Que dos de las tres calificadoras de riesgo más influyentes del planeta nos hayan metido en la selecta lista de los países recomendados para hacer inversiones es sin ninguna duda una de las noticias más importantes para nuestra economía de los últimos tres lustros. Es además un logro compartido por las diferentes administraciones de Gobierno que, pese a los numerosos vaivenes políticos y a la permanente desestabilización de la región, consiguieron mantener una cierta disciplina monetaria y fiscal dándole previsibilidad a la economía paraguaya. Este primer éxito, sin embargo, nos obliga a encontrar soluciones de fondo a otros problemas que si no se resuelven, provocarán que cualquier bonanza presente y futura beneficie apenas a una minoría de la población, la misma que ha gozado hasta ahora de la mayor parte de los réditos de la sacrosanta estabilidad.
Alcanzar el grado de inversión nos pone en el radar de las administradoras de fondos de pensión y de inversiones que recorren el mundo buscando dónde meter parte de las vertiginosas cantidades de dinero que gestionan buscando seguridad y una rentabilidad razonable. Por práctica, cuando aparece un país nuevo en la lista selecta de países recomendados por las calificadoras de riesgo buscan hacer allí una primera inversión. Para un mercado pequeño como el nuestro eso significa muchísimo dinero.
A juzgar por lo que pasó en otros países que alcanzaron el grado de inversión, es de suponer que en los próximos años habrá mucho capital ingresando a nuestro mercado mediante colocaciones en los bancos y la compra de papeles en la bolsa. Las inversiones directas llevan más tiempo. Esto quiere decir que para que el nuevo flujo de capitales se traduzca en crecimiento económico y en una mejora en la calidad de vida de la gente tendrá que haber buenos proyectos para producir que hoy solo necesitan de un capital más barato y de largo plazo para convertirse en realidad.
Pero para que haya muchos buenos proyectos de este tipo hay otros requisitos indispensables. Los desarrolladores de proyectos tienen que poder contar con el capital humano necesario y la infraestructura requerida. Si el proyecto es montar una fábrica que procesa carne de cerdo, por ejemplo, necesitará de técnicos en alimentos, ingenieros industriales, veterinarios, rutas de acceso de todo tiempo a los lugares de cría de los animales, criadores que tengan la formación y la tecnología para hacerlo con eficiencia, puertos y vías de salida al mar, mercados… La lista es larga, pero la prioridad es una: La gente. Paraguayos y paraguayas con el conocimiento, el oficio o la capacidad de adquirir ambos que les garantice productividad. Sin un recurso humano eficiente es imposible generar márgenes de competencia suficiente como para disputar espacios en los mercados mundiales. Y Paraguay no puede crecer apuntando a un mercado interno minúsculo.
Si no hay capacidad de producción, el dinero que ingrese se destinará mayoritariamente a la especulación inmobiliaria o a la triangulación comercial. Eso puede generar crecimiento por un tiempo, pero no es sostenible en el tiempo ni provocará el círculo virtuoso que supone el desarrollo.
El grado de inversión es una gran noticia, pero también es un recordatorio de que es poquísimo lo que estamos haciendo para hacer que el dinero que consigamos se convierta en una oportunidad para todos. Mientras el gran logro de la educación sea garantizar un plato de comida a niños que deberán vivir en un mundo moldeado por la inteligencia artificial o compartamos la celebración de este logro con las imágenes de un paciente en terapia intensiva con las fosas nasales agusanadas es muy difícil subirnos al carro de los obsecuentes que creen que una buena nueva borra de un plumazo las otras realidades. Si no recordamos permanentemente todo lo que aún nos falta por hacer corremos el riesgo de convertir logros históricos en simples anécdotas sin ningún cambio significativo en la calidad de vida de la mayoría de la gente.