¿Está China construyendo un orden financiero propio para reemplazar al que Estados Unidos edificó tras la Segunda Guerra Mundial? Busco responder a esta pregunta en un capítulo del libro China, América Latina y el Caribe en el nuevo reordenamiento global, de Flacso y el BNDES de Brasil, disponible en la web del CADEP.
La respuesta corta es no; la larga, es más incómoda para América Latina: China no busca sustituir el sistema financiero internacional, sino fragmentarlo selectivamente. Construye instituciones paralelas, sistemas de pago y redes de crédito que conviven con el orden existente sin destruirlo. Ni quiere un mundo plenamente chino ni acepta pasivamente el de Washington: Busca ensanchar su margen de maniobra, reducir su vulnerabilidad ante las sanciones y dar opciones a terceros. A eso llamamos fragmentación revisionista.
Nace de una tensión: Pekín quiere depender menos del dólar, pero se resiste a abrir del todo su sistema financiero. De ahí la internacionalización parcial del renminbi: mantiene controles de capital severos mientras promueve el uso externo de su moneda por otras vías –pagos transfronterizos propios, moneda digital, bancos de compensación en el extranjero y canjes de divisas–, no para sustituir al dólar, sino para ocupar espacio y tener alternativas cuando las necesite.
El salto llegó con dos bancos multilaterales: El Banco Asiático de Inversión en Infraestructura –con muchos socios europeos y latinoamericanos, similar al modelo occidental, pero más ágil y sin condicionalidades políticas– y el Nuevo Banco de Desarrollo de los BRICS, de gobernanza más equitativa y que presta en monedas locales. Detrás operan los verdaderos gigantes: los bancos estatales chinos, que en la última década prestaron a la región y a África más que el Banco Mundial.
Para comprender este proceso conviene distinguir dos poderes.
En el relacional –la influencia directa sobre otro país– la huella china es notable: sus créditos llenan vacíos que Occidente no quiso cubrir. Argentina activó su swap para evitar defaults e incluso pagó vencimientos al FMI con renminbi; pero esos canjes dan oxígeno de corto plazo, no resuelven lo estructural. En el poder estructural –el que fija las reglas– Estados Unidos sigue sosteniendo su primacía, aunque desafiado: El dólar ronda el 57% de las reservas mundiales, mientras que el renminbi ya es la segunda moneda utilizada en el financiamiento del comercio internacional (8%), superando al euro.
La paradoja es que cuanto más Washington usa las sanciones como arma, más empuja otros países a buscar alternativas. El contraste entre la inflación estadounidense y la casi deflación china atrae creciente interés europeo y latinoamericano por emisiones de deuda en yuanes con plazos y tasas comparativamente más atractivos en Hong Kong.
Así, China no derroca, reequilibra. Actúa dentro y fuera del orden a la vez eleva su peso en el FMI y el Banco Mundial mientras edifica sistemas paralelos.
Esa es la fragmentación revisionista. Para América Latina se abre otra paradoja: diversificar para depender menos del dólar sin caer en una nueva dependencia de Pekín. Cambiar de hegemón no es autonomía. Salir bien exige actuar en conjunto –vía CELAC y Mercosur–, tratar al renminbi como complemento y no como reemplazo, exigir transparencia en préstamos y contratos y preparar a los bancos centrales para sus riesgos. Casi todas nuestras economías son pequeñas o medianas y abiertas: tenemos más poder juntos que compitiendo por el financiamiento chino, estadounidense o europeo.
El orden financiero internacional no está siendo reemplazado, sino rearticulado. China no lo sustituyó, pero lo volvió más fragmentado, competitivo y menos monopolizado.
Moverse con astucia y estrategia común en ese terreno movedizo es el desafío y la oportunidad presente de la región.