Ya en la recta final de las elecciones municipales y a poco más de un año y medio de las generales, parece inevitable que buena parte de la campaña de 2028 vuelva a concentrarse en la coyuntura económica.
Habrá que hablar del déficit fiscal crónico, de las deudas impagas, de presupuestos insuficientes, del crecimiento de la deuda pública y de la solución mágica que siempre reaparece: aumentar impuestos.
Mientras tanto, la calidad del gasto, la corrupción, la impunidad y la eficiencia del Estado parecen seguir esperando. La estabilidad macroeconómica es importante, pero ya está demostrado que no alcanza. La estabilidad, por sí sola, no genera desarrollo.
A esto se suma una cotización del dólar que castiga a exportadores de bienes y servicios en un país pequeño y abierto cuya principal posibilidad de crecimiento está en exportar más. La baja inflación forma también parte de un relato oficial que la ciudadanía ya no acepta sin cuestionamientos.
Pero existe un problema más profundo: la confianza. Si de cara al 2028 no debatimos sobre la transparencia del Gobierno, sobre sus mentiras y sobre las consecuencias de mentir, corremos el riesgo de seguir votando a los mismos de siempre. Cuando las autoridades mienten sin consecuencias, la mentira se normaliza y se degrada la confianza en las instituciones.
El Evangelio nos recuerda que “la verdad os hará libres”. También el desarrollo se construye sobre la verdad, porque la verdad genera confianza.
La energía: otro debate ineludible. Otro gran tema será la energía. No solamente la electricidad y su disponibilidad futura, sino también los combustibles importados, parte importante de nuestros costos de producción y utilizados muchas veces políticamente.
Nuestras dos grandes hidroeléctricas se han convertido demasiadas veces en botín político y en fuentes de recursos administrados con discrecionalidad. La negociación con Brasil sobre Itaipú necesita más transparencia. Paraguay se acerca al momento en que utilizará la totalidad de la energía que le corresponde y seguimos sin una visión clara sobre precios, disponibilidad y estrategia energética de largo plazo.
Taiwán o China Continental. También aparecerá en la agenda la relación con Taiwán y el eventual debate sobre China Continental. Una decisión de semejante importancia económica, geopolítica y estratégica debería discutirse abiertamente, con información y de cara a la ciudadanía.
Las reformas que sí deberían estar en la agenda. Uno de ellos es un plan integral de digitalización del Estado. Digitalizar servicios públicos significa facilitar trámites, reducir costos, aumentar la transparencia, reducir espacios para la corrupción y permitir mayor control ciudadano.
Debemos reinstalar además el debate sobre la calidad de la educación y de la salud. No basta con aumentar presupuestos. Necesitamos objetivos concretos, indicadores públicos y resultados medibles. Lo realizado hasta ahora no ha producido los cambios que Paraguay necesita.
La seguridad social también debe formar parte de esta discusión. Crear organismos de supervisión no alcanza si los servicios que recibe la población continúan siendo insuficientes.
Corrupción, clanes e impunidad. Hay un debate imposible de seguir postergando: cómo terminar con los clanes familiares, los “nepobabies”, los negociados, las licitaciones amañadas y la corrupción enquistada en el Estado.
La pregunta no es solamente cuánto se roba. La pregunta central es por qué existe tanta impunidad.
Un país no puede desarrollarse si el Estado se convierte en patrimonio de grupos políticos, familias o intereses particulares.
El debate de fondo: qué democracia queremos. Si queremos ir más al fondo, debemos preguntarnos qué modelo de democracia queremos.
La concentración del poder político termina generando concentración económica, debilitamiento institucional y mayores desigualdades.
Los subsidios pueden ser necesarios, pero no pueden reemplazar una política de igualdad de oportunidades basada en educación, salud, seguridad, transporte e instituciones eficientes.
De cara al 2028 no deberíamos debatir solamente la coyuntura macroeconómica. Debemos discutir también la calidad del gasto, la corrupción, la impunidad, la educación, la salud, la seguridad social, la seguridad física, el transporte, la digitalización del Estado, los clanes familiares, la concentración del poder y la igualdad de oportunidades.
Y, por encima de todo, debemos volver a colocar la verdad en el centro de la política. Porque sin verdad no hay confianza. Sin confianza no hay instituciones fuertes. Y sin instituciones fuertes no hay desarrollo.