Donde termina la serranía de los Altos está Mbatovi, un llano que se extiende como una transición entre el monte y el campo abierto. En esta compañía de Paraguarí nací.
Entre los recuerdos de mi infancia en este lugar, que se añora, con todas sus alegrías, su dureza y sus fantasías, y luego la adolescencia, menciono una experiencia que me ha marcado: las navidades en familia.
Eran los años en que debíamos hacer nuestra confirmación del sacramento del bautismo como católicos, tal vez tenía catorce años. El hermano Pedro, nuestro catequista, todos los domingos llegaba en su bicicleta hasta el barrio Santo Tomás, bajo un árbol de una casa vecina nos sentaba en el pasto y nos preparaba; por la mañana asistíamos a misa en la ciudad y comulgábamos, previa confesión con el párroco de nuestras malas acciones o pensamientos.
En diciembre ocurría lo mejor. En parejas, salíamos a recorrer todas las tardes, durante una semana, como un novenario de la Nochebuena, las diferentes casas de los vecinos para leer la Biblia, reflexionar sobre el nacimiento del Niño Jesús y orar. Algunos invitaban a familiares u otros vecinos a participar. Luego los dueños de casa, en su sencillez nos invitaban caramelos y salíamos contentos, no importaban ni el calor ni el cansancio, ni el sudor.
Recuerdo que no había más que paz, una agradable sensación de plenitud que surgía de la total pureza de aquel Niño cuyo nacimiento anunciábamos con alabanzas, un Niño que solo podía traernos esperanza y unión a las familias; estábamos experimentando el inicio de una vida. Todo se resumía en el amor, todo era ternura. En ese instante solo cabían los abrazos y las risas; el afecto caluroso que escondemos y a veces no nos atrevemos a demostrar.
Por influencia de esa experiencia y el entorno religioso, mis pensamientos comenzaron a dar vueltas a una idea que, si tanto Dios amó al mundo, a tal punto de sacrificar a su Hijo Único, enviándolo a nacer hombre, la manera más honesta de aceptar a este Niño era entregándole mi vida entera. Mientras, continuábamos con las navidades en familia, en la ciudad de Paraguarí.
Pasó el tiempo y no me hice sacerdote, obviamente, no le entregué mi vida entera a Dios ni a Cristo, pero una dolorosa punzada me partió el pecho al sentir que perdía la fe de forma irremediable. Lo sentí durante mucho tiempo.
Ahora no participo de navidades en familia ni en grupos de oraciones. Sin embargo, quedó en mí guardado muy cuidadosamente, como un tesoro, la magia de la Navidad.
El recuerdo del nacimiento de aquel Niño al que cantábamos “Noche de paz, noche de amor”, aunque haya sido en un pesebre –techo donde se guardan los animales–, todavía me conmueve. No ya como el Mesías esperado, sino como la encarnación de muchos niños en este mundo, de tanta inocencia y futuro que solo pueden darnos promesas. Lo que digo es que la Navidad es más que adornitos, ya sean estos arbolitos, Papá Noel o el tradicional pesebre con la flor de coco, la vaquita y el burro; la Navidad es el momento más íntimo del nacimiento de un nuevo ser; la llegada con todas sus alegrías, sus festejos y sus esperanzas, en el seno de una familia.
Por eso, Navidad es familia, momento del reencuentro, del fraternal abrazo y la calidez de la risa; es familia que se renueva con nuevas esperanzas guardadas en este nacimiento; es el momento de sentir paz, que tanto hace falta, y de comenzar de vuelta con nuevos propósitos, nuestras vidas.
Me tomaré un respiro, ojalá hagan lo mismo y dejen que la Navidad, el nacimiento del Niño Jesús llene sus corazones y sus hogares con esa misma sensación de íntima calidez, de un momento cargado de amor, de muchas esperanzas para un futuro mejor, como a infancia.
El mundo está en un trance en que necesita recuperar el espíritu de la Navidad auténtico, que ningún niño más pase hambre o muera a causa de las guerras. Abogamos porque ocurra el milagro. ¡Feliz Navidad!