Todo el tiempo del mundo funcionó como un recorte cronológico, ofreciendo la oportunidad para estudiar el tiempo y el espacio de producción del artista mediante un cuerpo de obras reunido para la ocasión. Realizado mediante una curaduría ocupada en otorgar un lugar visible al aporte de Collar en la actualización visual del territorio y el paisaje locales, el resultado ha sido una temporización con acento en la última década del siglo pasado y en la primera del XXI.
Nacido en Itauguá Guazú, Paraguay, en 1964, crecido en Buenos Aires y afincado en Holanda hace más de dos décadas, el creador reúne en este arco de cuatro décadas un campo activo de sentido: todo ese tiempo constituye la materia invisible que atraviesa cada pintura.
Percepción en aumento
Lo importante de esta pintura es entender que aquí el cuerpo campesino está rodeado de un espacio de identidad: no se trata de un fondo neutro, sino de una extensión política de la humanidad de sus retratados. Las figuras aparecen siempre en situación: esperan, se miran, caminan, conversan, se tocan, se agrupan. Estos gestos aparentemente cotidianos constituyen, en realidad (o para quienes las artes son termómetro sociocultural de la humanidad) una operación de alta intensidad histórica y hasta de giro, de consciencia afectiva.
Los cuerpos de niños, adolescentes, jóvenes y ancianos rurales desbordan empatía y autenticidad, atentos a la honda penetración humanista del pintor. Son sujetos de escena, presentes, y nunca tratados como víctimas, planteados en una factura sintetista y expresionista, enfatizando patrones formales planos, simplificando la forma, aplicando gestos dinámicos y exaltando el color puro.
Al contemplar estas imágenes es importante entender que la piel morena de los retratados aparece como seña de identidad y emblema de un cruce genético total, el paraguayo, dando fe y testimonio del mestizaje racial y cultural. Las y los campesinos atrapados en estos lienzos, grabados y películas, son operadores de espacialidad, modifican la circulación de la mirada y alteran las convencionales relaciones de raza y clase.
En estas escenas de Collar existe una coreografía contenida que recuerda la projimidad, la lógica del grupo, o hasta cierta política del contacto humano. El roce de brazos, hombros, piernas y miradas construye microgeografías de valor colectivo, de apoyo mutuo, de resistencia cotidiana. Este cuerpo campesino es como parte de una ecología relacional con su entorno, una estructura de supervivencia afectiva y espacial.
El espectador es convocado a interpretar una narrativa social, y, felizmente, a reorganizar su propio posicionamiento frente al cuerpo mestizo, moreno o marrón. La escala, la cercanía visual, la frontalidad y la geometría compositiva generan una situación perceptiva donde la distancia con modelos tradicionales del costumbrismo o el pintoresquismo, se vuelve crítica o al menos, nos impulsa el pensamiento activo sobre sujetos tradicionalmente periféricos en la representación occidental de la pintura.
Insistiendo en la dimensión política de estas obras, el trabajo de Enrique Collar también importa porque no busca traducir la experiencia campesina periférica para un público hegemónico. La sitúa como centro estructurante de la escena, y al hacerlo, amplía su campo de representación, orgulloso, empoderado, como se dice hoy en día.
Reconfigurando prejuicios, el trabajo de Collar se despliega como una práctica de desplazamiento constante, atravesado por una lógica nómada que funciona como una forma de estar en el mundo (casi un reflejo de su vida errante). Su producción se construye desde una memoria tremenda, en el movimiento, la vitalidad y la atención a los entornos que habita y atraviesa.
Memoria y posiciones expandidas
Todas estas etapas, en las que incluimos la pintura, pero además el grabado y el cine en los que también descolla nuestro artista, dialogan entre sí, reaparecen, se transforman y se reescriben en el tiempo. Lejos de marcar rupturas definitivas, configuran en la muestra un pensamiento visual en movimiento. Este devenir puede entenderse como un “proceso Collar”: cada pintura es una cuenta, y juntas forman una cadena donde el sentido emerge en la relación entre las partes.
No hay una obra aislada que explique el todo; pero sin embargo esta colección es como un túnel del tiempo dónde visibilizar la escena asuncena de esos años, y nobleza obliga, recalcar el decisivo rol de la galerista Martha Manchini en la apuesta por esta nueva pintura. La irrupción del arte de Collar en esos años significó mucho para el arte local, bajo la premisa de reconfiguración de imaginarios dotando una impronta novedosa desde una suerte de “ilustración campesina”, narrada desde dentro y sin mirada exotista.
Como final deseo dar fe, tras mis varias estancias en el Huis-Studio Collar en Rotterdam, el puerto holandés donde Enrique eligió vivir, trabajar y amar, de que a sus pinturas les dedica el tiempo que le piden. Es por eso que el artista y este curador decidimos bautizar a la muestra asuncena, “Todo el tiempo del mundo”: en un mundo que exige velocidad, estas obras reivindican la demora; y en esa demora, encuentran su potencia.
Como un territorio dibujado desde su infancia, Collar inventa desde su memoria prodigiosa la imagen de su “campaña” no tanto romantizada como sí idealizada: actualiza paisajes, territorios, identidades o situaciones. Hoy, mirando atrás esos años salvajes de la década de fin de siglo pasado, el creador afirma su fidelidad al Paraguay desde una pintura altamente sofisticada, de factura muy realista, asentando toda la libertad, empeño y consciencia en la empresa de ser vehículo transmisor de pensamiento.
Quizás sea por esta constancia y talento que el pasado 5 de mayo, en el Congreso Nacional, Enrique Collar haya sido condecorado con la Orden Comuneros al mérito profesional. Como aquellos comuneros paraguayos, esos rebeldes criollos que pagaron con su vida oponerse a la hegemonía colonial, vertical e ibérica; hoy Enrique desborda las costuras y límites de un país a fuerza de imaginación y del mejor de sus sueños para esta tierra colorada.