De cara a las próximas elecciones municipales es importante rescatar los significados profundos de conceptos y vivencias relacionados al vecindario como espacio de vida en común, así como a la democracia participativa, que sostiene y complementa el sistema representativo tradicional. Para reflexionar sobre los principios que sostienen la convivencia civilizada y guían al bien común.
El vecindario, la comunidad, el barrio no son solo conjuntos materiales de calles y casas que censar o ayudar a mantener limpias, aunque también esto es necesario.
De cara a las próximas elecciones municipales que tendrán lugar el 4 de octubre, es interesante considerar otros factores, además del presupuesto o los intereses partidarios en juego.
El sentido de pertenencia y las relaciones humanas que se desarrollan desde las familias que conforman el barrio, son elementos esenciales para construir el vecindario y la misma democracia.
Quienes mejor que los protagonistas de la vida en común para detectar y señalar a las autoridades del Municipio las necesidades, deseos y anhelos ciudadanos.
El filósofo Roger Scruton acuñó el término oikofilia (el amor al hogar) para explicar cómo los seres humanos necesitamos de un entorno físico y social cercano, un espacio compartido donde podamos extender y unir lazos de confianza y cuidado mutuo.
Así, el vecindario se convierte en un verdadero generador de ciudadanía participativa que es capaz de sacar a las personas del individualismo.
Hoy más que nunca se vuelve necesario retomar el desafío democrático de reconstruir el tejido moral de la nación, como solicitaba el recordado Monseñor Ismael Rolón.
Al mismo tiempo, se podría agregar que, en el caso de los vecinos, este tejido depende en gran medida del tipo de relaciones que podamos establecer entre nosotros.
Porque el tejido moral nacional se conforma de microtejidos relacionales en el vecindario.
Como para la mejora sustancial de la educación del país, la Ley General de Educación prevé la participación de la comunidad educativa, constituida por los protagonistas reales de las instituciones formativas, así también la cultura del encuentro ciudadano en el barrio es la base de la democratización real del país.
No es suficiente usar el derecho al voto o gozar de ciertas libertades, el sistema democrático se debilita sin la participación y la ayuda mutua de la sociedad en su conjunto.
Gestos tan cotidianos como el saludo, el intercambio de contactos, las muestras de interés por la salud y la seguridad de los niños, los trabajadores, los ancianos del vecindario reaniman el espíritu social y generan una creatividad concreta en servicio del bien común.
El diálogo político maduro a nivel nacional surge antes y se fortalece mediante el desarrollo de hábitos relacionales sanos en las familias que conforman el vecindario.
Esto se aplica también a los dirigentes políticos que compiten para las próximas elecciones quienes por lo general durante la campaña parecen conocer las necesidades del barrio, pero un vez electos nunca vuelven al contacto con los vecinos, sus electores.
Darle calor humano al hogar y al barrio es un principio de vida tan democrático como el ir a votar en las elecciones que nos tocan. Sin lo primero, se puede caer en la ilusión de construir una democracia puramente procedimental, pero sin reservas morales para enfrentar los desafíos que surgen en el ejercicio del poder.
La vivencia de los derechos que todos anhelamos empieza también con el cumplimiento de los deberes, pero estos son cargas pesadas para quienes no tienen sentido de pertenencia, mientras que para los que sí han desarrollado una identidad cultural ligada a su familia y a su vecindario, es más fácil sobrellevar.
Recordemos que los vínculos sociales y las virtudes cívicas están directamente relacionados con el bien común y este con el desarrollo humano integral que nuestros municipios deben tener como meta.
Sabemos que el rol político es subsidiario de las instituciones intermedias de la sociedad. La madurez cívica que esperamos en las elecciones de mañana empieza hoy con la promoción de los hábitos cívicos saludables, de las asociaciones vecinales, del fomento de centros deportivos y culturales locales, pero sobre todo de la apertura para escuchar y atender respetuosamente a los ciudadanos de a pie, de cuya autonomía responsable y educación democrática realista depende el ansiado bien común.