Es probable que el hijo de Nicanor Duarte Frutos haya quedado asombrado por las repercusiones provocadas por sus opiniones sobre el gobierno de Stroessner. El hecho de que estemos en enero, época de vacaciones, sin muchos sucesos políticos que comentar, hizo que la controversia adquiriera una dimensión mayor de la que realmente merece.
Pero, pasados ya varios días de aquello y, a la luz de las respuestas que recibió, se me ocurrió preguntarme sobre qué pudo haberlo motivado a ofrecer esa visión tan edulcorada del régimen y su absurda comparación con la época liberal.
La primera posibilidad es que la pregunta lo tomó desprevenido y eligió mal las palabras. Se expresó equívocamente por descuido; un desliz que le puede suceder a cualquiera. Al fin y al cabo, el escritor Elbert Hubbard sostenía que todos tenemos derecho a cinco minutos de estupidez al día. En ese caso, solo se le puede criticar la arrogancia de no haberse rectificado después, lo que resultó ofensivo para las víctimas y para la inteligencia.
La segunda posibilidad es que el hijo de Nicanor Duarte de verdad piensa exactamente eso, tal como lo dijo. En ese caso sería una decepción intelectual, pues se esperaría algo más sólido de parte de quien se ha formado en instituciones académicas de prestigio. “De balde se fue a estudiar a Francia”, ironizó Milda Rivarola, en un arranque de maldad. Los argumentos que demuestran que la dictadura de Stroessner no fue ni tan benigna ni tan constitucional como sostiene él, fueron tan abrumadores en los últimos días que no vale la pena extenderse sobre ellos.
El propio Estado paraguayo ha reconocido de manera institucional y explícita la existencia de una política de terrorismo de Estado durante ese régimen. La Ley 2225/03 y la Comisión de Verdad y Justicia (CVJ) son la expresión de esa admisión. La indemnización a las víctimas como política de reparación es otra prueba de lo anterior.
Ahora, comparar la violencia desatada desde el Estado contra sus ciudadanos con la anarquía de los gobiernos liberales anteriores es francamente desatinado. Un fanatismo partidario tan primario es preocupante en alguien que ocupa un cargo clave en la educación superior.
Salvo que exista una tercera posibilidad. ¿Y si todo esto no fue más que una ingeniosa estrategia de marketing para hacerse un poco más conocido? Fíjese que este tipo de discurso cae bien a un electorado colorado duro donde Stroessner y su estilo son venerados. Recurrir al argumento primario, pero siempre efectivo, de atacar al adversario ahorra razonamiento y sirve para acercarse a lo popular.
Al mismo tiempo una posición radical, aunque historiográficamente insostenible, generará una previsible reacción que magnificará la visualización de su imagen. Eso fue exactamente lo que ocurrió. Hace dos semanas que su rostro está en los medios y en las redes. Para aplaudirlo o putearlo, no importa. Lo importante es que lo conozcan. En ese sentido, objetivo logrado. Empieza a dejar de ser el hijo de Nicanor, para ser José Duarte Penayo. Listo para futuros cargos, aunque suene poco escrupuloso. Es posible que este sea el verdadero motivo de loas tan tardías al viejo dictador.
Hubo enseguida otro José que, por lo visto, se percató del éxito del método y decidió copiarlo atropelladamente. Se trata del inefable Joselo Ocampos —ese que acaba de escribir un librito apologético de Horacio Cartes—, quien publicó un video en las redes asegurando que Eligio Ayala y Eusebio Ayala fueron los mayores traidores a la patria de toda nuestra historia. Intenta producir polémica, aunque la polvareda no será mucha porque, en su caso, a diferencia del primer José, el factor decepción casi no existe.
Parece que, en esta carrera por la notoriedad, la rigurosidad histórica es lo de menos. Al final, el “eja’o liberal-pe” sigue siendo una receta infalible para quienes, a falta de vuelo propio, prefieren el escándalo mediático como trampolín para el reconocimiento público y los favores del poder.