El griego Yorgos Lanthimos no siempre es un gran cinematografista, pero casi siempre es un espléndido escritor. Sus historias son más originales y brillantemente escritas que vistas, al menos en la opinión de este cronista. Es cierto que la fotografía de Thimios Bakatakis o de Robbie Ryan –los dos diferentes responsables de la estética de las películas de Lanthimos, en dos periodos distintos en que el tratamiento de la luz es central incluso en la trama, como en La favorita (2018)–, más la dirección reflexivamente provocadora (que Lanthimos preferiría quizá denominar como una mirada angular incómoda) expresa con mucha sugestión el universo narrativo del griego. Pero por aquí se piensa que su cine se conecta mucho más con el sustrato literario que cinematográfico, aunque se ha elogiado mucho y correctamente su mundo moralmente visual. La frialdad o la calidez de sus imágenes dicen mucho, sin embargo, nada muy original como dicen sus historias, las situaciones dramáticas o cómicas de sus películas. Como una parte importante del gran cine europeo, Lanthimos se deja “leer” más que ver.
Sin embargo, hay que decir que la de Bugonia (2025) no es el más original de sus filmes, literalmente. El guion es de Will Tracy y se basa en la premisa de Save the green planet (2003), la divertidísima película del coreano Jang Joon-hwan. Más que una remake (sería la primera de Lanthimos) es una versión actualizada y occidentalizada de su precedente. La idea del hombre obsesionado con una invasión alienígena y que secuestra a un miembro de la realeza del planeta Andrómeda, quien supuestamente se hace pasar por CEO de una compañía, es la idea básica también de Bugonia, palabra que hace referencia a las abejas, himenóptero caro a la literatura griega.
Pero aquí el hombre poderoso es en realidad una mujer: Emma Stone. (La sigo con una cierta devoción desde la estupenda comedia de 2010, Easy A, una versión colegial de La letra escarlata). Con el correr de las películas me dije que pasaría lo que está sucediendo: Solo Kate Winslet y Cate Blanchett podrán competirle en lo más alto del mainstream de su tiempo y, seguramente, las va a superar si sigue tan versátil e inteligente para elegir papeles. Tiene siete nominaciones al Oscar, igual que Winslet y una menos que Blanchett. Pero Stone tiene recién 37 años. La últimamente actriz fetiche de Lanthimos tiene un duelo actoral intenso y de lo mejor seguramente de 2025 (otra vez he visto pocas películas “del año”) con otro actor fetiche del griego, el visceral Jesse Plemons.
Hay otro intercambio de género entre los personajes de la película coreana y la coproducción estadounidense, británica y también coreana: El fiel cómplice del secuestrador aquí es un hombre, mientras en Save the green planet es una mujer enamorada del protagonista. Sin embargo, la cuestión tan lanthimiana de la mutilación agrega otra capa de sentido psicoanalítico al personaje y la trama. La aparente falta de motivación romántica en la complicidad del personaje de Aidan Delbis (una gran revelación del cine mundial el año pasado, así como lo fue el protagonista de Adolescencia, Owen Cooper, en el campo de la televisión) es otra marca diferente, pero no queda del todo claro que el autista Don no se sienta atraído sexualmente por su fanático primo.
La particularidad consiste en que, como su personaje en la película de Lanthimos, Delbis es un actor autista. Él mismo prefiere esta palabra a la más en boga “neurodivergente”. Su actuación es contenidamente espectacular.
Como ya nos acostumbra el colaborador habitual de Lanthimos, la partitura de Jerskin Fendrix es perturbadora y a la vez grandilocuente en un sentido, este último, por momentos cercano a la parodia. La mezcla orquestal sinfónica con los sintetizadores resulta otra vez una experiencia en sí misma.
En una época en que lo raro y lo espeluznante, a decir del filósofo inglés Mark Fisher, gobierna nuestra imaginación cultural y política, Bugonia es uno de esos productos del mainstream cinematográfico que mejor la expresan: La paranoia conspirativa donde lo siniestro no viene de dentro (como en Sigmund Freud) sino de “fuera”, ya sean inmigrantes o extraterrestres.