La infeliz frase de Lula, que provocó una justificada indignación, no me resultó tan sorprendente. Es que, habiendo pasado mi infancia en Bella Vista, ciudad fronteriza del Amambay, siempre me llamó la atención que en las escuelas brasileñas se enseñara una historia muy distinta a la que aprendíamos del lado paraguayo.
Para ellos, la “Guerra do Paraguai” se desencadenó porque el Mariscal López invadió el Mato Grosso. Esta versión, que ignora las décadas de disputas geopolíticas en el Río de la Plata, se difunde hasta hoy en materiales didácticos de Brasil.
Luego, irremediablemente, pasamos a la siguiente cuestión: El antiguo reclamo paraguayo de devolución de los trofeos de la Guerra de la Triple Alianza.
Un tema que trasciende lo material porque toca fibras profundas de la memoria histórica y la identidad nacional.
Y atañe al Brasil, pues los otros dos contendientes devolvieron objetos y banderas capturados en el conflicto. Uruguay lo hizo ya en el Siglo XIX y Argentina en 1954, durante el gobierno de Juan Domingo Perón. Además, presidentes más recientes de esos dos países hicieron declaraciones inequívocas sobre el carácter de aquella guerra. Pepe Mujica la definió como un “doloroso genocidio” y Cristina Fernández como una “triple infamia”. Hay, pues, una deuda histórica que Brasil no ha saldado.
Ahora bien, ¿a qué llamamos “trofeos de guerra”? Son centenares de cañones, pabellones, estandartes y objetos personales del Mariscal López y su familia. La pieza más conocida y principal símbolo del reclamo es el cañón “Cristiano”, fundido en La Rosada de Ybycuí con el bronce de las iglesias. Pesaba 10.780 kilos y fue capturado en la fortaleza de Humaitá. Actualmente, se exhibe en el Museo Histórico Nacional de Río de Janeiro. Su fama, según el historiador Herib Caballero Campos, opaca a otro cañón que también se encuentra allí, el “Presidente López”.
Pese a las numerosas gestiones paraguayas, el Brasil es reacio a desprenderse de objetos –especialmente el “Cristiano”– que conmemoran su victoria y forman parte del orgullo de sus fuerzas armadas.
La tradición marcial sostiene que los trofeos de guerra no se devuelven. Desde esta perspectiva, restituirlos podría interpretarse como un gesto que reste valor a su propio pasado militar.
Me dolió uno de los argumentos utilizados para no mover al “Cristiano” del museo donde está: “Nosotros lo vamos a preservar mejor que los paraguayos”. Esta afirmación nos obliga a una mirada introspectiva. Mientras reclamamos su devolución, otros dos cañones de la Guerra de la Triple Alianza, el “Acá Verá” y el “Criollo”, están abandonados a la intemperie y descuidados en una plaza frente al Congreso Nacional.
El otro componente valioso es el de los documentos históricos. El Archivo Nacional de Paraguay, que data de 1537, fue saqueado en 1869 tras la batalla de Piribebuy por el Ejército brasileño.
Estos documentos, que incluyen archivos militares, el Libro de Oro –ya devuelto en 1975– y otros fondos públicos, fueron trasladados a Brasil. La llamada “Colección Rio Branco”, con casi 50.000 documentos, fue restituida a Paraguay en 1981.
¿Quedan aún archivos nacionales en Brasil?
Los historiadores difieren en sus respuestas, pero, al parecer, la cantidad no sería significativa, excepto una colección privada, conservada en Rio Grande do Sul –Archivo Montenegro–, dada a conocer en 2018 y que contiene materiales inéditos de la guerra, manuscritos, mapas y diarios personales
Lo que, con frecuencia, olvidamos es que nosotros también tenemos trofeos de la guerra.
El más conocido es el barco Anhambaí, que fue tomado por los paraguayos en Mato Grosso en 1864 y que hoy está exhibido en el Museo de Vapor Cue.
Pensé que un canje de trofeos –un barco por dos cañones– pondría fin a esta argelería hasta que me enteré de que nuestro país ya propuso esta salida varias veces y el Brasil nunca la aceptó.
Es hora de que nuestros vecinos entiendan que los paraguayos hablamos de símbolos de una tragedia y una injusticia histórica.
Aunque la palabra suene fea, hablamos de genocidio.