José Luis Martínez y José Samudio
Investigadores
Los paraguayos sabemos que iniciada la Guerra de la Triple Alianza con la invasión del Mato Grosso brasileño y de la ciudad argentina de Corrientes, el Congreso Nacional de marzo de 1865 confirió al presidente Francisco Solano López el grado de Mariscal y ello tenía una explicación y es que no podía ir a disputar una guerra contra un emperador sin tener el más alto rango en la escala militar. Era un asunto de honor, pues la cuestión era más contra el Imperio del Brasil y su emperador perpetuo que contra los temporales presidentes generales Mitre y Flores. La pregunta es, ¿fue un gesto espontáneo de los representantes del pueblo paraguayo reunidos en Congreso o fue algo preparado de antemano?
Lo que poco o nada ha dicho la historiografía paraguaya contemporánea es aquello relativo a la manera –y el costo fijado– en que este mariscalato fue conferido y el teatral y obsecuente proceso que se llevó a cabo para ello en el Congreso reunido para aprobar a posteriori y continuar una guerra ilegalmente iniciada contra el Brasil y declararle la guerra a la Argentina, antes de invadirla.
Hay que invadir la Argentina y seguir la guerra con el Brasil.
Negado por el Gobierno Argentino el paso inocente de tropas paraguayas por el territorio correntino, López convoca al Congreso Nacional por decreto del día 15 de febrero de 1865 para declararle la guerra a ese gobierno y –aprovechando la ocasión– hacerse autorizar la continuación de la guerra ya en disputa con el Imperio del Brasil desde el año anterior, una autorización congresal que le era necesaria, según las leyes paraguayas de 1844 de Don Carlos A. López y que había omitido solicitar por las prisas en capturar el vapor Marques de Olinda en noviembre de 1864, sugerida por el ministro uruguayo Vazquez Sagastume en represalia por la invasión brasileña al Uruguay contemplada en la nota-protesta paraguaya al Imperio del 30 de agosto de 1864.
Esta convocatoria del Congreso es el inicio de toda la trama aunque la misma no habla de mariscalato alguno, ya que no se estipuló el “orden del día”, pues en el Semanario se lee que los congresistas llegaron con sus luces “al mejor acuerdo de las cuestiones que se le sometan por el Poder Ejecutivo…” (sic) por lo que estaba cantado que aquel Congreso sería llevado de la mano la idea y la voluntad de Solano López.
LA PREPARACIÓN PARA LLEGAR AL MARISCALATO
Un documento olvidado en los anaqueles del Archivo Nacional de Asunción (carpeta AHRP 3678 - ref. I-30-28-26 ex col. Rio Branco), ignorado ex profeso por más de 160 años por los historiadores nacionalistas es un decreto presidencial fechado el 2 de marzo de 1865, 15 días después de convocar al Congreso, firmado por Solano López como presidente y por Venancio López, su hermano, como ministro de Guerra y Marina, que estipula que no habiéndose fijado formalmente por disposición oficial los sueldos de los altos grados de jefes del Ejército se establecen los mismos a saber: los brigadieres generales en la suma de 1.440 pesos anuales (art. 1°), los generales de División 2.400 pesos anuales (art. 2°), y 6.000 pesos anuales “al Mariscal grado supremo militar” (sic) (art. 3°) (ver foto).
Así, y dado que el máximo grado del Ejército –otorgado hasta ese momento– era el de general de División, ostentado solamente por el mismo López, el decreto por la gradación ahora estipulada crea una nueva figura en el Paraguay, el muy novedoso y “grado supremo” de Mariscal, lo cual aún no estaba en la consideración de nadie más que en la de su mismo creador, el propio presidente Francisco Solano López. El decreto no habría salido a la luz como los demás, ya que, revisados los dos ejemplares subsiguientes de El Semanario, órgano oficial que publicaba todos los decretos del Gobierno Nacional, el N° 567 del 4 de marzo y el N° 568 del 11 de marzo y salvo error u omisión, no aparece publicado tal decreto de la creación del mariscalato.
EL CONGRESO ENTRA EN SESIÓN
Conforme a El Semanario, N° 568 del 11 de marzo, el congreso inicia sus sesiones el día 5, solo tres días después de que López haya firmado el decreto que creaba el grado de Mariscal y ya el día 6, conforme la misma publicación, hace uso de la palabra el diputado por Ypané, el Sr. José del Carmen Urbieta, quien, dada la decisión congresal de aumentar el número de generales de brigada y de división y usando los mismos términos del decreto del 2 de marzo, mociona que también se ascienda al presidente López “al grado supremo de Mariscal” (sic) de los ejércitos del Paraguay y de inmediato y posterior a la aprobación aclamada verbalmente por todos sin mayor debate, el diputado por Villarrica, Sr. Talavera, presenta un proyecto de ley (redactado por su hijo Natalicio Talavera, según el Cnel. Centurión) en el que se aprueba conferir el grado máximo de Mariscal al presidente López. Así pues, es el propio Talavera, que acudió al Congreso ese día 6 de marzo con el proyecto en la mano, quien oficializa el asunto, pues propone el “nombrase” o ascenso a ese grado, pero no solicita la creación del mismo, pues el mariscalato ya estaba creado por disposición del mismo López, jefe del Ejecutivo, desde el día 2 de marzo y como no había “orden del día”, el proyecto de ley de Talavera fue tratado sobre tablas, se argumentó sobradamente y se decidió –por unanimidad de los presentes– otorgar el grado de Mariscal al presidente de la República.
Siguiendo el texto de las publicaciones del órgano oficial se puede leer que para el caso de la remuneración del grado de Mariscal, los congresistas se encuentran que el propuesto candidato a Mariscal es también presidente de la República, por lo que el diputado Bazarás, principal gestor del aumento de sueldo, habló “para decir que a la vez de conferir la nación ese título de honor al Sr. presidente, le parecía necesario para sostener su propia posición en armonía con la dignidad de la República, acordarle el sueldo de 50 mil pesos, siendo 44 mil destinados a sus servicios como presidente, y lo demás en su calidad de Mariscal” (sic). De esta manera, entonces, aquel decreto presidencial firmado por López donde se creaba –y se pagaba con 6.000 pesos anuales de sueldo– el grado de Mariscal y aunque nunca fue conocido por el público, fue utilizado por el Sr. Bazarás como fundamento de su moción, la cual, conforme a El Semanario, fue aprobado por unanimidad como “muy digno” (sic). De hecho, ese mismo día 6 de marzo el Congreso sanciona con fuerza de ley varias concesiones, mariscalato, sueldo (sin citar la cifra), honores y privilegios (El Semanario). Es de suyo extraño que El Semanario no publicó la cifra de 6.000 pesos anuales como sueldo de Mariscal, solo cita expresamente la cifra de sueldo de presidente y la global de ambos cargos.
No obstante, la suma inicial global propuesta y aprobada de 50 mil pesos anuales, terció de nuevo Urbieta, quien “dijo que se fijase la suma de 60 mil pesos. Todos apoyaron. El Sr. Bazarás al expresar su conformidad con la última opinión hizo comprender que no había con que pagar los servicios del Sr. presidente” (sic). Así los paraguayos tuvimos otro caso de nuestra vieja y conocida “orden superior” y para ello se prestaron los diputados Urbieta, Talavera y Bazarás que acudieron al Congreso con el libreto del ascenso escrito de antemano sobre el decreto presidencial que creaba al mariscalato tres días antes.
Fue muy escueta la redacción de El Semanario para comunicar a la sociedad paraguaya que el ahora Mariscal-Presidente aceptó finalmente el aumento de 60 mil pesos el día 9 de marzo por la mañana, sin enunciarlo taxativamente: “Llegó S.E., el Sor. Presidente y penetró la Sala de Sesiones entre vivas, y una expresión particular de satisfacción. El sor. Bazarás agradeció a S.E. en nombre de la RN su asentimiento, y le pidió disculpas por el quebranto que habrá podido causarle su insistencia. S.E. dijo entonces que se había sometido a la voluntad del pueblo, y que había prescindido de sus sentimientos personales para obedecerlo” (sic). Bazarás, proponente del aumento de sueldo del Mariscal-presidente, logró así que su moción personal llegue a buen fin, López aceptó los 60 mil pesos de sueldo anual.
Y para que no quede dudas de aquella aceptación se puede comprobar en El Semanario que en ningún momento los diputados aceptaron las renuncias que hizo López a ese sueldo, ni a la escrita del día 7 ni la verbal del día 8 y en todo momento insistieron en que lo acepte, hasta que lograron su objetivo.
Con lo visto hasta aquí, se infiere, sin dudas, que habida cuenta lo indicado en el decreto del 2 de marzo sobre la creación del mariscalato y la escala de sueldos, es el propio López el que se autoadjudicó el grado y lo que después viene a ser su sueldo como Mariscal, aquellos 6.000 pesos anuales y, así, grado supremo y remuneración acorde se concretan de un plumazo en solo tres días.
A los valores del oro, única moneda fuerte del siglo 19 en el Paraguay y tradicional refugio de fortunas, el equivalente de 60 mil pesos es a la fecha de hoy unos 14 millones de dólares americanos al año.
El cronista y protagonista de la guerra, el coronel Juan Crisostomo Centurión, relata que la adjudicación del extraordinario sueldo que el Congreso le concede a López por su doble condición de presidente y Mariscal de los ejércitos del Paraguay generó un intenso debate entre López y el Congreso, renunciando el primero por escrito del 7 de marzo a aceptar dicho monto, pero que los congresistas “sospechando, sin duda, que no había en el fondo de sus reflexiones mucha sinceridad, insistieron, y aquel renunció por segunda vez” (sic).
Y el asunto se dilucida y resuelve en el mismo relato de Centurión cuando aparece el congresista de Areguá, Juan de Rosa Franco, “hombre de regular instrucción, tomó la palabra y estuvo tan feliz en sus consideraciones refutando los fundamentos en los que se apoyaba López, que consiguió con aplausos de sus colegas que este por fin aceptara, así como una espada y una presea de brillantes que votó el Congreso en su honor, debiendo mandársela fabricar en Europa a costa del Tesoro Público” (sic) (Centurión, Vol. I). Revisando las publicaciones de El Semanario, este debate duró desde el 7 de marzo cuando López renuncia por primera vez al sueldo asignado, pasando por el día 8 cuando vuelve a expresar su renuncia hasta el día 9 cuando finalmente lo acepta, así como a los obsequios otorgados, una espada de diamantes y una presea de joyas.
Otros protagonistas de la guerra confirman en sus memorias el relato de Centurión y el monto establecido de 60 mil pesos anuales que publica El Semanario. El primer caso es del inglés George Thompson, diseñador de las trincheras de Curupayty, quien incluso compara esa fabulosa remuneración anual con la de Don Carlos Antonio López, quien como presidente solo percibía anualmente la suma de 4 mil pesos de sueldo hasta su muerte y el inglés afirma que López aceptó “ambas cosas” (sic), refiriéndose a los 60 mil pesos anuales de salario y una espada y la presea (Thompson, p.43). En realidad, Don Carlos percibía, desde 1844, un sueldo anual de 8.000 pesos. El segundo caso es del ex canciller José Falcón de Lara, a la sazón vicepresidente del Honorable Congreso de ese año de 1865 y firmante de todas sus resoluciones, quien en sus memorias escribió sobre López, “… de suerte que en este Congreso se le autorizó para todo cuanto pedía, por la sencilla razón de que, el que hablase en contra, ni tendría apoyo, ni escaparía de ser víctima, pues la tiranía estaba entronizada, así es que los diputados discurrían que ofertas hacerle a López para captar su voluntad; con tal motivo se le levantó el sueldo de la presidencia de 12 mil pesos fuertes anuales que por ley tenía asignado a 60 mil pesos fuertes; de general de División que era a mariscal, y por este orden, todo cuanto a su orgullosa imaginación le ocurría ambicionar, etc. etc.” (sic) (Whiegham y Scavone, 94).
Si bien todo este proceso de la preparación, creación y obtención del mariscalato y la fabulosa remuneración aceptada por parte de Solano López está documentado y recogido en archivos nacionales, en el órgano oficial El Semanario y en el relato de los memorialistas citados, no obstante, no se ha podido encontrar aún recibo alguno firmado por López que haga constar que percibió ese sueldo anual –ni ninguno otro–, pero se puede colegir que será difícil ubicar tal documento no solo por el secuestro y extravío de muchos documentos en la guerra, sino porque también los manejos de la Tesorería, a cargo del Sr. Saturnino Bedoya, cuñado de López, nunca fue claro y hasta el propio embajador americano en Asunción y también protagonista de la guerra Charles Ames Washburn afirmó en una carta a su colega Stuart, embajador inglés en Buenos Aires, que “ desde que López entró al poder, nunca ha tenido un tenedor de libros competente en su administración y es probable que no ha sabido hasta muy recientemente el dinero que le dejaron sus antecesores. Desde ese momento, ha ido gastando en gran escala, y probablemente ninguna cuenta exacta ha guardado jamás de lo que se ha pagado por su orden (Sic). Es probable que ese gasto en gran escala haya vaciado la Tesorería nacional lo que más tarde Solano López utilizó como argumento de los juicios de San Fernando contra los procesados
Queda recurrir a las manifestaciones que en dicho Congreso efectuara un incondicional del Mariscal López, el obispo Manuel Antonio Palacios, quien en el evento manifestó que “la fortuna del señor presidente y la pública no eran distintas” (sic) (El Semanario), por lo que –después de leer a Washburn– pretender encontrar un recibo de sueldo firmado por López sería perder el tiempo y no contradice el hecho palpable de que Francisco Solano López creó toda una trama para lograr que le confieran la máxima gradación militar, el mariscalato, con el máximo de remuneración global, 60 mil pesos anuales, y sin haber aún presenciado ni participado en un solo combate en aquella Guerra Guasu.
Una reflexión final la dio el congresista de Ypané que ”consideraba la persona de Su Excelencia el presidente de la República como a la Patria misma, por identificarse sus servicios a los grandes intereses de la nación y que en tal concepto, lo que se daba al Sr. Presidente no se quitaba a la Nación…” (sic).
Lo decía O’Leary, cuarenta años después: “López es el Paraguay y el Paraguay es López”.