Hace seis años, en junio de 2020, escribí una columna titulada El tierno juez de jueces, en la que me imaginaba la humillación que debían de estar sufriendo los magistrados y fiscales de esta republiqueta al enterarse de que serían evaluados por un neófito, que no ejerció la profesión y nunca conoció los vericuetos de un expediente judicial.
Afirmaba entonces que “este cuadro delirante fue convertido en realidad por la Cámara de la Vergüenza”. Es que los diputados colorados y algunos liberales habían sacado inconstitucionalmente a su representante ante el Jurado de Enjuiciamiento de Magistrados JEM, el algo díscolo Ramón Romero Roa, para colocar a un correveidile de Horacio Cartes, el entonces poco conocido Hernán Rivas. El diputado Romero Roa había recurrido a la Corte Suprema, pero falleció antes de que esa morosa institución le diera una respuesta.
Costaba defender con seriedad al iletrado Rivas, aunque todavía se desconocía que ni siquiera tenía título de grado. Quizás por eso el entonces diputado Basilio Núñez optara por un creativo cinismo: “El hecho de ni siquiera estar matriculado como abogado es un aspecto positivo, porque quiere decir que no forma parte de ninguna rosca judicial”.
Lo que ocurrió después fue vertiginosamente pornográfico.
El 8 de junio de 2020 ingresó al Ministerio de Educación el pedido para registrar su título de abogado, expedido por una universidad de dudosa calaña. Pocos minutos más tarde, sin verificación alguna, el diploma fue registrado. Enseguida, Rivas juró como representante de la Cámara Baja ante el JEM. Poco después, la ministra de la Corte, Gladys Bareiro de Módica, le otorgaba la matrícula de abogado. El ministro de Educación de entonces, Eduardo Petta simplemente ignoró el informe de su funcionario José Casañas Levi, que advertía que el procedimiento era irregular.
Pese a su notoria ineptitud, Rivas no solo representó a los diputados, sino que, cuando se convirtió en senador, también pasó a ser el representante de la Cámara Alta. Mientras, una denuncia presentada por el abogado Federico Campos López Moreira por sospechas sobre la autenticidad de su título a mediados de 2020 sería cajoneada por la fiscala Soledad Machuca durante más de tres años.
Si hasta aquí el escarnio ya era monumental, ocurriría algo increíble: el 10 de julio de 2023, una fecha que será recordada como el día de mayor vergüenza del Poder Judicial paraguayo, Hernán Rivas fue nombrado presidente del JEM con el voto unánime de los miembros presentes en la sesión.
Todos ellos sabían que eso llevaría la credibilidad del órgano a los niveles de subsuelo moral al que lo había arrastrado años antes Óscar González Daher, pero nadie se animó a contradecir la consigna superior. Sin embargo, duró poco allí, pues el escándalo ya adquiría dimensiones internacionales. En todo este tiempo, salvo excepciones, las voces de los gremios y referentes de la abogacía nacional mantuvieron un atronador silencio.
Hace un año, la Fiscalía lo acusó por la producción y el uso de documentos públicos de contenido falso.
Sin embargo, el juez Miguel Palacios y luego un Tribunal de Apelación, con los votos de los camaristas Bibiana Benítez y Delio Vera Navarro —quien se jubiló al día siguiente— declararon la prescripción del caso y su sobreseimiento definitivo. Era la impunidad completa propiciada por los tres poderes del Estado. Por eso usé el sustantivo “republiqueta” en el título de esta columna.
Felizmente, la Sala Penal de la Corte anuló esas resoluciones y ordenó que el proceso se eleve a juicio oral, lo que está ocurriendo en estos días. Pero antes, con el voto favorable de 23 senadores, en vez de exigir su renuncia inmediata, sus colegas le concedieron un inconstitucional permiso indefinido.
El juicio oral muestra, día a día, cómo ahora todos le sacan la nalga a la jeringa. Ni las autoridades académicas, ni los que firmaron el título, ni los que los promovieron al JEM sabían nada. Rivas puede, incluso, terminar en la cárcel, pero eso sería lo de menos. ¿Y los otros, los cómplices? No se haga ilusiones. Sin impunidad, no sería una republiqueta.