28 jul 2026

La trampa cartesiana

El Paraguay está entrampado. El país no enfrenta hoy solo una crisis de sus cuentas fiscales en el sentido clásico del término. Enfrenta algo más difícil de resolver: Una trampa de coordinación con desconfianza en la que ningún actor tiene incentivos para moverse primero. La ciudadanía no quiere pagar más impuestos porque tiene una clase política percibida como ineficiente y corrupta; la clase política no puede cortar el gasto clientelar sin perder la base electoral que la sostiene; la clase empresarial, que financia en las elecciones al oficialismo con quien hace negocios, incluso, siendo consciente de la “corrupción que ya no se oculta” (tal como dijo la Feprinco hace pocos meses) y que ahora se ve amenazada por subas de impuestos y el FMI que le exige al Gobierno que haga trasparente su déficit fiscal incluyendo deudas no registradas en medio del malgasto. El resultado es un equilibrio estable, pero subóptimo y macabro: la gente se muere sin recursos de salud.

Dos precisiones son importantes. Primera: el déficit fiscal oficial de 2025 cerró en 2,0% del PIB y no en el 4% que sugiere la tesis de “gasto oculto” que me encargué de hacerla pública desde noviembre del 2025. Segunda: el déficit primario –el que excluye el pago de intereses de deuda– fue de apenas 0,1% del PIB, lo que indica que casi toda la necesidad de financiamiento adicional del Estado proviene del servicio de deuda contraída, no del gasto corriente nuevo. Dicho esto, la hipótesis de un componente de gasto extrapresupuestario o de pagos rezagados que no entran al cálculo del déficit del ejercicio –deuda flotante, atrasos con proveedores, regularizaciones diferidas– es consistente con un patrón observable: la deuda pública que creció alrededor de USD 2.300 millones, aproximadamente 12,9% en 2025, muy por encima del crecimiento nominal del PIB. Y buena parte del gasto en 2026 que se ha destinado a “regularización de obligaciones pendientes”, como reconoce el propio MEF al describir la ejecución del primer semestre.

Por qué no existen las salidas fáciles. En el debate público paraguayo circulan tres promesas de solución sin sacrificio. Las tres tienen una base real, y las tres son, en la práctica, insuficientes o inaplicables por sí solas, claro, con este Gobierno: combatir la economía informal, combatir el malgasto y combatir la corrupción. Es una crisis donde “todas las salidas son malas”.

La idea de que formalizar la economía subterránea resolvería el problema fiscal ignora dos hechos. El primero es técnico: gran parte de esa actividad ya está entrelazada con la economía formal a través de insumos, financiamiento y comercialización, por lo que no constituye una base tributaria “nueva” y aislable. El segundo es político: la informalidad no es un accidente, sino –en muchos casos– una estrategia de subsistencia de hogares y microempresas con baja productividad. Gravarla al mismo ritmo que a la economía formal la destruiría antes de convertirla en recaudación.

El BID calcula la ineficiencia técnica del gasto público paraguayo en 3,9% del PIB concentrada en transferencias mal focalizadas, sobrecostos de compras públicas y una planilla salarial plagada de nepotismo y planilleros. El dato es real, pero “corregirlo” no es una decisión técnica, sino una decisión distributiva y política. Nadie se anima.

La corrupción visible –denunciada públicamente por gremios como la Feprinco– cumple una función distinta a la de un simple drenaje de recursos. Opera como la señal que el contribuyente usa para justificar la evasión y para oponerse a cualquier suba de tasas.

El resultado no es un fallo de diagnóstico, sino un fallo de secuencia. Nadie quiere moverse primero porque el que se mueve primero paga el costo político sin garantía de que los demás actores lo sigan. Como ejemplo, la clase política citada en el planteo original que “no tiene autoridad moral” para subir impuestos porque fue elegida, en parte, por quienes no quieren pagar más. Es un resultado de elección racional colectiva, no una anomalía moral aislada.

Llamamos aquí “trampa cartesiana” al hecho de que cada actor, razonando de manera individualmente racional –de ahí lo “cartesiano”– produce un resultado colectivamente indeseado. Un dilema de coordinación y desconfianza recíproca. No tiene que ver con Cartes, aunque muchos digan lo contrario. ¿Qué dicen ustedes? Saludos cordiales.

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