Por Blas Brítez
Casi no hay figura de la historia que la literatura no haya cobijado bajo su influjo creativo.
No es difícil pensar en un nombre importante, reconocido, y encontrar que en alguna novela, en algún cuento, aparece ese nombre con importancia central.
La llamada novela histórica, cuyos fundamentos clásicos se encuentran en el siglo XIX y en la teoría literaria al respecto urdida por Georgy Luckács en el XX, ha visitado una otra vez épocas y personajes “reales”, cuyas vidas estuvieron jalonadas por hechos resaltantes en momentos precisos. Pero hasta bien entrado el siglo pasado todavía seguía existiendo un personaje tabú para la literatura: Jesús. Su perfil histórico, obviamente marcado por la fe religiosa, no ha tentado a los narradores --a los poetas sí, desde la Edad Media hasta acá--, sobre todo porque su proyección divina torna delicado el tratamiento de tamaño personaje, que ha dividido el tiempo según su nacimiento, su entrada en la historia.
Hay que esperar a dos grandes escritores católicos para encontrar narraciones alternativas a las de los Evangelios bíblicos. El primero de que tengo noticia es el español Gabriel Miró, quien en su libro Figuras de la Pasión del Señor (1917) reconstruye la vida de Jesús según figuras claves del relato evangélico: Judas, Caifás, Herodes, Pilato, etc.
Miró era un fino prosista, con un hálito poético embriagador, y es lo que se ve en su libro, priorizando descripciones preciosistas del ambiente de la época, pero sin obviar, por supuesto, esa admiración que sentía por los hechos fundamentales y el discurso profético del personaje central de su fe. Por otro lado, el italiano Giovanni Papini escribió, en 1921, Historia de Cristo, el primer libro, probablemente, con una visión consciente e intencionalmente diferente a la de la imagen oficial promovida por la Iglesia.
Sobre todo por la elección de los acentos en los detalles que no son tan detalles para Papini. El libro tiene este arranque brutal: “Jesús nació en un establo. Un establo, un verdadero establo, no es el alegre pórtico ligero que los pintores cristianos han edificado al Hijo de David, como avergonzados de que su Dios hubiese nacido en la miseria y la suciedad”.
Allí está el acento principal del Jesús de Papini: un hombre pobre entre los pobres, que da ejemplo de que donde hay que predicar es entre los pobres para que se enriquezcan de espíritu. Aunque parezca raro, por los años de Papini la “opción por los pobres” no existía dentro del vocabulario eclesial. Y habría que esperar a la vilipendiada Teología de la Liberación para predicar que los pobres se rediman no solo espiritualmente, sino materialmente, de sus opresores.
“Si Cristo descendiese hoy a la tierra, a un mundo como este, ¿qué crees que llevaría sobre los hombros?, ¿una cruz? No, una lata de petróleo”. Eso escribió el novelista griego Nikos Kazantzakis, autor de Cristo de nuevo crucificado, una novela publicada en 1954, que narra cómo en Licovrisí, una población de griegos bajo dominio turco, sus habitantes escenifican la Pasión de Cristo y, al mismo tiempo, sus propias miserias y contradicciones sociales. Hay una invasión turca y hay un poblador que se ofrece como Cristo de nuevo crucificado para guiar a los pobladores hacia la salvación. Novela profundamente alegórica, fue indexada por la Iglesia y su autor excomulgado. Hasta no se le ha permitido a Kazantzakis que, luego de su muerte, sea enterrado en un cementerio. La obra cobró renovada fama cuando Scorsese filmó La última tentación de Cristo, una potente película, basada demasiado libremente en la novela del escritor griego.
<h2>Auge de la novela</h2>
Pero es recién en la década del 90 en que se publican algunas novelas que tienen al Mesías de los cristianos como figura central en experimentos narrativos que son decididamente más literatura que historia.
De hecho, estas obras se basan menos en los evangelios canónicos que en los muchos apócrifos y en fuentes históricas privilegiadas, en donde el lugar preponderante lo ocupa el libro La guerra de los judíos, de Flavio Josefo, historiador que vivió en el siglo I D.C., que ofrece datos importantes sobre la época y el contexto en el que vivió Jesús.
Unas circunstancias históricas cuyas resonancias apenas llegaron a los cuatro evangelios que se adoptaron como oficiales: la larga tradición de mesianismo no solo espiritual, sino social, de parte de los judíos, con Jesús inscripto dentro de esa tradición, en medio de guerrillas militar-mesiánicas, como lo demuestra el antropólogo norteamericano Marvin Harris en Vacas, cerdos, guerras y brujas. Los enigmas de la cultura.
Es esa base la que utilizó José Saramago en su novela El Evangelio según Jesucristo, publicada en 1991, que estuvo rodeada de una fuerte polémica al ser denostada por la Iglesia en Portugal. Básicamente, porque hay toda una serie de hechos inventados por el escritor, que muestra a un Jesús no solamente más humano, sino profundamente humano, contradictorio, habitado desde niño por demonios. Así también, el amor carnal --en una de las escenas de sexo más tiernamente feroces de la literatura contemporánea-- entre el protagonista y María Magdalena les pareció “abominable” a las instituciones eclesiásticas.
Es evidente el afán crítico del libro de Saramago. Una escena pinta entero dicho afán. Está Jesús en una barca, en un extremo Dios y en el otro el Diablo, ambos seres profundamente cínicos en la novela del portugués. Aquel le anuncia a Jesús que morirá en la cruz, y él quiere saber qué sucederá después, a lo que Dios responde con toda la larga historia de muerte que se cometerá en el futuro en nombre de Jesús. “Los fines justifican los medios, hijo mío”, le dice Dios a Jesús.
Seis años después de aparecida la novela de Saramago, se publicó El Evangelio según el Hijo, de Norman Mailer. El abordaje del novelista norteamericano es parecido al del portugués, pero sin la ironía sagaz y filosa que muestra El Evangelio según Jesucristo. Aquí Mailer se atiene casi “religiosamente” a las fuentes bíblicas, pero construye un Jesús sin la fortaleza rotunda de los evangelistas, sino que demuestra debilidades, temores, olvidos y errores. Es una obra breve que se deja leer con un ritmo sostenido, gracias a esa prosa explosiva de Mailer.
En 1999, el narrador argentino Abelardo Castillo se metió indirectamente a trabajar sobre la figura de Jesús. Publicó El Evangelio según Van Hutten, una excelente novela en la que el lugar central lo ocupa uno de los evangelios perdidos, que es encontrado por un arqueólogo sudamericano en el Mar Muerto. El mismo contiene verdades en torno a Jesús que la ortodoxia católica ha escondido: el cristianismo primitivo era de raigambre esenia, es decir, de una secta que defendía el casamiento del clero y abominaba de la propiedad privada.
Escrita a la manera de los thrillers cultos tipo El nombre de la rosa, la novela de Castillo es un punto de entrada interesante para conocer más sobre el tiempo de Jesús, por un lado, y sobre todo acerca de las primeras comunidades cristianas, consideradas muchas heréticas por la Iglesia, por otro.
En 2002, otro escritor sudamericano, el uruguayo Tomás de Mattos, escribió la larguísima novela La puerta de la misericordia. Es una novela ideal para creyentes contemporáneos, pues además de la fidelidad bíblica muestra más bien la cotidianidad de los seguidores de Jesús en su prédica a lo largo y ancho de Galilea. O como dice el mismo Mattos, es una novela sobre “el delirante misticismo de un pequeño grupo de hombres y mujeres que viven desembarazados de las pautas legales predominantes, ceñidos al yugo de un amor incondicional a todo prójimo”.
Es evidente que, todavía más en las últimas dos décadas, la representación de Jesús --otro Jesús, casi siempre más heterodoxo y moderno, humano, que bebe la copa hasta las heces-- es una de las “últimas tentaciones de la literatura”. Viene bien acceder al personaje más célebre de la historia universal mediante obras hermosamente escritas y narradas de manera atractiva y magistral. Porque el Jesús de la literatura, sin los oropeles teológicos de la religión, tiene un aire de una persona que conocemos, que vive a la vuelta de la esquina y sufre tanto o más que cualquier persona de carne y hueso.
<h2>Una semana cada vez menos Santa</h2>
Por Pedro García Garozzo
pggsport@uhora.com.py
La Semana Santa es o debería ser una época de recogimiento, de ensimismamiento, de reflexión profunda para recordar y valorar el sublime sacrificio de nuestro Salvador Jesucristo, quien ha vertido su preciosa y divina sangre para redimir al género humano.
Ese perfil principalísimo de la evocación cristiana no debe quedar oculto por el envolvente materialismo que consume las raíces de la espiritualidad del hombre. Pero cada vez se hace más difícil rescatar la significación que encierra.
Nuestra Asunción y el Paraguay en general no están ajenos al consumismo y al eclipse de valores genuinos y auténticos que han caracterizado a diversas festividades o celebraciones religiosas.
Hoy, por ejemplo, en nada extraña que haya infinidad de anuncios de tipo comercial, ofreciendo toda clase de ventajas a compradores por Semana Santa.
Se ofrecen, asimismo, paquetes de viaje y hasta más altaneramente y de contramano con la esencia pura de estas fechas y a la razón de ser de ellas, se deja a un lado el calificativo de Santa y se lo cambia por Semana de Turismo.
¡Qué gran diferencia con relación a los tiempos de nuestra ya lejana infancia, cuando nuestras madres no nos permitían jugar, cantar o tan siquiera hablar fuerte, porque era Semana Santa!
Las abuelas ni atinaban a prender fuego o mucho menos a cocinar en esos días, y ya con antelación preparaban abundante chipa u otros alimentos, por supuesto sin el ingrediente predilecto del consumidor paraguayo que es la carne, porque había que guardar la tradición cristiana de no ingerirla en tales fechas.
Las radioemisoras cesaban sus transmisiones, y aquellas que decidían mantenerlas, se sometían a una programación totalmente religiosa, con músi- ca sacra y sin que haya tema al- guno diferente que interfiera.
Era costumbre también visitar --a pie, por supuesto-- siete iglesias, participando de diversas manifestaciones alusivas y las infaltables procesiones.
Las imágenes de los santos estaban rigurosamente tapadas, y recuerdo que en La Encarnación había una gran tela, pendiente desde el techo, que exactamente a medianoche del Sábado de Gloria caía con estrépito, anunciando la llegada de la Pascua, en la misa de medianoche.
El deporte --incluso el más popular: el fútbol--, por supuesto, se paralizaba totalmente en el país, si bien ya en otras cercanas latitudes en nuestro propio continente se jugaba, tanto es así que coincidió la primera conquista del título sudamericano en Lima, Perú, por parte de nuestra Selección albirroja, en plena Semana Santa de 1953.
La inmensa mayoría de estas imágenes han quedado solamente en la mente de quienes peinamos canas, pues la Semana Santa de nuestros días dista mucho de las de mediados del siglo pasado. Y cada vez se siente con más fuerza el envolvente materialismo que ahoga a la propia esencia de esta conmemoración