Hay afirmaciones que repetimos como piedras de fundación: Tan asentadas, tan firmes en el discurso común, que nadie se molesta en volverlas a mirar. Una de ellas, quizá la más arraigada en la enseñanza escolar paraguaya sostiene que los próceres de mayo de 1811 se inspiraron directamente en la Revolución de los Comuneros (1717–1735) y que aquella vieja gesta fue el germen doctrinario de la emancipación. Lo damos por hecho. Lo recitamos. Aparece en los manuales, en los discursos oficiales, en las placas conmemorativas. Y, sin embargo nadie se ha detenido a preguntar si la afirmación resiste al escrutinio de las fuentes.
Antes de entrar en el examen, conviene preguntar de dónde proviene la otra afirmación con la que esta dialoga porque su origen es polémico. Bartolomé Mitre, en su Historia de Belgrano, había sostenido que el Paraguay de 1810 era un pueblo sumiso, sin energía moral, domado por la disciplina teocrática, y que la idea de libertad le había sido “inoculada” por Belgrano tras Paraguarí y Tacuarí. Refutar esa tesis exigía algo más que argumentos coyunturales, había que demostrar que la República paraguaya tenía raíces propias y profundas. Los Comuneros ofrecían, retrospectivamente, el material perfecto.
La afirmación dominante en el relato argentino, iniciada por Mitre, tiene un origen identificable con precisión. El 14 de marzo de 1811, cuatro días después del desastre de Tacuary, Manuel Belgrano envía un despacho a la Junta de Buenos Aires en el que escribe:
“V. E. vé que ya está ingertada nuestra causa en el Paraguay, y bien; por consiguiente ella va á fecundizarse”
Es la voz de un general derrotado justificándose ante sus superiores. Lo que era una excusa de campaña se convierte, en la pluma de Mitre, en explicación causal de la Independencia paraguaya. Según esa lectura, la expedición habría “inoculado” en los oficiales paraguayos el espíritu revolucionario que estalló el 14 y 15 de mayo de 1811.
¿Qué hay de cierto en eso? Recurriendo a fuentes primarias –y permitiéndome alguna lectura propia– reviso los puntos centrales.
Somellera, el compatriota incómodo de Belgrano y Mitre
Don Pedro de Alcántara Antonio Somellera Gutiérrez (1774–1854) era porteño. Abogado, residió en Asunción desde 1804 hasta su expulsión por Francia en 1815, y se desempeñó –en sus propias palabras– como “teniente letrado” del gobernador realista Bernardo de Velasco, es decir, su asesor jurídico. Despachaba con él diariamente, conocía el aparato administrativo desde adentro y había tratado al doctor Francia mucho antes de que existiera revolución alguna
En 1841, residente en Montevideo, Somellera redactó una serie de notas críticas al Ensayo Histórico, de los suizos Rengger y Longchamp, publicado años antes en Europa. Esas notas –fechadas el 14 de setiembre de 1841– fueron incorporadas como apéndice a las ediciones rioplatenses del Ensayo y constituyen el testimonio más íntimo, detallado y verificable que se conserva sobre los meses previos al 14 de mayo de 1811. Importa subrayar que Somellera no era paraguayo, no podía ser sospechado de patriotismo retrospectivo y no escribía contra Mitre, que en 1841 tenía veinte años y nada había publicado sobre el Paraguay. Escribía contra Rengger, lo que dice, por tanto, no obedece a polémica historiográfica posterior.
En la nota II del apéndice, Somellera relata la madrugada del 14 al 15 de mayo de 1811. Reunidos los conjurados en el cuartel, después del primer acto del movimiento revolucionario, debatían la composición de la Junta Provisoria que reemplazaría a Velasco. Somellera propuso incluir a Francia. Los oficiales se opusieron: Lo creían contrario a la causa de Buenos Aires. Somellera respondió:
“Yo que en una reunión provocada por Velasco el año anterior—creo que fué el 24 de Junio—le había oído opinar y sostener que había caducado el gobierno español, traté de persuadir á los oficiales la equivocación de su concepto”.
La fecha real es 24 de julio de 1810: el Cabildo Abierto convocado por Velasco para deliberar sobre la nota recibida de la Junta de Buenos Aires del 27 de junio. El doctor José Gaspar Rodríguez de Francia afirmaba en plena sala capitular que el Gobierno español había caducado –exactamente la misma doctrina jurídico-política que fundamentaba la Junta de Mayo–. Siete meses y medio antes de la entrevista del Tacuary.
Otra pieza documental: La Conferencia que tuvo el Capellán del Ejército del Paraguay D. José Agustín de Molas con el General D. Manuel Belgrano el día 10 de Marzo de 1811: En el Arroyo de Tapian, impresa en Montevideo ese mismo año. Es la transcripción del coloquio sostenido entre el general porteño y el capellán del Ejército paraguayo el mismo día de la batalla de Tacuary la jornada que, según Mitre, debió ser el momento germinal de la inoculación revolucionaria.
El pasaje decisivo llega cuando Belgrano llevado al terreno de la legitimidad, pregunta por qué las provincias no obedecen a la Junta porteña “quando ella es Capital”. Molas le contesta:
“Porque el Pueblo de Buenos-Ayres no tiene autoridad por Capital de subyugar á las demás Provincias, sino únicamente representar sus derechos peculiares, como cada Provincia los tiene; y la autoridad del Virrey, que se tomó el Pueblo, no debe extenderse á las demás Provincias, por que ya cesaba esta”.
Que un capellán paraguayo formule esa doctrina con esa precisión, en respuesta directa al general porteño, el mismo día de Tacuary, es la prueba documental de que la doctrina de la soberanía provincial estaba elaborada y disponible en Asunción antes del paso de Belgrano. No fue inoculada, sino fue opuesta. La conversación de Tapian invierte el sentido del relato mitrista. Belgrano no enseña: Pregunta. Y la respuesta paraguaya es una pieza acabada de teoría jurídico-política.
No se trata de negar el episodio. Hubo, en efecto, contacto humano entre los campamentos, conversaciones, circulación de ideas en las visitas que oficiales paraguayos hicieron al campamento patriota mientras se preparaba el repaso del Paraná. Lo que no ocurrió es la inoculación de una idea ausente. Belgrano, a lo sumo, confirmó en algunos oficiales convicciones que ya estaban en formación, y reforzó coyunturalmente un proceso autónomo en marcha. Atribuirle paternidad “el verdadero autor de la revolucion del Paraguay”, escribe Mitre es proyectar sobre la historia paraguaya una genealogía argentina que la propia evidencia desmiente.
Toca ahora retomar la pregunta incómoda: ¿Hay evidencia documental de que Antequera y Mompox figuraran efectivamente en el horizonte ideológico de Francia, Yegros, Caballero o Cabañas en 1811, o se trata de una construcción posterior, elaborada en otra época y por otras razones? Conviene revisar los textos antes de responder.
Después de 1870, el Paraguay vencido necesitaba con urgencia algo más que reconstruirse demográfica y territorialmente: Esa tarea la asumió un grupo de nacionalistas de la llamada Generación del Novecientos: Blas Garay, Manuel Domínguez, Fulgencio R. Moreno, Cecilio Báez en su primera fase y ya entrado el siglo, Juan E. O’Leary.
Quien busque en el corpus documental fundacional de la Independencia paraguaya, –el bando del 17 de mayo, los actos del Congreso del 17 de junio, los manifiestos de la Junta Superior Gubernativa, la célebre Nota del 20 de julio de 1811– se encontrará con un silencio absoluto sobre la Revolución de los Comuneros. Ni una mención a Antequera. Ni una alusión a Mompox. Ningún eco de la máxima comunera según la cual “la autoridad del común no reconoce superior”.
Lo que sí mencionan los documentos se ven en dos posteriores al 14 de mayo firmados por la Junta Gubernativa –Yegros, Caballero, Fernando de la Mora y Mariano Larios Galván– el 6 de enero y el 19 de junio de 1812 (lapso en que Francia no estaba en el gobierno, pues se retiro el 15/12/1811 y vuelve el 16/11/1812), definen la felicidad pública como “el goce de los inmanentes y augustos derechos del hombre y la tranquila posesión de los naturales títulos de la Propiedad, Libertad, y Seguridad sobre cuyas columnas posan y descansan los imperios y repúblicas del globo”. La fórmula no es comunera, es la trinidad de 1789, transcrita casi al pie de la letra desde la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de la Revolución Francesa. Lo mismo cabe decir del segundo bando, cuando proclama: “No sujetaremos a nuestra jurisdicción los pensamientos” –la libertad de opinión– y “jamás procederemos por noticias vagas o verosimilitudes remotas. Nos afianzaremos de la verdad como corresponde antes de emplear el rigor” –el principio de prueba–.
Conviene, además, observar que la operación retrospectiva novecentista no se detuvo en los Comuneros. Una vez aceptado el principio de que la independencia respondía a una “vocación libertaria” secular del pueblo paraguayo, la genealogía empezó a alargarse hacia atrás, donde se fijó la verdadera génesis revolucionaria en la Real Provisión del 12 de septiembre de 1537 de Carlos V y en la deportación de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, ocurrida el 8 de marzo de 1545, supuestamente al grito de “libertad, libertad”.
Existe, además, un argumento que la línea novecentista nunca logró resolver y que probablemente resulte definitivo. Si la genealogía comunera hubiese constituido realmente el sustrato ideológico de la Independencia paraguaya. Si Antequera y Mompox hubieran representado el “testamento político” heredado por los próceres de mayo, como afirmaba Manuel Domínguez–, entonces Carlos Antonio López habría recurrido a esa tradición en la Declaración de la Independencia del 25 de noviembre de 1842 y en El Paraguayo Independiente (1845–1852). No lo hizo. Tampoco aparece esa referencia en El Semanario (1853–1868). Tampoco en las notas y proclamas oficiales del doctor Francia entre 1813 y 1840.Conviene cerrar con una precisión necesaria. Este artículo desacredita las tesis de los nacionalistas novecentistas, pero –y aquí me permito un acento romántico– desacreditar las tesis no implica desconocer la dignidad ni la urgencia de los propósitos que las inspiraron. Ellos escribieron desde y sobre un país en estado de emergencia.
El Paraguay de 1870 había perdido el sesenta por ciento de su población y reconstruir una nación en esas condiciones exige algo más que ladrillos: Exige una historia que valga la pena heredar. Ofrecía al paraguayo derrotado una continuidad reparadora. Le decía: Ustedes no son una nación accidental, surgida del azar napoleónico ni del paso de un general porteño, son herederos de una tradición libertaria de tres siglos, y por eso merecen seguir existiendo y la prueba de ello es que nunca, hasta hoy, fue cuestionada por ningún historiador.