Mi médico de cabecera, Carmelo González, es sin duda uno de los galenos más prestigiosos en la historia de la medicina paraguaya. Es de la vieja escuela, de los que antes de revisar cualquier análisis clínico se toma el tiempo necesario para escuchar al paciente. Pregunta todo. Usa las manos, palpa, siente el pulso, escucha los pulmones, inspecciona bultos, mide reacciones. Te habla mirándote a la cara, como se le habla a una persona, no a un monitor. En su consultorio uno se siente transportado en el tiempo, a un siglo en el que el doctor era un pozo de conocimientos y experiencias cuya voz era la autoridad en la que depositábamos toda esperanza.
Carmelo comete el anacronismo de usar el teléfono solo para hablar. Es de otro tiempo… y, sin embargo, en una última consulta, cuando le pregunté sobre determinada enfermedad, y luego de darme un resumen rápido de las características principales de la dolencia, tomó el celular y le pidió a su asistente virtual que describiera algunos detalles más. La voz metálica recitó las particularidades citando las fuentes, los últimos estudios que se realizaron en el mundo. “La IA (inteligencia artificial) va a revolucionar la medicina, ya lo está haciendo”, me dijo.
Carmelo es de la vieja escuela, pero no deja pasar un solo adelanto. No se pierde congresos, lee todas las publicaciones médicas y entendió perfectamente que, incluso en su viejo santuario, la irrupción de ese engendro de algoritmos no solo era inevitable, sino también necesaria. No es un dinosaurio resistiéndose al meteorito; es un mamífero que se adapta, que evoluciona.
Unos días antes me había topado en la mañana con mi hija que estudia medicina atribulada ante la cercanía de un examen en la facultad. “No me va a dar el tiempo para estudiar todos los temas”, se quejó. Esa misma tarde me la encontré repasando textos ya mucho más tranquila. Te resignaste, le dije. No, me respondió, le pedí a mi asistente que revise los últimos exámenes y que me haga un ranking de los tópicos más frecuentes en una escala descendente… y estoy estudiando sobre esa base. Me quedé con la boca abierta.
Fueron dos situaciones en las que descubrí por primera vez que esta historia de la inteligencia artificial se estaba convirtiendo silenciosamente en parte de la rutina en la vida de mucha gente. Como antes lo fueron internet o los teléfonos móviles. Hace unas semanas me invitaron a participar del congreso mundial de telefonía móvil que se organiza en Barcelona. En realidad, el evento ya no se limita a la telefonía. De hecho, casi todo lo que se expuso se refería al uso de la inteligencia artificial y al paso de la comunicación del 5G a lo que será el 6G. Fue sencillamente abrumador. Lo que está pasando (no lo que pasará) supera todos los límites de la imaginación.
Hoy la cuestión ya no pasa por el hombre comunicándose con una IA, sino con las IA relacionándose unas con otras, proponiendo y ejecutando soluciones para cualquier problema, desde cuestiones tan básicas como el gerenciamiento de pequeñas empresas hasta la gestión de políticas de salud y educación pública.
El uso de las IA en las compras del estado, en la generación de información sobre –por decir– el consumo de medicamentos en hospitales, la previsión de la demanda y las adquisiciones oportunas pueden revolucionar el modelo y eliminar los espacios para la coima. Es imposible sobornar a un algoritmo.
La clave en este nuevo mundo es saber hacer uso de las IA. Y no me refiero solo a los especialistas en empresas o en el estado, me refiero al ciudadano común, al joven que espera conseguir un empleo formal y rentable. No necesitamos ser todos ingenieros, necesitamos ser ingeniosos. Y para eso tenemos que empezar a lidiar con esta realidad virtual en las escuelas.
Por eso me desespera cuando nos presentan como el logro del siglo en educación que dotemos a cada niño de un plato de comida. Es como contemplar el pavoroso hongo atómico en Hiroshima y celebrar que finalmente le dimos a nuestros soldados arcos y flechas.