible hacer que el fuerte sea justo habría que lograr que el justo sea siempre fuerte”. Vamos camino a los excesos, a la prepotencia, a la humillación y a la guerra. Todo estará determinado por la capacidad de fuego y las alianzas se construirán en función de los intereses que eso suponga. Se fue el tiempo de los balances de poder, los temores a sanciones de organismos internacionales o la vergüenza y costo de las acciones.

El mundo ingresó al territorio de lo incierto e incomprensible. Será necesario desempolvar la memoria de cómo era el orbe antes de la Segunda Guerra Mundial y rezar para que no se desate la tercera con la potencia nuclear acumulada que tienen varios actores. Los grandes problemas económicos, sociales y políticos no resueltos nos han llevado a este momento singular de nuestra historia. 2026 será recordado como el inicio del fin de un orden llamado la “pax americana” que hoy se ha convertido en el conflicto desde el cual se gobierna con fuerzas militares ilimitadas en su ejercicio.

Los problemas en casa no son suficientes para detener esta deriva. Ni la prepotencia de ICE y sus muertos son capaces de enviar señales de optimismo de cara al futuro. Mientras se cancelan entradas al mundial de futbol en territorio de los EEUU solo el temor de Trump a ser derrotado en las elecciones del Congreso en noviembre y desalojado del poder ponen algo de freno en un mundo desbocado y en guerra.

Nosotros, como puede esperarse, solo miramos con la misma perplejidad que observa el mundo solo que sin ninguna idea de qué debemos hacer. Mientras Peña ofrece la experiencia paraguaya en transiciones, cancela la excepción de visa a los venezolanos. Contradicción, incoherencia y perplejidad ante un terremoto donde el grito común es ¡Sálvese quien pueda!

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