“En noviembre de 2025, poco tiempo después de la postulación oficial de Grossi... Peña expresó su respaldo al candidato”.
Cuando António Guterres deje la Secretaría General de las Naciones Unidas el 31 de diciembre, lo hará al frente de una organización que atraviesa quizás su momento de mayor irrelevancia práctica desde el fin de la Guerra Fría. La elección de su sucesor, que debería resolverse entre setiembre y octubre en el Consejo de Seguridad, es un ejercicio protocolar de diplomacia y, a la vez, un termómetro de hasta qué punto las grandes potencias todavía creen en sostener, aunque sea nominalmente, un sistema multilateral que ellas mismas han ido vaciando de contenido.
Entre los candidatos que llegaron a esta etapa, tres concentran hoy las posibilidades reales. La ex canciller guyanesa Carolyn Rodrigues-Birkett, la costarricense Rebeca Grynspan (secretaria general de la UNCTAD) y el argentino Rafael Grossi, director del Organismo Internacional de Energía Atómica. En dos sondeos informales del Consejo de Seguridad de julio y agosto, los tres se turnaron el liderazgo con márgenes mínimos, mientras Michelle Bachelet, María Fernanda Espinosa, Macky Sall, Olara Otunnu e Ivonne A-Baki quedaron prácticamente descartados por la escasez de apoyos.
Paraguay tiene en este proceso una posición explícita y temprana. En noviembre de 2025, poco tiempo después de la postulación oficial de Grossi por parte de la Cancillería argentina, el presidente Santiago Peña expresó el respaldo del país al candidato. Ese apoyo ubicó a Asunción entre los primeros gobiernos en pronunciarse y muestra una señal de alineamiento con Buenos Aires en un tema de política exterior de alto perfil, más que de un gesto con incidencia directa en el resultado. Como la gran mayoría de los países, Paraguay actualmente no integra el Consejo de Seguridad y su peso en la decisión final es, en la práctica, simbólico. Aun así, la elección de a quién y cuándo respaldar forma parte de cómo un país pequeño construye capital diplomático en Naciones Unidas.
La clave del proceso no es quién lidera, sino cómo se mide ese liderazgo. Es el Consejo de Seguridad, con sus cinco miembros permanentes con derecho a veto, el que en primera instancia y mediante boletas de “apoya”, “desaconseja” o “sin opinión” tiene el mayor peso en la contienda. Posteriormente, la Asamblea General deberá ratificar la recomendación del Consejo.
No obstante, detrás de los nombres hay una pregunta de fondo, ¿para qué tipo de ONU se está eligiendo secretario general? Estados Unidos planteó abiertamente su expectativa de una reforma profunda del organismo, en un contexto de recortes presupuestarios y cuestionamiento a la utilidad de los foros multilaterales. China y Rusia usan el proceso como otro escenario de disputa de influencia. La campaña es compleja y los candidatos evitan incomodar a las potencias con veto antes que proponer una visión transformadora.
En definitiva, los escenarios futuros son tres. Un acuerdo en torno al candidato menos resistido por los miembros permanentes, un bloqueo prolongado producto de vetos cruzados o, en el mejor de los casos, la aparición de una figura capaz de devolver legitimidad y capacidad de iniciativa a la organización. La elección también podría tener un valor histórico. Por primera vez, una mujer figura entre las principales favoritas para convertirse en secretaria general. Además, un candidato latinoamericano devolvería el cargo a la región por primera vez desde Javier Pérez de Cuéllar. Sin embargo, el simbolismo corre el riesgo de quedar opacado si la función termina reducida a administrar una organización cada vez menos capaz de influir sobre los conflictos que moldean el orden internacional.