05 abr. 2026

El mundo entero

Se habló mucho de Bad Bunny y su presentación en el Super Bowl de EEUU. Algunos piensan que fue bueno porque dio un movido espectáculo y visibilidad a la “comunidad hispana”. Otros pensamos que el suyo es un espectáculo mediocre, chabacano y que su participación no se debe a su escaso talento, sino a su vinculación con grupos de poder que quieren estigmatizar a la “comunidad hispana” como gente simpática pero descerebrada que “no tiene nada y es feliz”, digámoslo en sus términos, como perreadora, como gente entretenida, aunque estúpida. Y nada que ver, la verdad.

Pero más allá de que sus agentes de marketing han logrado instalarlo por las buenas y por las malas, lo que es un éxito para sus ingresos multimillonarios, creo que ese pobre espectáculo donde las mujeres somos tan rebajadas y el arte es vilipendiado, debería hacernos considerar más factores en juego, sobre todo por sus incidencias culturales.

Primero, el mundo globalizado tiene agendas de interés común que se entrecruzan con las agendas corporativas, las cuales defienden intereses particulares y poderes detrás de bambalinas. Como ejemplo están las guerras que aparecen y desaparecen en las narrativas mediáticas globales de las que nos alimentamos todos en gran medida, según sirvan o no a generar opiniones que avalen intervenciones y movidas geopolíticas. Ucrania, Gaza, Siria, antes Afganistán o África solo existen cuando sirven a una narrativa. Eso tiene sus luces, porque de repente, las causas menospreciadas como la de los cristianos perseguidos o las mujeres maltratadas en Medio Oriente desde hace tanto tiempo, saltan a la luz, pero lastimosamente, si no coinciden con las agendas de los “rebeldes” de turno o con el establishment de turno, chau, hule...

La visibilidad se hace ahora con estrategias de marketing global, no siempre éticas, lo que tiene detrás el componente de la mercantilización de las emociones y la reducción o el deshecho total del tan mentado “razonamiento crítico”. La paradoja es que este razonamiento figura como “prioridad” en los sistemas educativos de la aldea. ¿Pero cómo vamos a pensar y actuar racionalmente, si nos niegan las herramientas y, a la par, nos bombardean con latapararã que anula el entendimiento? Ya veníamos mal al ridiculizar la educación moral, la historia y la búsqueda de la verdad objetiva en las universidades, para ahora añadir la normalización de la vileza como forma de supuesto comportamiento cultural válido. ¿Pero quién valida y a qué precio? La gente que tiene talento y disciplina para desarrollarlo, ciertamente, no es.

La fragmentación de la persona, al no tener en cuenta todas sus dimensiones, biológica, psíquica, social, espiritual, y las redes de conexión entre ellas para conformar una unidad con identidad que pueda aportar positivamente a la cultura desde un yo afirmado en la verdad de su condición humana, es funcional al poder, y genera el ambiente propicio para que los inescrupulosos del mundo, tales como el rufián pedófilo Epstein, por ejemplo, se sirvan en bandeja de su influencia global para ganar dinero y fama, sometiendo a los vulnerables impunemente.

Esto tiene un costo alto. La dignidad humana. El único dato que sostiene un entendimiento común entre las naciones del mundo, tan diversas culturalmente. Si nos convencen de que los seres humanos no somos sujetos racionales y libres en la verdad objetiva, nos convertimos en objetos desechables. La vida humana misma es despreciada y se atenta contra las grandes posibilidades de bien de toda una generación, a la cual se le ponen estos modelos a imitar.

Bueno, sigamos riendo cínicamente y mirando para otro lado, aumentando el volumen y perreando para no parecer lo que deberíamos ser, los adultos de esta aldea. Luego no nos quejemos de que nos traten como cosas desechables. Recordando el prólogo de uno de los libros de nuestro sabio amigo el difunto padre Jesús Montero Tirado y a Jesús de Nazaret, sería bueno preguntarnos: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si se pierde a sí mismo?”.

Más contenido de esta sección