El escenario posinternas simultáneas se presenta bastante auspicioso para el Partido Colorado. En gran medida porque sus primarias se desarrollaron sin mayores tropiezos y los resultados fueron aceptados por todas las partes. Estas son muy buenas señales para cualquier partido que aspira a ganar las elecciones generales que suceden a unas internas. Sin duda, uno de los factores determinantes ha sido la contundencia de la victoria del movimiento oficialista, Honor Colorado (HC). Su predominio fue claro e incontestable, con pocos motivos para impugnar lo acontecido.
El derivado político de esta competencia interna incontestada ha sido la rápida transición a un discurso sobre la necesidad de la unidad partidaria, la concordia, la cicatrización o simplemente el abrazo republicano (al cual hizo alusión mi colega Alfredo Boccia en su última columna). Lejos han quedado el “anticartismo emocional”, los “traidores” o las conversaciones entre abogados y fiscales coludidos para hacerles difícil la vida a los correligionarios de la administración anterior. Ahora todo es paz y armonía.
En cuanto a los llamados “movimientos disidentes”, aunque el desempeño electoral no fue catastrófico, como quiso presentarlo José Duarte, se pareció más al maullido de un gato que al rugido de un león. Desde agosto de 2024, cuando Marito hizo su rentrée, se prometía la recuperación de la autenticidad colorada. Al principio, se pensó que sería de la mano de Añetete; pero luego vinieron Fuerza Republicana, Causa Republicana y, así, floreció el árbol de la disidencia. Todos buscaban tentar a los correligionarios, prometiéndoles hacer realidad sus ambiciones políticas en las municipales. Sin embargo, a juzgar por los resultados, no muchos mordieron la manzana. Habrán calculado mejor, y vieron que no les convenía ser expulsados del paraíso cartista y tener que ganarse el pan con el sudor de la frente. De qué les servía estar lejos de los recursos y de una vida sin culpa.
Sin duda que el gran ganador de este proceso preelectoral ha sido el presidente del Partido Colorado, Horacio Cartes. Él lo sabe. Se lo ha visto más emocional, más conciliador, poniendo más énfasis en su afabilidad. Parte de ello tendrá que ver también con haber destrabado todos los peros que tenía con el Gobierno norteamericano, coronado con su presencia en la final del Mundial y una amable conversación con Marco Rubio.
De aquí en más, mucho dependerá de su fortaleza y su capacidad de seguir siendo el gran articulador. Sin su presencia dudamos que sería posible mantener la cohesión. Las internas dieron una clara señal de que la aceptación de su liderazgo tiene una base sólida. Sin embargo, entre aquellos que reman la nave que él capitanea no se puede decir que reina la “unión e igualdad”. Hay codazos y zancadillas entre gobernadores, diputados y senadores. Hay convencionales que se sienten ninguneados, presidentes de seccional que no consiguen el puesto deseado; clanes que no aceptan ser marginados del poder. Por último, por más que él mismo declarara en la Comebol que “hoy no hay más movimientos”, sería un error confundir una tregua con una paz duradera.
Finalmente, no podemos dejar de recordar que, aún estando en su apogeo, no hay que confundir partido y nación. Cuando se lo escuchó al presidente Santiago Peña hablar de coloradizar el país, o cuando se volvió a pronunciar aquel repetido enunciado de que “cuando al partido le va bien, al país le va bien”, un sector importante del país se incomodó, y con razón. El cartismo está en su apogeo, y el partido tiene mucho que celebrar. Bien por ellos. Pero cuando se habla de “coloradizar” el país se está dejando el terreno democrático y plural. Hay que respetar a las mayorías y a las minorías, hay correligionarios y hay ciudadanos, hay opositores y hay independientes. Por ello, de Cartes rescatamos la frase “hay diferencias... no estamos obligados a pensar igual”. Al final, el Estado se mantiene con el impuesto de todos y todas.
“Pero cuando se habla de “coloradizar” el país se está dejando el terreno democrático y plural”.