Hay un sketch desopilante de Les Luthiers, titulado “La Comisión”, en el que dos políticos de un “Frente Liberal Estatista Lista Azul” son nombrados miembros de la “Comisión de Mantenimiento y Actualización de la Canción Patria”. Su primera gestión fue contratar a un compositor “en lo posible afiliado al partido” para que realizara modificaciones a la letra del himno nacional”.
El elegido fue el maestro Mangiacaprini, quien debía lidiar con propuestas claramente partidistas y adecuarse a la consigna de que la calidad musical era secundaria y que lo que importaba era la lealtad partidaria.
Aquella inolvidable obra, que retrata casi proféticamente los delirios de grandeza partidaria, estaba pensada en clave de humor, pero los diputados cartistas sueñan con un revival totalmente en serio.
Es la segunda vez que presentan un proyecto de ley que pretende modificar los símbolos patrios. El año pasado, la Cámara de Senadores rechazó por unanimidad el proyecto que buscaba restituir el diseño del escudo nacional utilizado durante el régimen de Stroessner.
El argumento, basado en supuestos criterios heráldicos, sostenía que los escudos están equivocados, pues deben tener una orla colorada y, además, la estrella debía cambiar de posición y el león sentarse de otro modo.
El ribete rojo en las leyendas de “República del Paraguay” y “Paz y Justicia” —que terminaron mimetizando los símbolos nacionales con los colores del partido gobernante— fue insertado en la década del setenta a propuesta de militares en situación de retiro agrupados en el Departamento Técnico del Salón de Bronce. Ellos trabajaban en la actualización de los manuales de las Fuerzas Armadas y en propuestas técnicas que justificaban cambios en los uniformes, estandartes y emblemas de las instituciones militares.
Los rumores de la época aseveraban que, ya que estaban, se animaron a proponer el color rojo en el escudo como regalo para la reelección de Stroessner en 1978. Moldear los símbolos del Estado para agradar a un dictador militar era una conducta que encajaba perfectamente en el comportamiento de los colaboradores de los regímenes fascistas.
Por eso, a comienzos de este siglo, esta modificación ilógica se corrigió, pues chocaba con principios históricos fundamentales.
Los historiadores serios señalaron que esos cambios alteran radicalmente la descripción de los símbolos descritos en la Resolución del Congreso General Extraordinario del 25 de noviembre de 1842. Eran emblemas que habían nacido con la República misma y establecidos por Carlos Antonio López. Son los símbolos que estaban en las banderas de la Guerra de la Triple Alianza y de la Guerra del Chaco.
Esta posición fue defendida por representantes de la Academia Paraguaya de la Historia, del Comité Paraguayo de Ciencias Históricas, del Centro de Historia Social y de la Sociedad Científica. Pero, para algunos, no hay argumento que valga; el fanatismo partidario los supera.
Para ellos, el escudo nacional —ese que está en los documentos, en las banderas, en los cuarteles, las escuelas y en los corazones de los paraguayos— está incompleto. Le falta el borde rojo, el sello de la propiedad intelectual del partido sobre la nación. Si los dejamos, no solo le pondrán la orla colorada al escudo, sino también al mapa y a la Constitución.
Lo que enferma es lo vana que es la discusión. Así pierden su tiempo los parlamentarios. Los problemas del país —la educación, la salud, la pobreza, la corrupción— pasan a segundo plano cuando se trata de discutir si el borde del escudo lleva rojo o no.
Si esta ocurrencia prospera, ¿por qué no ir más lejos? Por ejemplo, ponerle un pañuelo escarlata al león, o que la palma y el olivo se amarren con una cinta del mismo tono. O modificar la letra del himno con un brioso coro que diga: “Colorados, República o muerte”
La genialidad de Les Luthiers fue mostrar el absurdo de querer modificar un himno por motivos mezquinos. Y nosotros, los paraguayos, tenemos el privilegio de vivir ese mismo absurdo en tiempo real, pero con el escudo.