12 sept 2026

La insólita mención de Paraguay en las últimas horas de la Segunda Guerra Mundial

El 2 de setiembre, se cumplió un nuevo aniversario de la rendición formal del Imperio del Japón a bordo del acorazado USS Missouri, fondeado en la bahía de Tokio: el acto que puso fin a la Segunda Guerra Mundial. La fecha suele recordarse por su desenlace —la firma, las fotografías, el fin de las hostilidades— y rara vez por lo que estuvo a punto de no ocurrir. Porque en las horas previas a que el emperador Hirohito anunciara al pueblo japonés la capitulación, un grupo de oficiales del Ejército Imperial intentaron impedirlo por la fuerza. Entre los argumentos que invocaron para sostener que Japón debía seguir combatiendo, apareció, insólitamente, un país lejano: Paraguay.

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El general Douglas MacArthur observa cuando el canciller japonés Manoru Shigemitsu firma la rendición a bordo del USS Missouri.

Foto: Archivo

El Imperio del Japón llevaba meses viviendo una agonía militar sin atenuantes. Hacia fines de julio de 1945, la Armada Imperial ya no podía emprender operaciones significativas y una invasión aliada del archipiélago se consideraba inminente. La campaña submarina aliada y el minado masivo de las aguas costeras habían destruido, en la práctica, la flota mercante japonesa, cortando el abastecimiento de materias primas —sobre todo petróleo— del que Japón, con escasos recursos propios, dependía por completo.

El 26 de julio de 1945, Estados Unidos, el Reino Unido y China exigieron, mediante la Declaración de Potsdam, la rendición incondicional del Japón, bajo la amenaza explícita de una destrucción pronta y total. El gabinete japonés, dividido entre los partidarios de la paz y los de proseguir la guerra, no logró articular una respuesta unificada⁶. El 6 de agosto, Estados Unidos lanzó sobre Hiroshima la primera bomba atómica empleada en la historia, que mató de forma inmediata a decenas de miles de personas y elevó la cifra estimada de víctimas, como consecuencia de las heridas y la radiación, a entre noventa mil y ciento sesenta y seis mil⁷. Dos días después, el 8 de agosto, la Unión Soviética declaró la guerra a Japón e invadió Manchuria con más de un millón de soldados, acabando con la última esperanza japonesa de una mediación soviética que permitiera negociar una paz menos gravosa. El 9 de agosto, mientras el Consejo Supremo de Guerra japonés discutía aún su respuesta, Estados Unidos lanzó una segunda bomba atómica sobre Nagasaki, que causó más de cuarenta mil muertes inmediatas⁸.

Masataka Ida

Masataka Ida (1912-2004).

Foto: Wikipedia

Fue en ese contexto de colapso naval, aniquilamiento urbano, doble bombardeo atómico e invasión soviética simultánea cuando Hirohito, tras sucesivos consejos imperiales convocados en menos de una semana, decidió aceptar la rendición y grabó, el 14 de agosto, el mensaje que sería difundido al día siguiente. Fue precisamente en las horas finales antes de esa difusión, con el país ya prácticamente destruido y sin margen militar alguno, cuando un grupo de oficiales golpistas —entre ellos Ida— intentó torcer el desenlace por la fuerza, en el episodio conocido como el incidente de Kyūjō (宮城事件, Kyūjō Jiken).

Debo confesar, en descargo propio ante el lector escéptico, que la primera noticia de este episodio me resultó, de entrada, poco menos que inverosímil. Una mención de Paraguay tan alejada en el tiempo —setenta y cinco años— y en el espacio —las antípodas geográficas del planeta— evocaba inevitablemente esa otra frase que la tradición oral paraguaya atribuye a Adolf Hitler, según la cual habría dicho “Denme cien paraguayos y conquistaré el mundo": una cita que circula profusamente en el imaginario popular sin que exista, ni remotamente, una fuente mínimamente creíble que la respalde y que ningún historiador serio ha logrado rastrear hasta un documento, discurso o testimonio verificable.

El oficial que invocó a Paraguay fue el teniente coronel Masataka Ida (井田正孝), de la Sección de Asuntos Militares del Ministerio de Guerra japonés, uno de los organizadores del intento golpista junto al mayor Kenji Hatanaka⁹. Poco antes de la una de la madrugada del 15 de agosto, Hatanaka irrumpió en el cuarto del teniente coronel Masahiko Takeshita, en Surugadai, para anunciarle que el Segundo Regimiento de la Guardia Imperial ya ocupaba el Palacio y que el operativo quedaría consumado a las dos; le insistió en que solo él podía convencer después al ministro de Guerra, Korechika Anami, de sumarse al levantamiento una vez producido. Takeshita, debatiéndose entre la lealtad a sus camaradas, al emperador y a Anami, terminó por vestirse y marchar con Hatanaka. Mientras tanto, en la sede de la Guardia Imperial, Ida tuvo por fin ocasión de exponer ante el general Takeshi Mori, comandante de la 1.ª División, el argumento de fondo del levantamiento: que aceptar una rendición que dejara al trono solo formalmente intacto, pero destruyera su cohesión íntima con el pueblo, equivalía a la aniquilación de Japón, y que hacerlo sin librar batalla era cobardía y traición.

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El mayor Kenji Hatanaka.

Foto: Libreria del Congreso

Ninguna de las fuentes reunidas —la Pacific War Research Society y la tesis de Hirano— transcribe una misma frase textual: las palabras exactas de Ida, tal como las pronunció esa madrugada, no se conservan en un registro único y verificable. Lo que sí queda constatado, de manera convergente e independiente, es la esencia del argumento: la invocación de Paraguay como precedente de una nación dispuesta a combatir hasta su propia aniquilación demográfica, con cifras de pérdida de población que oscilan, según la fuente, entre el ochenta y el ochenta y tres por ciento. Y conviene subrayar, además, que esa mención de Paraguay no fue en absoluto positiva: Ida no invocaba al país sudamericano como un modelo de grandeza o de victoria, sino precisamente como el ejemplo de una nación devastada hasta el borde de la extinción, cuyo destino él proponía como precio aceptable —incluso deseable— para que Japón no incurriera en lo que consideraba la deshonra de rendirse sin combatir en su propio suelo.

El 6 de agosto, Estados Unidos lanzó sobre Hiroshima la primera bomba atómica empleada en la historia, la cual mató de forma inmediata a decenas de miles de personas.

Foto: Archivo

El intento de Ida y Hatanaka de sumar a Mori fracasó: el general se negó a respaldar el levantamiento y fue asesinado por los sublevados esa misma madrugada. Cuando Ida comprendió que el golpe no lograría el apoyo del resto del Ejército, cambió de posición e intentó, sin éxito, convencer a Hatanaka de abandonar la operación. Informó luego al ministro de Guerra, Korechika Anami, de lo ocurrido; Anami, que esa noche decidió quitarse la vida, le indicó a Ida que viviera y ayudara a reconstruir el país en lugar de seguirlo en el suicidio. Ida fue puesto bajo vigilancia para impedir que se quitara la vida y, terminada la guerra, compareció ante un consejo de guerra por su participación inicial en la conspiración; logró probar que había intentado desarticularla cuando comprendió que estaba condenada al fracaso. No fue condenado a prisión y rehízo su carrera en el Japón de posguerra. Fue inhabilitado provisionalmente para ocupar cargos públicos y, posteriormente, se convirtió en jefe del Departamento de Asuntos Generales de Dentsu, la mayor agencia de publicidad de Japón. En 1955 se divorció y cambió su nombre a Iwada. Falleció a los 91 años.

Fuentes: Hirano, Atsuo, “The Japanese Approach to the End of the Pacific War”, tesis de maestría, Portland State University, 1996, pp. 97-98 / Ito Takashi, Hata Ikuhiko y Hando Kazutoshi, “Shūsen to waheikōsaku no nazo ni semaru” [Aproximación al enigma de las gestiones de paz y el fin de la guerra], Gendai, setiembre de 1995 (Tokio: Kōdansha), p. 60. / Pacific War Research Society, Japan’s Longest Day (Tokio: Kōdansha International, 1968), pp. 220-221. La obra, escrita por un colectivo de historiadores japoneses, se basa en el cotejo de los testimonios de setenta y nueve de los protagonistas de las horas previas a la rendición. / Agradecimiento a José Samudio por esta última fuente.

Investigador.
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