12 jul 2026

La estrategia de China en el nuevo orden financiero global

¿Está China construyendo un orden financiero propio para reemplazar al que Estados Unidos edificó tras la Segunda Guerra Mundial? Busco responder a esta pregunta en un capítulo del libro China, América Latina y el Caribe en el nuevo reordenamiento global, de Flacso y el BNDES de Brasil, disponible en la web del CADEP.

La respuesta corta es no; la larga, es más incómoda para América Latina: China no busca sustituir el sistema financiero internacional, sino fragmentarlo selectivamente. Construye instituciones paralelas, sistemas de pago y redes de crédito que conviven con el orden existente sin destruirlo. Ni quiere un mundo plenamente chino ni acepta pasivamente el de Washington: Busca ensanchar su margen de maniobra, reducir su vulnerabilidad ante las sanciones y dar opciones a terceros. A eso llamamos fragmentación revisionista.

Nace de una tensión: Pekín quiere depender menos del dólar, pero se resiste a abrir del todo su sistema financiero. De ahí la internacionalización parcial del renminbi: mantiene controles de capital severos mientras promueve el uso externo de su moneda por otras vías –pagos transfronterizos propios, moneda digital, bancos de compensación en el extranjero y canjes de divisas–, no para sustituir al dólar, sino para ocupar espacio y tener alternativas cuando las necesite.

El salto llegó con dos bancos multilaterales: El Banco Asiático de Inversión en Infraestructura –con muchos socios europeos y latinoamericanos, similar al modelo occidental, pero más ágil y sin condicionalidades políticas– y el Nuevo Banco de Desarrollo de los BRICS, de gobernanza más equitativa y que presta en monedas locales. Detrás operan los verdaderos gigantes: los bancos estatales chinos, que en la última década prestaron a la región y a África más que el Banco Mundial.

Para comprender este proceso conviene distinguir dos poderes.

En el relacional –la influencia directa sobre otro país– la huella china es notable: sus créditos llenan vacíos que Occidente no quiso cubrir. Argentina activó su swap para evitar defaults e incluso pagó vencimientos al FMI con renminbi; pero esos canjes dan oxígeno de corto plazo, no resuelven lo estructural. En el poder estructural –el que fija las reglas– Estados Unidos sigue sosteniendo su primacía, aunque desafiado: El dólar ronda el 57% de las reservas mundiales, mientras que el renminbi ya es la segunda moneda utilizada en el financiamiento del comercio internacional (8%), superando al euro.

La paradoja es que cuanto más Washington usa las sanciones como arma, más empuja otros países a buscar alternativas. El contraste entre la inflación estadounidense y la casi deflación china atrae creciente interés europeo y latinoamericano por emisiones de deuda en yuanes con plazos y tasas comparativamente más atractivos en Hong Kong.

Así, China no derroca, reequilibra. Actúa dentro y fuera del orden a la vez eleva su peso en el FMI y el Banco Mundial mientras edifica sistemas paralelos.

Esa es la fragmentación revisionista. Para América Latina se abre otra paradoja: diversificar para depender menos del dólar sin caer en una nueva dependencia de Pekín. Cambiar de hegemón no es autonomía. Salir bien exige actuar en conjunto –vía CELAC y Mercosur–, tratar al renminbi como complemento y no como reemplazo, exigir transparencia en préstamos y contratos y preparar a los bancos centrales para sus riesgos. Casi todas nuestras economías son pequeñas o medianas y abiertas: tenemos más poder juntos que compitiendo por el financiamiento chino, estadounidense o europeo.

El orden financiero internacional no está siendo reemplazado, sino rearticulado. China no lo sustituyó, pero lo volvió más fragmentado, competitivo y menos monopolizado.

Moverse con astucia y estrategia común en ese terreno movedizo es el desafío y la oportunidad presente de la región.

*Investigador del Centro de Análisis y Difusión de la Economía Paraguaya (CADEP) e Investigador Visitante del Instituto de Estudios Comparados en Integración Regional de la Universidad de las Naciones Unidas (UNU-CRIS)
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