01 abr. 2026

No culpes a la lluvia

Hay una frase muy conocida que dice: “Siempre que llovió, paró”. Es un dicho optimista, que lleva el mensaje de que todo pasa, todo va a salir bien, ya vendrán tiempos mejores, vamos a estar mejor, como mentían algunos durante su campaña a la presidencia.

Ese mensaje claramente hay que forzarlo mucho para aplicarlo a Asunción. Porque si bien es cierto que llovió, y mucho, las consecuencias no paran de mostrarse.

Resulta que después de 62 años se rompió un récord de lluvias. El director de Meteorología, Eduardo Mingo, había confirmado a los medios la magnitud del fenómeno que ocurrió y manifestó que 208 milímetros fue el acumulado de lluvias para la capital.

El meteorólogo explicó que las precipitaciones se distribuyeron en dos momentos a lo largo de aquel lunes aciago. Una parte del cacho de agua cayó hasta cerca del mediodía, y el otro, por la tarde, justo a la hora de salida del trabajo.

Con esos 208 milímetros se rompió el récord para lo que suele llover en el mes de marzo, y eso solamente había sucedido en 1964 cuando cayeron 135,6 milímetros en 24 horas.

Bien. Ahora vayamos a las consecuencias de ese récord, que se puede resumir diciendo que fue un despelote absoluto. Si no lo vivieron en carne propia se lo podrían fácilmente imaginar, si es que no vieron los videos en redes sociales: raudales impresionantes, caos total en el tránsito, demoras, líneas de transporte que dejaron de circular, un desastre que no se ve todos los días.

Sobre lo que sucedió mucha gente salió a opinar, pontificar o justificar, como siempre, porque así es como funciona esto, sucede algo y de repente todos nos volvemos expertos en el asunto. La cuestión es que en este tema de planificación urbana y cómo gestionar mejor una ciudad sí hay gente que sabe. Uno de ellos no es, definitiva y rotundamente, el actual intendente de Asunción.

Aquel día, o quizá fue al día siguiente, cuando acudió bien arropado con su piloto amarillo y acompañado de un verdadero contingente de obreros para levantar ramas que se habían caído, Luis Bello nos mostró que es un digno sucesor de Nenecho. Estaba mirando el desastre en el que se habían convertido las calles en un barrio donde las obras de desagüe pluvial quedaron a medias, y aquello era un caos. Ahí fue donde acuñó la famosa excusa de que si hay raudales es porque llueve, no por las obras.

Más que burlarse de lo que dijo, dan ganas de llorar, porque en manos de ese tipo de gente están nuestras ciudades, está el país.

Claramente, el problema no es la lluvia, es la ciudad que no fue planificada para recibirla.

Esto lo leí en una publicación en IG de una cuenta que se llama arquitectospy, y quien escribió aquello parecía entender del tema. Y dicen que “los 208 mm registrados en 24 horas en Asunción y su área metropolitana no solo evidencian la intensidad de los eventos climáticos actuales, sino también las limitaciones estructurales de nuestras ciudades para absorberlos”.

Señalan que en las ciudades primero se ocupa el territorio y luego se intenta resolver la infraestructura y por eso, como consecuencia, el sistema de drenaje es insuficiente, los suelos cada vez más impermeables y la progresiva ocupación de cauces naturales. Ahí es cuando llueve, aparecen los raudales, explota todo y aparece un intendente que le culpa a la lluvia.

Las últimas administraciones rompieron el plan regulador, y ahora aparecen edificios como hongos en los barrios de Asunción. Una ciudad que no tiene desagüe pluvial porque se construyó encima de los arroyos. En un área metropolitana en la que la gente vive lejísimos de donde trabaja y como no hay un sistema de movilidad y transporte público moderno, se llenan de autos y motos las calles y avenidas.

Sobrevivimos en el caos porque le votamos a cualquiera que sonríe en un afiche, y después cuando llueve y casi nos lleva el raudal, culpamos a la lluvia.

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