Karaku
No hay estabilidad aquí/ el secreto es surfear, canta Nat Mendoza, con su voz cálida, emocional, pero al mismo tiempo reflexiva y sin la desesperación de la derrota Tengo para mí que son dos de los versos más certeros que se hayan escrito en la música paraguaya de estos tiempos, psicosocialmente, aun cuando su verdad es por supuesto universal. Ñembo’e tiene la cadencia de una guarania, el toque jazzero del bajo que es la compañera de Mendoza, la guaranítica interpolación rapera de Avakuete, los versos en jehe’a bilingüe.
La canción es representativa de la calidad y la profundidad de la propuesta de Karakú (2026), el espléndido álbum de Mendoza, lleno de sonidos occidentales y orientales, blancos, negros, indígenas y mestizos. La voz de Mendoza es por aquí un agradecido hallazgo. Es cierto que su registro mezzosoprano y esos matices de contralto en los graves tienen la huella típica de las grandes cantantes del folclore latinoamericano, pero a pesar de que en Paraguay ha habido y hay voces femeninas de esta tradición, pocas tan latinoamericana y, hay que decirlo, tan paraguaya como la de Mendoza, en castellano y guaraní. En su faceta más tierna, por otra parte, su voz me recuerda felizmente a aquella hermosa y ya retirada voz de Claudia Abente, histórica cantante de Sembrador.
Desde la agitada y ritual intro de 45 segundos, Altar hasta esa canción cantada en tres idiomas para bailar a la brasileña que es el último track, Olhos de mar, Karaku agita bien el punto neurálgico de la música popular contemporánea donde confluyen los estilos, las épocas, los testimonios, los proyectos, las celebraciones y las críticas.
Su versión de Lidia Mariana, de Quemil Yambay, que se abre con el mismo redoble marcial con que se cierra la que es tal vez la canción más pop del disco, Intensa, tiene en las cuerdas la intensidad de la música que se toca en vivo, un jahe’o profundo en la voz como corresponde. No es la única versión: “Yo vengo a ofrecer mi corazón”, de Fito Páez, emociona por su claro sentido creativo, en la simplicidad fugitiva.
Señora Guarania
La voz de Lizza Bogado es la voz de una señora de la guarania. Este cronista todavía recuerda cuando, hace veinticinco años, escuchó por primera vez su versión grabada en vivo de Nde resa kuarahy’ame –versos de ese genio de la lengua guaraní, Teodoro S. Mongelós; melodía plena de sentimiento del gran violinista Julián Alarcón–, con la rotundidad dramática de una mezzosoprano atenazando la garganta en la emoción de los graves de pecho. En vivo, escuchada en cualquier fila de butacas, Bogado es sinónimo de excelencia vocal, de sutilezas y de remansos.
Luego de una carrera consolidada y varios discos, Bogado regresó el año pasado con una obra ambicioso: Señora Guarania. Un tremendo homenaje al género, del tipo que han hecho en el pasado Lobito Martínez o Ricardo Flecha, con colaboraciones reputadísimas y felices: Ismael Ledesma en Flores de Asunción, la composición del arpista que abre el álbum con un tributo al tótem de la guarania: José Asunción Flores; Agüita mansa y Resiliente, con Esteban Godoy (una presencia agradecida y sugerente en el piano) y Juan Cancio Barreto; Soy la mensajera, con Juan Ramón González, entre otras piezas.
Pero la versión que resume el álbum es Lejanía, de Herminio Giménez. Porque tiene la profundidad inapelable que hace veinticinco años tenía Nde resa kuarahy’ame; porque el piano de Godoy entiende perfectamente lo que es “acompañar” la voz de Bogado, elevarla; porque estamos no solo ante una guarania, ya que los acentos de Bogado, sus fraseos, colindan a veces con el jazz, a veces con el blues, actualísimos en sus matices. Canta en portugués aquí también.
En 1952, esta guarania de Herminio se editó en lengua portuguesa en el Lado B del single de Cascatinha & Inhana, que en el Lado A tenía India, de Flores. 500 mil copias de ese single se vendieron aquel año. Brasil tenía 50 millones de habitantes: El 1% de los brasileños escuchaba Lejanía. Hasta que llegó la música sertaneja en los 90, estos números no fueron superados. La guarania siempre se cantó en tres idiomas y Bogado le hace justicia a esta verdad multitudinaria, otra vez.
Para D. V.