20 may. 2026

Maquiavelo sería peor aquí

A mí me parece que Nicolás Maquiavelo tenía razón, che: Es uno de los grandes teóricos políticos de la historia.

No había nadie como él antes. Debemos mirarlo para entender cómo construir nuestra democracia paraguaya. Hace un tiempo escuché esta afirmación de un periodista. Me resultó curiosa. No porque niegue a Maquiavelo como teórico político, sino porque, antes del florentino, la reflexión sobre la política ya llevaba más de dos mil años. ¿Maquiavelo?, me pregunté. ¿El que niega al individuo tal como debería ser? ¿El que rechaza la moral como guía política? ¿El que afirma que el ser humano es solamente pasional y egoísta, y que hay que adularlo o amenazarlo para gobernar?

Esto viene a cuento porque el propio periodista enfatizaba que los individuos son quienes determinan el cambio o el progreso democrático. Maquiavelismo, tal vez mitigado, pero maquiavelismo al fin. Lo que nos lleva a un dilema –o tal vez una paradoja– de la política y de la democracia por excelencia: ¿Qué hace a una democracia? ¿Los gobernantes, las personas o quizás las instituciones y los procedimientos?

¿Pero qué es una institución? La palabra proviene del latín instituere, que significa, simplemente, tenerse en pie. De esa misma raíz nacen palabras como estabilidad, Estado, establecer, restaurar. Todas señalan lo mismo: Aquello que permanece más allá del movimiento y de las pasiones del momento. La política, en cambio, es puro movimiento, sorpresas, intrigas, gobernantes que suben y caen.

Las instituciones son las que impiden que ese movimiento se convierta en un caos. La materia, digamos, con Aristóteles –que también sabía de política siglos antes que Maquiavelo–, antecede a la forma. Maquiavelo se cortó un brazo: El de las instituciones. Sin ellas, la política deriva hacia el único otro orden posible: El mando autoritario. Las instituciones, en cambio, solo existen verdaderamente en las repúblicas, es decir, donde el poder tiene límites.

Pero falta algo aún. Las instituciones no bastan solas. También importa la calidad de quienes las habitan: Los ciudadanos. No es lo mismo ser buen hombre que ser buen ciudadano, decía el propio Aristóteles. Para ser ciudadano hay que asumir los valores del régimen en el que se vive. Nuestra democracia es republicana, es de todos.

Por eso, es necesario distinguir dos palabras que suelen usarse como sinónimos: “Individuo y persona”. No lo son. El individuo es el ser humano visto desde su materialidad, como un átomo social, disperso, enfocado en sus intereses propios. Es, en cierto modo, el individuo que Maquiavelo tenía en mente: Pasional, egoísta, movido por el miedo o la ambición. Y por eso creía que solo el control o la dádiva lo dominaba. La persona, en cambio, es el ser humano visto desde adentro –desde su dignidad, su vocación, su apertura hacia los demás–. A Dios. Es la tradición que propongo: Antiquísima, de Aristóteles a Tomás de Aquino, de Maritain a Mounier, pero también asumida por nuestros filósofos compatriotas, Adriano Irala Burgos y Secundino Núñez: Ambos insistieron en que sin formación ética no es posible la ciudadanía. El ciudadano no se realiza en el aislamiento como masa, sino como persona entre personas.

Y aquí aparece la relación que muy a menudo se soslaya. Las instituciones democráticas y republicanas no nacen solas, las construyen y sostienen ciudadanos comprometidos con algo más grande que ellos mismos. Se necesitan mutuamente: Las personas dan vida a las instituciones y estas protegen y forman a las personas. Y esa educación moral y cívica es la que no se ve. Se receta tecnología o administración, pero se pierde de vista lo que un sano republicanismo vivo necesita: El sentido de las humanidades.

Una República sin ciudadanos educados es una cáscara vacía. Es una democracia enferma. Y las señales están a la vista: Títulos profesionales falsificados, nepotismo, corrupción que ya casi no escandaliza porque se ha normalizado. ¿De dónde viene todo eso? Del individuo que nunca se convirtió en persona. Del que aprendió a instalarse en instituciones sin creer en ellas, a ocupar cargos sin sentido de servicio, a usar la cosa pública como si fuera propia. Mbó’i pire. Presa fácil del poguasu.

Dr. en Filosofía
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