Qué ocurre cuando el enamoramiento deja de ser solo el descubrimiento cotidiano del otro y comienza a enfrentarnos con sus diferencias, necesidades, carencias y límites?
Pensé en esta pregunta después de ver Orquídeas para un hombre solo, puesta teatral escrita y dirigida por Agustín Núñez. No solo por la historia que se desarrolló sobre el escenario, sino porque me llevó hacia un territorio que, desde la psicología y también desde la experiencia humana, resulta más complejo: la distancia entre enamorarse y aprender a amar.
Manuel y Homero se encuentran en momentos diferentes de sus vidas. Uno parece estar buscando respuestas, descubriéndose y tratando de encontrar un lugar propio; el otro llega al vínculo con mayor experiencia y también con la conciencia de que el tiempo, las diferencias y las historias personales pesan.
Recordé una reflexión de la psicoterapeuta Nilda Chiaraviglio que me acompaña y me hizo colocar la mirada sobre Manuel. Ella distingue el enamoramiento de la capacidad de amar y plantea que el primero contiene una importante carga de fantasía, expectativas construidas sobre el otro, algo que percibí en él.
Y aunque no lo considero una fórmula a generalizar en todos los casos, sí la siento como una pregunta interesante: ¿Cuánto de lo que creemos encontrar en otra persona le pertenece y cuánto buscamos encontrar en ella algo porque lo necesitamos? Manuel me produjo esa sensación.
Su encuentro con Homero ocurre mientras parece atravesar una búsqueda personal. Encuentra en este hombre mayor conocimiento, atención, experiencia y una forma diferente de mirar el mundo. Tal vez, además, encuentra una versión de sí mismo que quiere construir.
Eso ocurre a veces en el enamoramiento. No es solo descubrir a otra persona, sino descubrir quiénes creemos que podemos ser junto a ella.
Sin embargo, llega un momento en el que la idealización inevitablemente choca con la realidad. Aparecen las diferencias, los hábitos, las necesidades individuales, lo que cada quien puede ofrecer y aquello que el otro espera recibir.
Es entonces cuando se inicia otra etapa menos cinematográfica del amor: la convivencia.
Núñez supo introducir, además, una cuestión que me parece especialmente valiosa: la mirada hacia el adulto mayor.
En una sociedad que muchas veces relaciona solo a la juventud con el deseo, la posibilidad y el futuro, también existe el riesgo de convertir a las personas mayores en seres aparentemente apartados de determinadas experiencias emocionales. Sin embargo, las necesidades afectivas no desaparecen porque pasen los años. Sigue la necesidad de vínculos, reconocimiento, intimidad, proyectos y la posibilidad de sentirse significativo para alguien. Homero representa esa dimensión.
Y la experiencia puede traer consigo otra conciencia: darse cuenta de que querer a alguien no elimina las diferencias entre dos proyectos de vida.
Es ahí donde la orquídea me parece un símbolo poderoso en la obra. Es bella y delicada. Necesita atención y cuidados específicos. Puede deteriorarse por falta de agua, pero también por exceso. No alcanza con querer conservarla; hay que comprender qué necesita.
Algo similar sucede con los vínculos. Podemos dañarlos por indiferencia, pero también cuando confundimos atención con control, amor con necesidad o compañía con la obligación de que otra persona complete nuestras carencias.
La puesta nos espeja una realidad: una pareja no debería convertirse en el lugar donde depositamos la responsabilidad de reparar heridas, responder preguntas o resolver nuestra identidad. Crecer afectivamente tiene mucho que ver con comprenderlo.
Al salir de la sala queda una agradable sensación y una pregunta: amar supone reconocer que la persona enfrente es otra, con necesidades, tiempos, límites, proyectos y contradicciones que no siempre coinciden con los nuestros. Que existen relaciones que pueden ser verdaderas aunque no permanentes. Que hay personas que pasan por nuestra vida, y, aunque después toman otro camino, también está bien. Amar es comprender esa realidad.