17 jun. 2026

La política internacional entra a la cancha

El fútbol suele presentarse como un lenguaje universal capaz de suspender, al menos por noventa minutos, los conflictos del mundo. Sin embargo, la historia demuestra que la política internacional nunca estuvo demasiado lejos de las Copas del Mundo.

En 1966, meses antes del Mundial de Inglaterra, el gobierno británico evaluó impedir el ingreso de la selección de Corea del Norte por temor a un conflicto diplomático con Corea del Sur. No obstante, la FIFA amenazó con retirar la sede y Londres terminó cediendo. Veinte años después, Argentina e Inglaterra se enfrentaron en México 86 bajo la sombra todavía fresca de la Guerra de Malvinas. Y en Francia 98, el partido entre Estados Unidos e Irán se convirtió en un símbolo de acercamiento entre dos países enfrentados. Luego de aquel encuentro, el defensor estadounidense Jeff Agoos resumió el momento con una frase memorable: “Hicimos más en 90 minutos que los políticos en 20 años”.

Hoy queremos pensar que el escenario es diferente, pero los años pasan y la política sigue ocupando el mismo lugar. El Mundial se disputa en un contexto marcado por guerras en Medio Oriente y en las fronteras de Europa. Rusia, anfitriona del Mundial de 2018, fue excluida de esta edición tras la invasión de Ucrania. Por su parte, aunque la guerra entre Estados Unidos e Irán comenzó oficialmente en febrero, las tensiones entre ambos países llevan décadas. De hecho, de los tres países organizadores del Mundial, solo México mantenía relaciones diplomáticas formales con Teherán, ya que Estados Unidos las rompió en 1980 y Canadá en 2012.

A esto se suman controles migratorios y de seguridad cada vez más estrictos para delegaciones y visitantes. No solo la selección iraní enfrenta restricciones al verse obligada a viajar a territorio estadounidense únicamente para disputar sus partidos, sino que Estados Unidos mantiene limitaciones de ingreso para ciudadanos de 39 países, afectando con estas medidas a Haití, Irán, Costa de Marfil y Senegal, al igual que al árbitro somalí Omar Artan, quien fue deportado sin llegar a dirigir un solo partido. Así, las herramientas migratorias se vuelven instrumentos efectivos de política exterior y la FIFA ha evidenciado una capacidad limitada para imponer criterios propios cuando el país anfitrión tiene otra agenda.

Aun así, la Copa del Mundo continúa proyectando la idea de un fútbol por encima de las disputas políticas, pero la realidad parece acercarse más a aquel comentario atribuido al emir Hamad bin Jalifa Al Thani durante la carrera de Qatar por obtener la sede de 2022: “Es más importante estar en la FIFA que estar en la ONU”. Los mundiales son hoy, más que nunca, plataformas de influencia política y proyección internacional.

Paraguay también entendió esa lógica. Mientras la Albirroja caía ante Estados Unidos, Santiago Peña aprovechó la ocasión para fortalecer la agenda bilateral con Washington. Luego de compartir el palco con Marco Rubio, ambos discutieron cooperación en seguridad, inversiones y energía. Entre los temas más relevantes apareció la posibilidad de futuros acuerdos vinculados a la generación de energía nuclear, una alternativa que Paraguay estudia desde hace años ante la creciente presión sobre su matriz energética.

El Mundial sigue siendo una fiesta global, pero cada vez resulta más evidente que, además de goles y resultados, también funciona como un espacio donde los Estados negocian intereses, proyectan poder y disputan influencia. Aunque finjamos demencia, la política internacional hace tiempo que entró a la cancha.

Investigadora Asociada del Centro Interdisciplinario de Investigación Social (CIIS)
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