Por qué una persona persiste en algo que claramente le causa daño. La mayoría dice que puede dejarlo cuando quisiera, pero no quiere hacerlo. El engaño está en que la voluntad de esa persona ya está secuestrada por el “deseo” de seguir haciendo aquello, aunque le vaya consumiendo de a poco.
A quienes demuestran este comportamiento se los define como viciosos. Y el vicio suele ser una parte importante en la vida de quienes lo poseen y creen que lo disfruta –al menos al comienzo– y lo padece, muchos hasta el final de sus vidas. Pues, como se dice, el vicio termina matándolos.
En siquiatría se lo diagnostica como adicción y se describe como una enfermedad compleja. Se presenta en diversas formas, ya sea como tentaciones o en forma de abusos, con los que una persona muchas veces no puede lidiar y cae en ellos.
Los vicios más comunes son los que se dan con el alcohol, el tabaco, las drogas ilícitas, las apuestas, la pornografía, el sexo, etc. Todos terminan teniendo gran incidencia sobre quienes los poseen; incluso les quitan el control sobre sus vidas.
Unos meses atrás, tal vez el año pasado, autoridades del Gobierno estimaron que en el Departamento Central hay como noventa mil jóvenes adictos al crac, que es la peor de las drogas y muy vinculada a la delincuencia juvenil. Se ha dicho que tiene estrecha relación con la inseguridad que “se siente” en las calles, ya que para las autoridades, la inseguridad, es decir, que un par de motochorros que aparecen de la nada y aprietan a uno para robarle el celular y pertenencias de valor, tiene mucho que ver con una “sensación”.
El alcohol es otra droga la de mayor consumo en el país, ya que más de la mitad (57,7%) de la población bebe alcohol y, de ese porcentaje, al menos la mitad (24%) lo hace de manera nociva, ya es un adicto. Sus consecuencias suelen ocupar espacios en los noticieros, principalmente los lunes, cuando se habla de accidentes fatales causados por conductores borrachos.
Hace muchos años conocía a un muchacho que vivía en el barrio Nazareth, de Asunción. Se llamaba Edgar, tendría entonces unos 25 años más o menos y tenía varios ingresos al penal de Tacumbú por posesión y tráfico de drogas. Vivía en la casa de sus padres, tenía una pareja joven y un hijo pequeño a los que amaba. Pero tenía también el vicio de las drogas.
Yo alquilaba una pieza cerca de allí, a pocas cuadras, y él era vecino de un amigo. Por ahí lo veía de tanto en tanto, cuando estaba fuera de la cárcel; la última vez que lo vi –esto se me quedó grabado– estaba bajoneado y decía que ya no tenía salida, se le iban acabando las opciones.
Sus padres varias veces le intimaron y le echaron de la casa, pero él no podía salir de su adicción. Consumía las drogas y para mantenerse y obtener dinero se dedicaba a traficar en su entorno. Reincidente en entrar en la cárcel, Edgar dijo esa ultima vez, que no podía salirse del círculo, porque no era posible para él conseguir trabajo fuera del negocio de las drogas por ser ex presidiario y adicto; entonces, lo único que le quedaba era, al salir del penal, ir a buscar la droga. Y así en pocas semanas volvería al penal, y se iba hundiendo más y más.
Poco después de aquella última vez que hablé con él me comentó mi amigo, el vecino, la tragedia que ocurrió en la casa de Edgar. Me dijo que ya no pudo más con la presión de sus padres; con la responsabilidad de alimentar y cuidar de su hijo y su pareja; con la persistencia en el consumo; y tomó una piola de la hamaca donde jugaba su hijo, la ató de una viga de la casa y se colgó, poniendo fin así a su vida. Así acabó Edgar.
A pocas cuadras de allí vivían unos hermanos, igualmente adictos, el menor de ellos con varios ingresos también en el penal. Este muchacho después se había ido al Brasil, donde una vez más cayó preso y nunca más regresó ni se supo más nada de él. El otro hermano ya estaba ido; solía verle de paso, camino a tomar un bus sobre la avenida República Argentina; algunas veces estaba en la vereda de su casa, con las manos atrás y mirando sonriente el cielo, tal vez las nubes; no hablaba con nadie, siempre estaba como en la luna. Sabíamos que aquello era consecuencia de su vicio; estaba hecho un lunático.
Eso pasaba en los noventas en aquel vecindario.