17 sept 2026

IA: ¿Un monstruo en el bolsillo?

La inteligencia artificial (IA) está ingresando en todos los ámbitos de la vida. Como toda herramienta poderosa tiene capacidad para destruir o colaborar con el ser humano; los avances tecnológicos más importantes no son buenos ni malos en sí mismos, dependen de cómo son aplicados, controlados y, sobre todo, con qué fines terminan siendo utilizados. Y es ahí donde se halla el verdadero desafío para la humanidad, el ser humano y el uso de la libertad.

El impacto de la IA recobró fuerzas en los últimos días tras la renuncia de Jacob Coxon de la firma Anthropic, empresa desarrolladora de IA. El ingeniero británico, que también ha trabajado para OpenAI –la creadora del popular ChatGPT– aseguró en un hilo de su cuenta de X que se está subestimando el poder de la tecnología, y que los proyectos de IA “serán pronto sistemas sobrehumanos que podrán jaquear cualquier cosa, revolucionar todos los ámbitos y ganar verdadero poder y recursos”. Agregó de manera preocupante que las empresas están “jugando con nuestras vidas”. Y que lo diga un profesional de su nivel, es como para tenerlo en cuenta. Anthropic retiró de su carta de seguridad el compromiso de detener el desarrollo de sus modelos si no podía controlar adecuadamente sus riesgos.

En tanto, el director ejecutivo de OpenAI, Sam Altman, también en su cuenta de X, advirtió sobre otro aspecto: la creación de “un mundo con demasiada concentración de poder”, dado que “si un IA extraordinariamente poderosa es utilizada por una persona o empresa para imponer su visión del mundo a todos los demás, los resultados podrían ser extremadamente distópicos”.

En efecto, además de los riesgos vinculados con la autonomía que podrían llegar a tener la IA respecto a servicios vitales y estratégicos como alimentación, agua y energía, o el control de armas de destrucción masiva, están aquellos relacionados al comportamiento y la cultura. Como lo indica la encíclica Magnifica Humanitas de León XIV (2026) al destacar que la tecnología digital ya no es una mera herramienta, sino un entorno de vida que está reconfigurando la autocomprensión del hombre, moldeando comportamientos y, sobre todo, presentándose como la sustitución del otro, del semejante, del “tú”. Hay un alto riesgo de potenciar el aislamiento y la soledad, pretendiendo que la tecnología proporcione algo que no es capaz de dar de manera genuina: una compañía. Y en esto nos equivocamos, pues la ayuda para un ser humano siempre vendrá de relaciones personales reales, de experiencias concretas, no de algoritmos. El problema es perder la capacidad de estar delante del otro.

“La IA no puede hacer eso. No porque sea mala o peligrosa en sí misma, sino porque es radicalmente otra cosa. Genera respuestas a partir de patrones y algoritmos, no de amor, no de emociones. Procesa lenguajes y códigos, no experiencias… no puede estar con nosotros, no puede terminar de comprendernos”, expone al respecto Aldrin Osorio en el artículo “La IA como espejo del vacío que no puede llenar…” en la revista internacional Huellas.

Por su parte, Fabio Mercorio, profesor de la Universidad Bicocca de Milán y director de un máster de IA y Data analytics, respecto a la sustitución voluntaria cada vez más frecuente ante la IA, reitera en una entrevista en Tracce, que caemos en la expectativa de recibir cosas que las máquinas “no nos pueden dar”, y explica, en forma sintética, que esperamos verdad pero solo podremos obtener verosimilitud; “buscamos posibilidad y nos da probabilidad. En lugar de creatividad, combinaciones. En lugar de comprensión, condescendencia. En lugar de sabiduría, estadística. En lugar de compañía, interacción”.

En su encíclica el Papa recuerda que la inteligencia artificial no es neutral, sino que “asume el rostro de quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza”. Por ello, el punto central sigue siendo educativo frente a la presencia de una herramienta con tanto potencial, y que de hecho es de gran provecho en el campo de la medicina, la educación y la ingeniería, entre otros. A este “monstruo en el bolsillo” –en alusión al acceso a través de los smartphone– hay que controlarlo y evitar que nos controle; buscar acciones para aprovecharlo de manera crítica e inteligente, volverlo un aliado. No obstante, se requieren regulaciones que colaboren con esa dinámica. “La técnica debe ser gobernada por la ética, la verdad y la caridad.”, dice León XIV en Magnifica Humanitas. Un reclamo razonable y urgente.

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