Fingir que esto era así daba cierta previsibilidad a nuestras vidas, aunque esta se sostuviera sobre medias verdades y probablemente una gran mentira de fondo. El presidente Donald Trump hizo añicos la simulación funcional. No pudo ser más aterradoramente claro; el único límite –dijo– es su propia moral. Bienvenidos a un mundo en el que el debate y la acción pueden estar definidos exclusivamente por lo que un solo hombre considere bueno o malo, irrelevante o necesario.
Esto ocurre en un tiempo en el que media decena de empresas de alta tecnología dibujan el presente y el futuro sin ninguna participación de los organismos que nos representan. El desarrollo de algoritmos capaces de sustituir al cerebro humano en los más insospechados espacios y con muchísima más eficiencia se ejecuta a una velocidad de vértigo, mientras legislativos, académicos y sindicatos siguen discutiendo los problemas analógicos del siglo XX. Millones de jóvenes están ingresando hoy a universidades donde acumularán por cuatro o seis años un conocimiento que resultará totalmente obsoleto cuando salgan al mercado. Hay ya una generación que comparte sus angustias diarias con una IA. En menos de un lustro resultará imposible diferenciar imágenes reales de aquello que fue montado por una aplicación.
¿Qué hacemos los habitantes de un país periférico en este desbocado tren que avanza imparable desde un presente caótico hacia un futuro impredecible? ¿Qué papel jugaremos en ese nuevo orden mundial cuando todavía lidiamos con miserias tan antiguas como la mendicidad de la salud pública o la obsolescencia de un modelo educativo cuyo gran logro en el primer cuarto del nuevo siglo es garantizar un plato de comida al estudiante? ¿Cómo nos proyectamos en esta realidad de algoritmos que simulan de manera escalofriante el razonamiento humano cuando nuestras mentes mejor formadas –cuando menos en términos teóricos– prefieren entretener a la platea sacando lustre a las efigies de un pasado deshonroso? ¿Alguien osará poner sobre la mesa algunas de estas preguntas en una charla de chincho? ¿Habrá alguna estrategia basada en estas realidades que explique la política exterior de mover el rabo, hacerle fiesta y bajar la cabeza ante todo lo que diga la nueva conciencia moral del planeta?
¿Existirá por ventura alguna reunión de autoridades liberales en la que algún miembro recuerde que más allá de las disputas tribales partidarias, la organización debería tener alguna propuesta, por más descabellada que fuera, de para dónde ir en el hipotético y cada vez más dudoso caso de que alguna vez vuelvan al poder?
¿Lo discutirán nuestros académicos? ¿O preferirán las discusiones numéricas y cromáticas sobre bajo qué régimen murió más gente?
Nunca nos integramos del todo al viejo orden mundial, pero eso ya no importa porque ese mundo se acabó. Estamos en otro, infinitamente más complejo y desafiante. No está claro quiénes son aliados y quiénes potenciales enemigos. Ser incondicionales de alguien que se va en unos años no parece muy acertado, pero puedo estar equivocado. Sé que en doscientos o quinientos años seguiremos rodeados de Brasil y que llevarnos mal con ellos siempre será una mala idea. Pero solo soy un observador, tan desconcertado con las nuevas realidades como cualquier otro.
La nueva política de la realidad que nos dejó el espectáculo de Davos debería llevarnos a intentar mirar un poco más allá de las limitadas llanuras de la política criolla. Es definitivamente un nuevo mundo… y no tengo la más pálida idea de qué papel vamos a jugar en él… y me aterra pensar que quienes toman las decisiones tampoco lo saben.