12 jun. 2026

Juan Anselmo Samudio y la construcción de la identidad cultural paraguaya

Juan Anselmo Samudio.

JUAN ANSELMO SAMUDIO.

María Gloria Báez

Escritora

Al cumplirse noventa años del fallecimiento de este gran pintor paraguayo, acaecido el 18 de abril de 1936 –y no en 1935, como erróneamente consignan numerosos textos biográficos–, se impone la necesidad de rever su figura, para comprender con mayor profundidad el lugar que ocupó en la historia cultural del Paraguay.

Este aniversario remite a la evocación de un artista individual y se inscribe en una reflexión más amplia sobre los procesos de reconstrucción espiritual de una nación, que emergía lentamente de la devastación provocada por la Guerra de la Triple Alianza y aún iría a enfrentar el impacto de conflictos posteriores, como la Guerra del Chaco entre 1932 y 1935.

La trayectoria de Samudio permite observar, cómo el arte se convirtió en forma de resistencia simbólica y en instrumento esencial para la afirmación de una identidad cultural renovada, capaz de superar los escombros materiales y morales dejados por los conflictos, consolidar la memoria histórica y la autoestima nacional.

paisaje con casa y con palmas de Juan Anselmo Samudio.

Este paisaje con casa y con palmas de Juan Anselmo Samudio pertenece al acervo de la Pinacoteca del Club Centenario.

Foto: Gentileza

El desarrollo de la cultura paraguaya posterior a 1870, estuvo marcado por una interrupción profunda que condicionó durante décadas la vida intelectual del país. La derrota bélica, no solo destruyó la estructura material, también anuló la tradición cultural que florecía antes del conflicto. Al citar a Jorge Báez Samudio (1896-1959), sobrino del pintor, quien en ocasión de brindar una conferencia en el Ateneo Paraguayo en el primer aniversario del fallecimiento del Maestro, rememora que, la floración espiritual de la anteguerra, quedó sepultada bajo los escombros de la nación caída. Este quiebre, explica el retraso del progreso material y cultural del Paraguay, así como la compleja tarea de reconstruir la infraestructura, revitalizar las expresiones culturales y afianzar los fundamentos educativos y artísticos.

En medio de un panorama de pobreza extrema, desorganización política y limitaciones materiales, la vida nacional avanzaba con timidez, marcada por agitaciones derivadas de las primeras experiencias democráticas y por una inestabilidad persistente. A pesar de ello, surgieron iniciativas fundamentales en los ámbitos educativo y cultural, que sentaron las bases de un horizonte intelectual renovado. Estas acciones, no respondían a un proyecto inmediato de utilidad material, constituían un esfuerzo consciente por restituir la dignidad espiritual de una sociedad profundamente herida y por formar ciudadanos capaces de sostener la identidad cultural del país.

La fundación del Ateneo Paraguayo en 1883 y del Instituto Paraguayo en 1895, representó un momento decisivo dentro de este proceso de reconstrucción. Según Báez Samudio, estas instituciones surgieron gracias a la colaboración de patriotas esclarecidos y de algunos extranjeros ilustres, con la intención de promover el cultivo ¿? de las letras y de las bellas artes. En este ambiente emergente, se consolidó la vocación artística de Samudio, cuya sensibilidad y disciplina reflejaron la formación de una generación marcada por el sacrificio, el compromiso social y la conciencia cívica.

Nacido en Asunción el 21 de abril de 1875, según consta en acta de bautismo, creció en una sociedad marcada por las secuelas de la guerra y por una precariedad material persistente. La muerte temprana de su padre, Saturnino Samudio, lo obligó a alternar la formación académica con el trabajo manual para contribuir al sostenimiento del hogar. Su madre, doña Juana Domínguez de Samudio, fue una de las heroicas residentas, que acompañó al Ejército paraguayo durante la Guerra de la Triple Alianza, compartiendo los rigores del éxodo, el hambre, la incertidumbre y el sacrificio colectivo hasta los confines finales del conflicto.

Esta experiencia materna, transmitida como memoria viva, influyó profundamente en la sensibilidad del artista y en su concepción ética del trabajo creador, dejando en él una impronta de responsabilidad, perseverancia y amor por la patria que acompañaría toda su carrera artística y pedagógica. Inicia los estudios de dibujo y pintura con el Maestro Héctor Da Ponte, en el Instituto Paraguayo. Báez Samudio, identifica este período como la primera etapa artística de Samudio, correspondiente a sus años iniciales de formación en la ciudad de Asunción.

Durante esta etapa, su producción revela una atención particular al dibujo y a la estructura formal de la imagen. Las obras conservadas, muestran un aprendizaje riguroso, en el que el afán del dibujante prevalece sobre la soltura pictórica, reflejando la disciplina, la constancia y la sensibilidad que caracterizarían toda su trayectoria posterior. En el contexto del periodo de restauración nacional, en el que los jóvenes destacados en distintas áreas del conocimiento comenzaban a ser reconocidos, Samudio fue beneficiado con una de las becas otorgadas por el Gobierno de Italia al Paraguay, gestionadas por intermedio de Guido Boggiani (1861-1902) y destinadas a los mejores estudiantes de pintura. En 1903, tras participar junto con Pablo Alborno (1875-1958) y Carlos Colombo (1882-1959) en los exámenes convocados por el Instituto Paraguayo para acceder a dichas becas, partió hacia Italia, donde ingresó en la Real Academia de Dibujo y Pintura de Roma, iniciando una etapa decisiva de formación artística.

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Paisaje con sauce y laguna de Juan Anselmo Samudio, del acervo de la Pinacoteca del Club Centenario.

Foto: Gentileza

Báez Samudio menciona que, este período representó ser el primer contacto serio con un entorno cultural de dimensiones internacionales, donde la disciplina y la observación detallada consolidaron la base de su estilo y sensibilidad artística, así como la comprensión del arte como vehículo de expresión profunda y de comunicación de valores universales. Durante esta segunda etapa de desarrollo artístico, Samudio participó en la Exposición Internacional de Roma en 1906, en la cual el crítico de arte Francisco Radí elogió su obra, destacando la delicadeza de la percepción de la luz y atmósfera, así como la capacidad de transmitir con fuerza los ambientes urbanos y los paisajes más sutiles. Este período, consolidó la influencia europea en su lenguaje pictórico, aunque sin desplazar la sensibilidad propia que luego trasladaría a los paisajes paraguayos, marcando una transición consciente entre la asimilación de técnicas extranjeras y la afirmación de una voz estética local.

El regreso al Paraguay, marcó la tercera etapa de su trayectoria, considerada de plena madurez. En este período, Samudio definió con claridad una personalidad artística y se consolidó como representante de la pintura paisajística paraguaya. Selvas, arroyos, valles y serranías, se convirtieron en los motivos centrales de su obra, dedicada a captar la vibración del aire y la luminosidad singular del paisaje nacional. Báez Samudio recuerda que, con el tiempo, el pintor se apartó de la estilización para alcanzar una caracterización cada vez más precisa del entorno, trabajando al aire libre y enfrentando directamente la naturaleza para descifrar sus secretos de luz, color y transmitir la atmósfera y el espíritu de cada lugar con fidelidad poética.

En palabras de Josefina Plá, “Samudio se dedicó exclusivamente al paisaje y alcanzó con él gran predicamento local. En su trayectoria, como en la de Alborno, es posible apreciar la influencia del enclaustramiento y sus proyecciones negativas sobre el complejo conceptivo y estético de esta promoción”. Esta observación, permite comprender que, aunque el artista vivió momentos de aislamiento cultural y limitaciones geográficas, su obra logró imponerse por la claridad de visión, la precisión técnica y la fuerza expresiva de interpretación del entorno. La fundación de la primera Academia Nacional de Bellas Artes (1909), realizada junto a otros artistas de su generación, constituye uno de sus aportes más duraderos, al sentar las bases de una formación artística sistemática en el país y de una tradición

pedagógica vinculada a las artes visuales. Además de su labor creativa, Samudio ejerció la docencia en varios centros educativos de la capital, enseñando dibujo, pintura y transmitiendo a nuevas generaciones conocimiento técnico y estético. La citada actividad pedagógica, reflejó la convicción de que la educación artística es un pilar fundamental para la formación cultural de la nación, consolidando su influencia más allá de una producción personal, contribuyendo a la institucionalización de la enseñanza artística del país. La obra de Samudio, llamó la atención de la crítica americana y le valió el reconocimiento como gran paisajista, otorgándole valor simbólico y cultural en un contexto que tendía a subestimar las expresiones artísticas locales. Participó en exposiciones internacionales en Buenos Aires, Río de Janeiro y Baltimore lo que permitió que el arte paraguayo comenzara a ser visible fuera de sus fronteras, consolidando el legado y mostrando la riqueza de la sensibilidad artística nacional.

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La lavandera, obra de Juan Anselmo Samudio que pertenece al acervo de la Pinacoteca del Club Centenario.

Foto: Gentileza

Al decir de Báez Samudio, ya en sus últimos días, el artista anhelaba instalar nuevamente el caballete junto a un arroyo para ofrecer una visión final a la posteridad de la patria, sin embargo, fallece a los 61 años a causa de una nefroesclerosis. La despedida fue sobria y emotiva, acompañado por colegas, artistas e instituciones culturales que reconocieron en él a un creador íntegro, perseverante y consciente de la responsabilidad social del arte. Los restos fueron velados en el Ateneo Paraguayo y posteriormente inhumados en el Cementerio de la Recoleta, en un acto que expresó respeto, admiración y cariño por la trayectoria de un hombre que consagró su vida al arte y a la enseñanza. A noventa años de la desaparición del artista, la vigencia de Samudio se manifiesta en la capacidad de su obra para seguir dialogando con el presente. Sus paisajes, invitan a una mirada atenta sobre el territorio y a una relación sensible con la naturaleza, valores que adquieren renovada importancia en un tiempo marcado por la transformación acelerada del entorno. Recordarlo hoy, es reconocerlo como una figura central suma importancia en la reconstrucción cultural del Paraguay. Un artista que vinculó creación estética con enseñanza y cuyo trabajo revela la fuerza de la memoria histórica, al tiempo que afirma la identidad nacional. Sus obras permanecen como referentes del arte paraguayo y del espíritu capaz de transformar la adversidad en creación artística.

Algunas de sus óleos sobre tela, como El árbol de Artigas, Paisaje de Venecia, El oratorio de noche, Una noche en Burano, son exhibidas en el Museo Nacional de Bellas de Asunción

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