Pocos lo saben, pero la Selección de Irán disputará el Mundial 2026 en Estados Unidos sin poder pisar suelo estadounidense para dormir. El equipo pernoctará en la ciudad mexicana de Tijuana y cruzará la frontera cada día para jugar sus partidos en Los Ángeles y Seattle.
El Gobierno de Trump prohibió que la delegación persa se quedara en su territorio. Así que Irán descansará en México, y solo entrará al país anfitrión unas horas antes del inicio de cada partido. La situación es insólita; serán tratados como inmigrantes en tránsito.
Es improbable que Irán clasifique a la siguiente ronda –algo que nunca logró en seis participaciones–, pero si eso sucede, la pesadilla logística se volvería tragicómica. La restricción es para todo el torneo. Supongamos que clasifiquen segundos en su grupo; entonces jugarían en Dallas. Los iraníes seguirían durmiendo en Tijuana y volando al lugar del partido. El vuelo de ida y vuelta desde la frontera mexicana hasta Texas es de 3.460 kilómetros. En este escenario, el equipo ya acumularía un total aproximado de 7.700 kilómetros. Estos viajes exprés, sin pernocte, representarán un desgaste físico inédito. Cuando se eliminen, los iraníes podrán argüir que no fue por falta de fútbol, sino por acumulación de millas.
Pero el sinsentido político es aún mayor: Un equipo puede jugar en tu casa, pero no puede quedarse a dormir en ella. Y es ese cruce entre el fútbol y la política el que me interesa.
Un conflicto bélico se mete a la cancha.
No es la primera vez que ocurre.
En México 1986, Argentina e Inglaterra se enfrentaron apenas cuatro años después de la guerra de Malvinas. Los dos goles de Maradona –uno considerado como el más bello de la historia y otro con la ayuda de la mano de Dios– hicieron que el país entero sintiera que recuperaba el honor perdido en el Atlántico Sur. Aquel día, el fútbol fue campo de batalla simbólico.
Lo de este Mundial también lo será, solo que ocurre en tiempo real: El Mundial se desarrollará mientras Estados Unidos e Irán intercambian misiles.
En teoría, el fútbol es neutral. Lo repite su presidente Infantino como un mantra: La FIFA es apolítica, aunque la historia lo contradiga. En 1934, Mussolini usó el Mundial para propaganda fascista.
En 1978, Videla blanqueó su dictadura mientras los “vuelos de la muerte” surcaban el Plata. En 2022, Qatar lavó su imagen con estadios construidos por trabajadores esclavizados.
Y ahora, la FIFA permite que un país anfitrión discrimine a una Selección por razones geopolíticas. La neutralidad, al parecer, es un lujo que solo pueden permitirse los que no incomodan al negocio.
En diciembre del año pasado, Infantino le entregó a Donald Trump el Premio FIFA de la Paz, un galardón inventado horas antes para que el magnate se consolara tras no ganar el Nobel de verdad. Tres meses después Trump lanzó una guerra abierta contra Irán. El mismo presidente que ahora impide que sus jugadores duerman en la ciudad donde deben jugar sus partidos fue ungido como pacificador por la FIFA, que jura no mezclarse en política. Si esto no es hipocresía en estado puro, que lo revise el VAR.
Cuando la FIFA invoca la neutralidad para justificar su silencio frente a dictaduras, guerras o violaciones de derechos humanos, no está defendiendo al deporte, sino protegiendo un modelo de negocio tan exitoso y caro que se ha convertido en un producto para privilegiados.
Las entradas más baratas arrancan en 120 dólares, pero el algoritmo de precios dinámicos las dispara hasta cifras de cinco dígitos. Las distancias entre las sedes llegan a ser de 4.000 kilómetros y los ciudadanos de 75 países tienen restricciones de visado. El ICE –agencia de inmigración– está al acecho de quienes, con la excusa del Mundial, pretendan quedarse.
El “fútbol para todos” resulta que no es para tantos. Es solo para aficionados que puedan pagarlo.
Dicho esto, y como buena parte de la humanidad de los cinco continentes, me preparo para estar frente a la pantalla de la televisión mirando todos los partidos que pueda. Contradicciones del sistema, se decía antes.