En verdad nuestros congresistas se empeñan tozudamente todos los días en desacreditarse al punto que uno de sus referentes ya retirado ha decidido bailar con tutú en un programa televisivo.
Han perdido la vergüenza y en cada movimiento se les nota el desparpajo, la insolencia y el atrevimiento con que se exhiben a sus mandantes: el pueblo.
Ahora le llegó el turno a la comida y en los cálculos generales salió que cada uno come por 100 niños en edad escolar, por ejemplo. Salieron las aclaraciones que todavía oscurecieron más el tema.
En concreto, lo que no parece entenderse en realidad es el notable descrédito de la política y de los políticos ante la sociedad, pero que no parecen acusar recibo los actores principales.
Si en verdad desearan mostrar un rostro distinto, acomodado a la realidad del país, la nobleza folclórica o criolla del Congreso debería haber cambiado sus hábitos hace rato.
Los que hacen la ley no la cumplen, fuman donde prohíben que todo mortal lo haga, comen frente a un pueblo hambriento, exhiben con impudicia su completo desapego a la importancia del cargo para el que fueron electos, para finalmente reproducir el comportamiento de los karaja: atacan con sus excrementos a los que los observan. Esta obscenidad cívica tiene un alto riesgo ya que puede acabar con el sistema democrático para terminar en algo peor: el autoritarismo populista como el de Chávez en Venezuela o la dictadura en su forma más cruda como la que hemos vivido los paraguayos durante muchos años.
Los congresistas no evalúan el daño que le hacen a la democracia con sus comportamientos, entre los cuales se destaca el poco rigor en el trabajo y el uso de recursos públicos en cantidades imposibles de justificar.
Uno se pregunta: ¿Cómo nadie entre los 125 legisladores y sus asesores se dieron cuenta de que estas cifras eran un insulto ciudadano? ¿Cómo nadie argumentó en contra o propuso alguna medida que pueda parecerse más a lo racional?
Solo un indisimulado deseo de encarnar los peores vicios de la nobleza antes de una revolución que acabara con ella puede hacernos entender, por ejemplo, por qué un legislador que vive a 10 cuadras del Congreso tiene el mismo vale de combustible que otro que habita en Salto del Guairá.
Imposible es justificarlo desde la racionalidad, pero sí es entendible desde la percepción de creerse en el cargo por encima de sus mandantes, menospreciando de paso a toda la democracia como sistema.
Si no es posible por el lado de lo racional, al menos por el lado de la vergüenza tendría alguien que proponer algo que nos diga que no es suficiente ver a los senadores tomando tereré o comiendo empanadas en las sesiones, sino que todo eso cueste ¡250 mil guaraníes por día!
La culpa, señores, no la tiene la prensa que destapó el escándalo ni los conspiradores contra la democracia que algunos creen que existen.
Esta es más nuestra democracia que la de ustedes, y cuando se comportan como lo hacen, en realidad la están enterrando viva cuando debieran elevarla con vuestras conductas.
Legisladores desaforados, caraduras e insolentes hacen parte de esta nobleza karape que le ha hecho perder estatura a la democracia con sus comportamientos.
O cambian o los cambiamos.