El artículo del Dr. Filártiga Lacroix construye su argumento en cinco puntos que, tomados en conjunto, intentan rehabilitar la conducta bélica de Francisco Solano López, encuadrándola como reacción legítima y previamente advertida ante provocaciones del Imperio del Brasil y de la República Argentina. La empresa no carece de ingenio retórico, pero choca con el corpus documental, tanto del Archivo Nacional como de los cinco actores paraguayos directos que estuvieron presentes de principio a fin en la guerra y que, desde su cercanía a López, matizan, corrigen o directamente contradicen varios de esos supuestos.
Punto 1. La mediación ofrecida y el pretendido silencio del Imperio
Filártiga Lacroix afirma que López ofreció mediación, que el Brasil “no respondió”, que ese silencio fue una desconsideración grave y que de allí nació un agravio suficiente para justificar la guerra. Atribuye la falta de respuesta a una premeditación calculada para provocar el incidente.
Aquí dos actores directos, Juan Crisóstomo Centurión (1840-1902) y Silvestre Aveiro (1837-1919), prueban que la mediación sí fue respondida, y que la respuesta fue un rechazo explícito y articulado, no un silencio. Centurión reproduce íntegramente la nota paraguaya del 30 de agosto de 1864 y documenta que el Paraguay envió como portador al teniente Miguel Corválan directamente al emperador del Brasil. Pero consigna también la respuesta del ministro Vianna de Lima, de fecha 1 de setiembre, en la que el Imperio, después de exponer los fundamentos de sus represalias en la Banda Oriental, declaraba que ninguna consideración lo haría cesar en la protección de sus connacionales. Centurión añade, además, un detalle que el artículo ignora: el propio canciller Saraiva había calificado la mediación como “sin objeto por el curso amigable de las mencionadas cuestiones”. Esto invalida el argumento del silencio como táctica imperial premeditada, que el artículo construye sin apoyo documental.
Aveiro confirma la misma secuencia desde otra perspectiva. López “ofreció su mediación. Cuando se la rechazaron” —no cuando fue ignorada— “y la pertinacia imperial emitió con bronca voz un ultimátum, la Cancillería paraguaya formuló una severa advertencia”. La distinción entre rechazo y silencio no es trivial: el silencio admite la construcción retórica del agravio; el rechazo explícito solo admite la del desacuerdo, que es una cosa bien distinta.
Punto 2. El interés estratégico del Paraguay en la cuestión uruguaya
El artículo sostiene que la intervención paraguaya no fue altruismo, sino defensa de un interés legítimo de Estado –la seguridad de la navegación fluvial y el equilibrio regional– y que esa motivación era de la más alta significación estratégica. Este es el punto más sólidamente respaldado por las fuentes. Centurión consigna textualmente la nota del 30 de agosto que invoca el mantenimiento del “equilibrio de los Estados del Plata” como garantía de la “seguridad, paz y prosperidad” del Paraguay, y cita con aprobación al estadista chileno Lastarria para corroborar que tal equilibrio era reconocido en la región.
Sin embargo, el artículo comete aquí un error que las fuentes hacen visible: presenta el interés estratégico como si bastara por sí solo para justificar las operaciones militares. La invasión del Uruguay por el Brasil era una amenaza al equilibrio regional, pero no una agresión directa al Paraguay: ningún centímetro de territorio paraguayo fue afectado antes de que Paraguay iniciara las hostilidades. Las fuentes mismas muestran esta tensión: Centurión reconoce que López “creyó deber protestar”, no que tuviera obligación de atacar. La nota del 30 de agosto es una advertencia, no una declaración de guerra; el paso de advertencia a acción militar fue una elección política de López, no una necesidad derivada de los hechos.
Punto 3. El Marqués de Olinda y la campaña del Mato Grosso como ejecución de una advertencia previa
El artículo sostiene que estos actos no fueron una agresión súbita, sino la ejecución de una advertencia previamente anunciada.
Entre la advertencia de agosto y la toma del Marqués de Olinda en noviembre transcurrieron tres meses. En ese periodo, el Brasil procedió a la intervención en el Uruguay, que era precisamente el supuesto previsto. Pero también en ese periodo López no intentó ninguna vía adicional de entendimiento, y ni siquiera convocó a la representación nacional para que avalara la decisión de entrar en guerra. José Falcón –que estuvo en todo ese proceso– registra que López recién buscó la cobertura del Congreso en marzo de 1865, “para someter recién a la Representación Nacional todo lo que arbitrariamente había hecho, con la seguridad de que, de cualquier modo, arrancaría de la asamblea general su aprobación”. Eso es políticamente relevante: la decisión de ir a la guerra no fue sometida a ningún debate previo; fue un hecho consumado que luego se impuso al Parlamento para su ratificación formal.
Punto 4. La declaración de guerra a la Argentina y el emisario apresado
El artículo afirma que el emisario paraguayo portador de la declaración de guerra fue detenido en Santa Fe, impidiendo la notificación formal y permitiendo que las operaciones sobre Corrientes fueran presentadas externamente como agresión sin declaración previa.
Falcón, que fue vicepresidente del Congreso que declaró esa guerra, la describe como un acto manipulado, no como el ejercicio soberano de una representación nacional. El Congreso era, en sus palabras, “como un conjunto de máquinas aglomeradas en un arsenal”, y quien hablara contra la decisión “ni tendría apoyo, ni escaparía de ser víctima”. La declaración de guerra a la Argentina fue formalmente válida en el sentido de que la emitió un congreso, pero ese congreso era una ficción representativa. El artículo construye su argumento sobre un acto que el principal testigo civil califica de fraudulento en su procedimiento.
Punto 5. La “disciplina cerrada” del Ejército paraguayo y la falacia de la compensación
El artículo afirma que la disparidad material estaba compensada porque los aliados empleaban esclavos sin preparación militar, mientras el Ejército paraguayo tenía “disciplina cerrada” y “decisión suicida” de defender su tierra.
En este punto, las fuentes refutan directamente el argumento fáctico. Centurión documenta que después de las pérdidas de 1866, fue el Ejército paraguayo el que incorporó seis mil esclavos provenientes de estancias del Estado y de la familia López para reemplazar las bajas. Los esclavos no fueron una peculiaridad del ejército aliado: fueron también un recurso desesperado del Ejército paraguayo cuando los efectivos libres comenzaron a agotarse. La afirmación de que el uso de esclavos era una condición exclusiva del bando aliado queda, sencillamente, desmentida por el texto de Centurión.
En cuanto a la “disciplina cerrada”, Falcón, Aveiro y el propio Centurión describen esa cohesión con términos que el artículo no recoge: era en parte obediencia voluntaria y patriótica, pero también en parte obediencia coercitiva bajo pena de muerte. Falcón describe a la soldadesca que lo acompañó en la retirada hacia Cerro Corá como “momias ambulantes que con un tropezón caían para no levantarse más hasta la eternidad”. Aveiro, que admira la resistencia paraguaya más que ningún otro autor del corpus, reconoce que lo que mantuvo a López a la cabeza de su ejército hasta el final no fue la lealtad libre, sino la imposibilidad de desertar sin ser lanceado por los espías de retaguardia. Presentar eso como una virtud militar que compensaba la desproporción cuantitativa es una operación retórica que ninguno de los cinco participantes directos habría reconocido.
Para completar los números, recurrimos a la investigación del historiador paraguayo Diego Abente Brun (1950-). En torno a 1865, el valor comercial total del Paraguay –exportaciones e importaciones– sumaba 560.392 libras esterlinas, apenas el 1,53% del total regional. Brasil solo representaba el 64,43%, con 23.739.898 libras; Argentina sumaba el 24,33%, con 8.951.621. En materia de ingresos fiscales, la diferencia era aún más pronunciada: el Paraguay recaudaba 314.260 libras –el 4,33% del total regional– contra los 4.392.266 del Brasil y los 1.710.324 de Argentina. En cuanto a población y efectivos: Paraguay contaba con unos 400.000 habitantes frente a 11.000.000 de los aliados, y si bien el Ejército paraguayo movilizó 77.000 hombres –superando en número inicial a los 27.500 aliados disponibles en el primer momento– esa ventaja táctica inicial era estructuralmente insostenible frente a una base de reclutamiento veintisiete veces mayor. Los datos de Abente Brun muestran que la desproporción era aplastante en todas las dimensiones mensurables, y que ninguna virtud táctica podía alterarla en el mediano plazo. El propio resultado de la guerra –la destrucción de entre el sesenta y el setenta por ciento de la población paraguaya según las estimaciones más conservadoras– confirma que los números eran pertinentes como advertencia estratégica, no como argumento en contra de la soberanía paraguaya.
Sobre la objetividad de las fuentes
El recurso más frecuente de la historiografía lopista para desactivar el testimonio de estos cinco autores consiste en sostener que escribieron bajo la influencia o la presión de los vencedores, bien directamente coercionados, bien condicionados por el clima de ocupación que reinó en el Paraguay entre 1870 y 1876. El argumento tiene cierta apariencia de verosimilitud aplicado a las declaraciones firmadas inmediatamente después de Cerro Corá, y el propio Aveiro lo reconoce con honestidad al señalar que él y sus compañeros suscribieron documentos bajo “atroces amenazas” y “simulacros de fusilamientos”, documentos que declara expresamente “apócrifos, nulos y sin ningún valor”. Pero las obras que aquí se analizan no son esas declaraciones forzadas: son escritos posteriores, redactados con plena libertad, y las fechas que constan en los propios textos lo demuestran de manera inapelable.
El caso más contundente es el de Francisco Isidoro Resquín, al que la propia corriente lopista considera el más favorable a López de todos los autores del corpus. Sus datos históricos los terminó de escribir en 1875 –iniciados en 1870 y publicados en Buenos Aires en 1895–, un año antes de la retirada definitiva de las tropas aliadas del territorio paraguayo, verificada en 1876. Eso significa que Resquín escribió con las fuerzas de ocupación todavía presentes, y aun así no produjo una apología del Imperio ni una condena del Mariscal: todo lo contrario, defendió la causa paraguaya, denunció el Tratado Secreto como un plan de exterminio y reconoció la legitimidad de la resistencia lopista. Si la presión aliada distorsionaba los testimonios, debería haber distorsionado el de Resquín más que ningún otro, porque era el único que se escribió bajo ocupación efectiva. Ocurrió exactamente lo opuesto.
El caso de Centurión es igualmente decisivo para el argumento cronológico. Los cuatro tomos de sus Memorias o Reminiscencias Históricas fueron publicados en Buenos Aires a partir de 1894, es decir, dieciocho años después de la salida de las tropas aliadas.
Aveiro es el autor que con mayor nitidez separa los dos planos que la crítica lopista confunde deliberadamente. En el preámbulo de sus Memorias Militares establece una distinción de principio entre las declaraciones firmadas bajo coerción en 1870, que declara nulas, y su “única auténtica declaración”, que redactó en 1880 en respuesta al interrogatorio de Estanislao Zeballos, cuatro años después de la desocupación. Las Memorias Militares como texto orgánico fueron redactadas en la vejez de Aveiro y publicadas en 1919.
Fidel Maíz cierra el argumento cronológico con la mayor distancia temporal de todos. Etapas de mi vida fue escrita a los ochenta y nueve años de su autor y publicada a los noventa y uno, en 1919, cuarenta y nueve años después de la guerra. Aquí ninguna sombra posible de presión aliada: los vencedores habían evacuado el Paraguay cuarenta años antes, y Maíz escribía en un Paraguay soberano, medio siglo después del conflicto.
Fuentes utilizadas:
- Centurión, Juan Crisóstomo. Memorias o Reminiscencias Históricas sobre la Guerra del Paraguay. Tomos I y II, Buenos Aires: Imprenta de Obras de J. A. Berra, Bolívar 455, 1894. Tomo III, Buenos Aires: Imprenta de Obras de J. A. Berra, Bolívar 485, 1897. Tomo IV, póstumo, publicado por Concepción Zayas de Centurión.
- Resquín, Francisco Isidoro. Datos Históricos de la Guerra del Paraguay contra la Triple Alianza. Redactado en 1875. Publicado originalmente en Buenos Aires. Reedición: Dirección de Publicaciones de las FF. AA. de la Nación, Imprenta Militar, Asunción, 1971.
- Aveiro, Silvestre. Memorias Militares. Apuntes autobiográficos redactados desde 1874; declaración espontánea al Dr. Zeballos en 1880; publicación original 1919. Reedición: Editorial El Lector, Asunción, 1998. Prólogo de Édgar L. Ynsfrán Doldán. Exordio de Benigno Riquelme García.
- Falcón, José. Escritos Históricos. Edición y estudios preliminares de Thomas L. Whigham y Ricardo Scavone Yegros. Asunción: Servilibro, 2015. Contiene: “Apuntes y Documentos Históricos. 1840–1870", “Diario de los prisioneros de guerra” y “Memoria documentada de los territorios que pertenecen a la República del Paraguay”.
- Maíz, Fidel. Etapas de mi vida. Escrita a los 89 años; publicada a los 91, Asunción, 1919. Tercera edición con prólogo del Dr. Carlos Heyn Schupp.
- Doratioto, Francisco. Maldita guerra. Nueva historia de la Guerra del Paraguay. Buenos Aires: Emecé, 2004. Citado por los datos de Abente Brun (p. 85): población, efectivos militares y capacidades de poder regionales hacia 1865.
- Brezzo, Liliana M. (ed.). La Guerra del Paraguay en primera persona. Asunción, 2014. Citada por la carta de Concepción Zayas de Centurión a Estanislao Zeballos, 30 de abril de 1902, FEZ Carpeta 149, p. 41.