Tengo un amigo de los muchos que emigraron a otros países buscando su oportunidad económica que aquí le habían privado, quien una vez me invitó a celebrar su casa comprada en Queens (New York) que lucía magnífica e impecable. Y le dije: ¿Cómo lo había logrado en los EEUU y no había podido hacerlo en Paraguay? Con esa típica picardía cordillerana me dijo: “Cómo no hacerlo en un país como EEUU donde en cada sitio –incluido el baño– te dicen: Exit”. Me reí y le dije que eso significaba salida y no éxito. Me contestó que no le importaba que para él era un aliento y estímulo que le daban en cada lugar. No entendí la complejidad de su respuesta hasta esta semana en que el Gobierno del gigante dormido (Paraguay) dijo que la plata de las remesas de los paraguayos es la tercera fuente de ingresos del país. Por debajo de la soja y la carne, la plata que envían nuestros compatriotas y que se derrama sobre toda la economía es superior a los 1.300 millones de dólares anuales muy por encima de la venta de energía y de otros productos. El exit no es solo la salida, sino también el éxito de los millones de compatriotas que con todos sus costos generan riqueza en este país. Los mismos a los que se les privó del voto en la Constituyente del 1992 y se tuvo que incluirlo en la enmienda posterior. Los mismos a quienes no se les facilita el sufragio desde afuera porque teme el Partido Colorado que sean contrarios a sus candidatos. La salida del país, sin embargo no está exenta de problemas.
El nivel de fragmentación familiar que genera es grande y sus consecuencias pueden ser enormes. Las familias salvadoreñas que emigraron a los EEUU vieron como sus hijos formaban la “mara salvatrucha” para convertirse en una transnacional del crimen. Los problemas familiares no son menores y los niveles de desprecio hacia el extranjero los convierte muchas veces en blancos del odio y la violencia de los locales. EEUU, cuya originalidad como país es ser el melting pot (la olla común de gente venida de afuera), hoy hizo política de Estado al perseguir a los inmigrantes generando un clima hostil para los muchos que escogieron ese país por sus oportunidades económicas. No hubiera habido Steve Jobs sin su padre sirio ni incluso Donald Trump sin su abuelo alemán que huyó de la guerra europea para empezar un emprendimiento en Seattle abriendo un prostíbulo. La salida para muchos, el exit, es moverse de un sitio a otro y generar la dinámica civilizatoria más singular de la raza humana. La misma que se inició hacia miles de millones de años con la caminata de unos negros salidos del corazón de África para mutar su pigmentación de piel en la misma travesía de la vida.
Los connacionales son millones afuera que lentamente van llevando su cultura a cuestas. La ciudad más poblada de paraguayos no es Asunción, sino es Buenos Aires donde la chipa con su aroma y sabor conquista culturalmente a muchos. La misma ciudad de los inmigrantes que acogió a los miles de los nuestros salidos por la Revolución del 47 del siglo pasado después de que nos matárabamos adentro más que los muertos sumados en toda la Guerra del Chaco. Hoy Madrid, Málaga, Valencia, Barcelona y otros rincones de España recogen a los compatriotas que trabajando duro envían las remesas con las que sostienen sus sueños de un país al que añoran regresar.
Lo que no tiene salida parece es la economía local. El país saca músculos hacia fuera, pero tiene deudas hacia dentro que no sabe cómo saldarlas. El Gobierno de los economistas no consigue adormecer al gigante de la deuda cuyas víctimas ya hablan de un default selectivo, mientras los diputados cartistas acusan al ministro Fernández Valdovinos de haberlos estafado con sus números. Han quedado muy mal y ponen en evidencia que las cifras del Gobierno no son confiables. Dijeron, entre otras cosas, que no podían aportar más de un 3% a la caja y de manera gradual en tres años, mientras en senadores no tuvieron problemas en decir que podían hacerlo 10% y de una sola vez bajando los años jubilatorios. Los diputados quedaron en un callejón sin salida y el Gobierno pillado en offside. El único exit es la verdad. Decir el porqué no pueden pagar y cómo harán para hacerlo con las acreencias acumuladas. Más deudas o más impuestos. Esas son las únicas salidas posibles porque echar a 200 mil empleados públicos sería un holocausto nacional.
El exit o el éxito dependen, muchas veces, de la voluntad, pero por sobre todo de la franqueza de emprenderlo. Aquí, en el casi comienzo del otoño, el gigante sigue dormido y sin recursos para despertarlo.